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¡Apréndete
ese poema!

MOLLY WORTHEN
Una noche de esta primavera, ya tarde, Justin Snider, vicedecano de la Universidad de Columbia, viajaba en la línea 2 del metro en Manhattan cuando el tren se detuvo de golpe. Al cabo de unos quince minutos —con poca información acerca del retraso y sin cobertura en los móviles— los ocupantes del vagón comenzaron a impacientarse. De repente, le llegó la inspiración. «Pregunté a los pasajeros de alrededor si querían escuchar algo de Shakespeare, y nadie se opuso», me cuenta Snider.

Había memorizado hacía más de quince años el monólogo «Ser o no ser» de Hamlet para entretenerse durante un viaje en moto a través del país. «Sin duda estaba nervioso, porque nunca antes había interpretado nada en público», asegura. Aunque sus hastiados espectadores no se molestaron en aplaudir cuando acabó —sí que aplaudieron cuando el tren comenzó de nuevo a moverse—, Snider se sintió satisfecho porque no había olvidado ningún verso.

Laurence Olivier en el papel de 'Hamlet'.

Laurence Olivier en el papel de ‘Hamlet’.


 El soliloquio estaba fijado en la arquitectura de su cerebro, listo para servir en un momento de aburrimiento o de ansiedad metropolitana. No es casualidad que Snider hubiera pedido a sus estudiantes que memorizaran poemas en muchas ocasiones durante su carrera académica.

Desde la Antigüedad, los seres humanos han memorizado y recitado poesía. Antes de que se inventara la escritura, la única forma de poseer un poema era memorizarlo. Mucho antes de que los pergaminos y los pliegos complementaran a nuestros cerebros, los poetas de la corte, los sacerdotes y los juglares recitaban poesía para entretener y conectar con lo divino. Para cualquiera un poema aprendido de memoria podría ser la salvación al lidiar con emociones desbordantes, o mantener la cordura entre las brutalidades de la prisión y de los enfrentamientos bélicos.

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Y a pesar de ello, memorizar poemas se ha convertido en algo pasado de moda, una práctica desfasada que muchos padres y profesores —por no hablar de los estudiantes— consideran aburrida, sin sentido y complicada para las aulas modernas. Además, ¿quién necesita memorizar cuando nuestros teléfonos inteligentes pueden mostrar instantáneamente casi cualquier poema publicado del universo?

En realidad, el valor de aprender literatura de memoria —en especial poesía— no ha hecho sino aumentar. Hoy en día todos lidiamos con una capacidad de concentración cada vez más limitada y una esfera pública que se ha convertido en un desierto literario en el que brillan por su ausencia el lenguaje sofisticado o las expresiones de empatía más allá de nuestra burbuja de Facebook.

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Quizá sea hora el momento de recuperar la memorización de poesía para los estudiantes, que parecen tener cada vez menos paciencia para tareas que impliquen leer textos más largos. Aprovechémonos de su oído para el falso verso libre de Twitter y de los whatsapps y ofrezcámosles mejores palabras para puedan comprenderse a sí mismos y a su mundo.

Durante siglos los padres han animado a sus hijos a aprender algunos de los textos más apreciados: la Biblia, canciones infantiles, versos clásicos… Tras la guerra civil, la expansión de la escuela pública y la proliferación de libros de texto con antologías de versos hicieron de la memorización de poesía algo común en la educación elemental y secundaria en Estados Unidos.

Una clase, en torno a 1900.

Una clase, en torno a 1900.


En su libro Heart Beats: Everyday Life and the Memorized Poem (Latidos del corazón: Vida cotidiana y los poemas memorizados), Catherine Robson, catedrática de lengua en la Universidad de Nueva York, explica que recitar poesía era un ejercicio asequible que permitía que hasta los profesores más inexpertos en los colegios peor dotados impartieran conocimientos de retórica y alimentaran el temperamento moral. Un manual de enseñanza de lengua de 1902 señalaba que recitar poesía proveía a la mente del «valioso tesoro de los pensamientos y sentimientos más nobles expresados por la raza humana».

Los educadores y las editoriales de libros de texto solían seleccionar sombríos poemas que ejemplificaban las virtudes victorianas: piedad, noble sacrificio y una aceptación valiente de la mortalidad. Uno de los poemas más aprendidos en las aulas del siglo XIX fue la Elegía escrita en el patio de una iglesia rural de Thomas Gray, una extensa meditación sobre la muerte: «La ostentación de la heráldica, la pompa del poder / y todo lo que la belleza y la riqueza jamás produjeron / esperan por igual la hora inevitable. / Los senderos de la gloria no conducen sino a la tumba».

Thomas Gray.

Thomas Gray.


En la década de los 20, los educadores comenzaron a cuestionar la «relevancia» de la poesía en la vida de los estudiantes. Optaron por abandonar la memorización en favor de métodos didácticos que ponían el énfasis en la expresión personal, aunque aun así esta práctica mantuvo su popularidad hasta más o menos 1960, y pervive todavía en algunas clases de idiomas extranjeros (para aprobar un curso de ruso tuve que aprenderme algunos fragmentos de Pushkin).

Lo cierto es que memorizar y recitar poesía puede ser algo tremendamente expresivo. Y no hace falta volver a la estrecha concepción victoriana de la literatura para reivindicar la poesía como una
de las herramientas más baratas y duraderas de educación moral y emocional, ya sea a través de Virgilio, Li Po, Rumi o Gwendolyn Brooks (y si puede ser, con los cuatro).

¿Cómo me ayuda a expresarme el memorizar y recitar las palabras de otra persona? Fue lo que pregunté a Samara Huggins, de 18 años, ganadora en 2017 del concurso nacional Poetry Out Loud, en el que estudiantes de secundaria recitan poemas ante un jurado. Ella interpretó Novela de Arthur Rimbaud, un poeta vanguardista francés del siglo XIX. Un autor que, a primera vista, tiene poco en común con esta adolescente de la zona de Atlanta.

Arthur Rimbaud

Arthur Rimbaud


Sin embargo, todo buen poema aborda algún aspecto esencial de la experiencia humana. «Rimbaud era joven cuando escribió ese poema y habla de amor. Me sentí identificada», asegura Huggins. (Él escribe: «Divagas, sientes en los labios un beso / palpitando como un pequeño animal».)

«Recitar un poema te puede ayudar a expresar lo que intentas decir», me dice. «Es como cuando necesito rezar por algo: busco en un devocionario y esas palabras me sirven de base». Huggins se crió en una comunidad episcopaliana, pero incluso los más laicos necesitan de vez en cuando pedir prestadas palabras de súplica, dolor o agradecimiento.

Susan Wise Bauer, una autora cuya exitosa colección de programas para la escolarización en casa se basan en modelos clásicos y medievales y hacen hincapié en la memorización, me asegura que es imposible «expresar un anhelo indecible por un mundo que aún no es lo que tú creíste que iba a ser hasta haber memorizado tres o cuatro poemas que te faciliten las palabras con que empezar». Ella aprendió a los ocho años Oda: Signos de inmortalidad a partir de los recuerdos de la primera infancia de William Wordsworth. «Con cada década que envejezco, entiendo un poco más lo que quiere decir sobre esa pérdida de la capacidad de asombro», señala.

 
Entender un buen poema es difícil, razón de más para memorizarlo. Si pedimos a los estudiantes que hagan un trabajo sobre Wordsworth, una vez que lo hayan entregado dejarán caer el texto en el olvido. Pero si memorizan su lamento, al cabo de unos años —tal vez mientras limpien el rostro embadurnado de chocolate de su hijo tras el pastel de cumpleaños— pueden comprender de repente su nostalgia por «el disfrute y la libertad, el sencillo credo / de la niñez» y la agridulce certeza de que «nuestros años más bulliciosos no son sino momentos en la existencia / del silencio eterno».

¿Es difícil aprenderse un poema de memoria? Por supuesto. Pero en el fondo es una cuestión de práctica diligente, con muchos caminos que conducen al éxito. ¿Tiene problemas con la página impresa? La web de la Poetry Foundation puede recitar poemas sin descanso, y YouTube está lleno de valientes que recitan para internet. [En el canal de Poética 2.0 en YouTube y sus aplicaciones actores y poetas interpretan ante la cámara versos clásicos y actuales]. ¿Le intimida la idea de tener que hablar con espontaneidad? Un texto aprendido de memoria puede motivarle, como hizo con la ganadora de Poetry Out Loud, Samara Huggins. «Esa era una faceta escondida que no sabía que tenía», afirma.

Fachada principal de la Central Connecticut State University.

Fachada principal de la Central Connecticut State University.


El desafío es, en parte, de lo que se trata. Cuando Jason Jones dijo a sus alumnos de Literatura Inglesa en la Universidad Central del Estado de Connecticut que tendrían que aprenderse tres poemas de al menos veinte versos cada uno, esperaba que respondieran con quejas y protestas indignadas. «Me interesaba enredar un poco con el pacto mutuo de no agresión entre profesores y alumnos, ese que reza: ‘Siempre que no esperes mucho de nosotros más allá de un par de trabajos, un examen parcial y otro final, te seguiremos el rollo y pasaremos el trago’», me dice. «Me interesaba todo aquello que acercara más a los estudiantes con los materiales de la clase».

Los compañeros de Jones bromeaban diciéndole que habría junto a mi puerta «colas de estudiantes llorando en silencio o con pinta de vomitar», me explica. «Yo tenía el poema delante para darles el pie, o bien me giraba y apartaba la vista si así lo querían». Al final, señala, «sus peores temores no llegaron a confirmarse».

Jones no trató de vender a sus estudiantes una profunda experiencia espiritual ni que practicaran hablar en público. Memorizar un poema es igual de valioso como ejercicio para leer con atención, una forma de ver cómo nuestro cerebro se ejercita. «Al memorizar uno comienza a darse cuenta de qué cosas le interesan, a qué dedica su atención, sus costumbres al leer», apunta Jones, que ahora es director de tecnología educativa en el Trinity College de Hartford,

Henry Wadsworth Longfellow.

Henry Wadsworth Longfellow.


Así me ha sucedido a mí. Normalmente soy una lectora terrible de poesía. Soy impaciente y prefiero prosa más directa que ya me expresa qué quiere decir. Pero este verano empecé a dedicar diez minutos al día a memorizar unos pocos poemas: uno de los sonetos de Shakespeare, alguno de Gerard Manley Hopkins, alguno de Longfellow.

Cada vez que tropezaba en alguna estrofa, reflexionaba un poco más sobre cada palabra. Experimentaba con el tono y el énfasis. «La poesía necesita ser masticada varias veces antes de puedas comenzar a descifrarla», dice Justin Snider, el ‘Shakespeare’ del metro.

A veces encontraba también un destello de consuelo. Un día, cuando mi último proyecto de escritura parecía no ir a ninguna parte, me encontré con fiebre y arrodillada en el suelo de la cocina a las nueve de la noche, raspando los restos fosilizados de la avena de mi bebé con el borde de una cuchara. Estuve a punto de hundir «el sordo cielo en vano con mis gritos». Shakespeare sí que me entiende.

William Shakespeare.

William Shakespeare.


Es la hora de demostrar que las palabras nos importan de nuevo, de reconstruir nuestra conexión con una civilización humana que va mucho más allá de nuestro muro de Twitter. Abra un club de poesía con sus amigos. Aprenda algún poema. Encuentre almas gemelas a través de los siglos para que, como aconsejaba W. H. Auden, «integrado como ellos / de Eros y de polvo, / atormentado por la misma / negación y desesperación, / despida una llama poderosa».

Molly Worthen es autora de Apostles of Reason: The Crisis of Authority in American Evangelicalism (Apóstoles de la razón: La crisis de autoridad en el Evangelismo americano) y profesora adjunta de Historia en la Universidad de Carolina del Norte, Chapel Hill.

Este artículo se publicó originalmente en el New York Times y lo reproducimos por su interés.

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