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Emily Dickinson ve la luz en una nueva exposición en Nueva York

«Yo no soy nadie. ¿Quién eres tú?» preguntaba Emily Dickinson en uno de sus poemas más conocidos, demostrando la modestia que mantuvo durante toda su vida. Ese verso da ahora título a una nueva exposición sobre una de las autoras más populares y enigmáticas de la poesía norteamericana, desconocida para sus contemporáneos y cuya fama sólo comenzó a crecer tras su muerte en 1886. La exposición, sobre la que informaba recientemente el New York Times, permanecerá en la Biblioteca y Museo Morgan de Nueva York hasta el próximo 28 de mayo.

Esta muestra ha logrado reunir una de las colecciones más amplias de objetos personales de la poeta y pretende ofrecer al público del siglo 21 una nueva visión sobre Dickinson, alejada de los habituales tópicos puritanos. Una de las piezas más antiguas es un retrato de Emily Dickinson —nacida en 1830 en Massachusetts— con aproximadamente 10 años, acompañada por Austin, su hermano mayor, y Lavinia, su hermana pequeña. Se puede ver sobre el fondo de un papel pintado decorado con rosas, una reproducción del que cubría las paredes de su dormitorio en Amherst.

Retrato de los hermanos Dickinson (desde la izqda., Emily, William y Lavinia), tal como se muestra en la exposición que permanecerá abierta en Nueva York hasta finales de mayo de 2017. (Foto: New York Times)

Retrato de los hermanos Dickinson (desde la izqda., Emily, William y Lavinia), tal como se muestra en la exposición que permanecerá abierta en Nueva York hasta finales de mayo de 2017. (Foto: New York Times)


Edward Dickinson, su padre, era abogado y consiguió un escaño en el Congreso norteamericano en 1853. Ella, por su parte, mantuvo durante toda su vida un gran interés por la actualidad, leyendo regularmente revistas y periódicos. Estudió enseñanza secundaria y devoraba libros, pero al mismo tiempo tenía amigas y un cáustico sentido del humor, como puede verse en algunas de las primeras cartas que envió a su hermano.

Vista estereoscópica de estudiantes en Mount Holyoke realizando tareas domésticas.

Vista estereoscópica de estudiantes en Mount Holyoke realizando tareas domésticas.


En 1847 asistió al seminario Mount Holyoke para mujeres, lo que constituyó su único contacto con la enseñanza superior. De esa época también proviene tal vez la pieza estrella de la exposición: un daguerrotipo de una Emily Dickinson a los 16 años que se ha convertido en la imagen más reproducida de la poeta. El final de su educación fue el punto de partida de una nueva etapa de su vida. De nuevo en casa, podía dedicarse ya plenamente a la poesía, que le exigía concentración y cierto aislamiento.

Emily Dickinson a los 16 años en su único retrato autentificado.

Emily Dickinson a los 16 años en su único retrato autentificado.


Sin embargo, la década de 1850 no fue un periodo fácil. Sus amigas se dispersaron por todo el país, y muchas de ellas ya se había casado. Entre ellas Susan Gilbert, con quien había forjado un estrecho vínculo emocional e intelectual y en la que confiaba como primera lectora y correctora de sus poemas. En 1856 Susan se casó con el hermano de Emily Dickinson y se instaló con el en la casa contigua al hogar familiar.

Hacia 1858 ya había acumulado suficientes poemas como para reunirlos en libritos manuscritos encuadernados con hebra. Un retrato de esta época, descubierto en 2012, se muestra por primera vez en la exposición. Es el retrato de dos mujeres sentadas, con la de la izquierda identificada de forma provisional como Emily Dickinson. La otra sería su amiga y posible compañera romántica Kate Scott Turner.

Un posible retrato de Emily Dickinson (a la izquierda) y Kate Scott Turner descubierto en 2012. (Foto: New York Times)

Un posible retrato de Emily Dickinson (a la izquierda) y Kate Scott Turner descubierto en 2012. (Foto: New York Times)


Su poesía en estos años tiene un aire experimental, casi incendiario, con imágenes de combate y violencia. Curiosamente, cuando estalló de verdad la Guerra Civil el conflicto apenas se dejó ver en sus versos. Y al acabar la lucha armada comenzó su retiro. Sólo se comunicaba a través de la escritura: letras intrincadas cual acertijos, poemas enviados como regalos. Las principales ‘reliquias’ de esta época en adelante son los manuscritos de sus poemas, de los que se han preservado casi 1.800.

Manuscrito del poema «Yo no soy nadie...». (Foto: New York Times)

Manuscrito del poema «Yo no soy nadie…». (Foto: New York Times)


Estos manuscritos presentan problemas de legibilidad: la letra de Emily Dickinson se hizo más excéntrica con el tiempo, igual que sus métodos de composición. Transcribir sus poemas ha llegado a convertirse en una ciencia compleja, sobre todo al tratar de fijar las frases y palabras alternativas que incluyó en los borradores. La historiadora del Arte Marta Werner analiza en el catálogo de la exposición la naturaleza visual de los manuscritos. Uno de ellos —el borrador de un poema que comienza «Tal como construye la esperanza su hogar…»— está escrito en un trozo de papel con forma de casa, quizá la solapa de un sobre.

Mechón del cabello de Emily Dickinson enviado a Emily Fowler Ford hacia 1853.

Mechón del cabello de Emily Dickinson enviado a Emily Fowler Ford hacia 1853.


Sin embargo, como escribe Holland Cotter en el New York Times, lo más importante acerca de Emily Dickinson es también lo que más fácilmente pude pasar inadvertido en una exposición: las palabras. Son ellas las que nos advierten contra la tentación de ‘normalizarla’ e intentar hacerla aceptable y explicable. Porque era una rebelde y, como tal, una subversiva. No era feminista en el sentido actual, aunque en su pensamiento sí figuraba una idea sobre el poder de la mujer como fuerza proteica presente también en otras escritoras que ella admiraba: Emily Brontë, Elizabeth Barret Browning o George Eliot.

El dormitorio de Emily Dickinson, reproducido en la exposición.

El dormitorio de Emily Dickinson, reproducido en la exposición.


El margen era para ella era una posición de fuerza, no de privación. Y es algo que no debería perderse en las campañas que periódicamente pretenden ‘reinventar’ su imagen. No debería olvidarse, concluye Holland Cotter, que defender la diferencia se convirtió en la batalla de su vida, una que afrontó de buen grado y para la que estaba muy bien preparada.

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