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La cantera de la nueva poesía española

Polimnia 222 vive su mejor año: Nueve alumnos y ex alumnos de este taller de poesía de la Universidad Politécnica de Valencia han conseguido algunos de los premios de más prestigio en España. Sus responsables nos cuentan su secreto.

ÁNGEL SALGUERO
A lo largo de los siglos se le han dado distintos nombres. «Háblame, oh Musa», invocaba Homero al principio de La Odisea, buscando el aliento de la inspiración. Es el impulso creativo, el duende, las palabras susurradas al oído que se convierten en versos sobre la página. «Sé que un poema es bueno cuando siento que me lo dictan», confesaba recientemente en este blog el poeta Rafael Soler. Algo similar a lo que una vez describió el compositor Neil Young: «Es como si uno fuera una emisora de radio. Transmites y luego recibes». Es, también, una cualidad impredecible porque, como reconocía un resignado Rafael Soler, «un poema viene cuando él quiere».

Pero, ¿y si se pudiera aprender a escuchar esa voz, anticiparse a ella y reconocerla cuando habla? ¿Es posible aprender a escribir poesía?

Son cuestiones a las que se han enfrentado las responsables del taller Polimnia 222 de la Universidad Politécnica de Valencia desde su fundación en 2002. Dirigido primero por la catedrática Elena Escribano, y a partir de 2014 por la profesora de Lengua y Literatura Pilar Verdú del Campo, ha acogido en sus primeros quince años de vida a más 400 aficionados a la poesía. A escribirla y, también, a disfrutarla. «Es difícil encontrar en el mundillo poético de Valencia a alguien que no haya estado o no conozca Polimnia», asegura Escribano.

De izquierda a derecha: Virginia Navalón, Pilar Verdú, Elena Escribano, Inma López (sentada), Bibiana Collado, Fran García, Ana Pérez y Montse García.

De izquierda a derecha: Virginia Navalón, Pilar Verdú, Elena Escribano, Inma López (sentada), Bibiana Collado, Fran García, Ana Pérez y Montse García. Foto de José Cuéllar.


Este 2017, el taller está viviendo el mejor momento de su historia. Nueve de sus alumnos han conseguido con sus obras diez de los premios más prestigiosos de poesía que se otorgan en España. El último, el Premio Internacional de Poesía Gerardo Diego de Cantabria, lo recibió hace sólo unos días Pascual Casañ por su libro ‘La vida aparte’. «Es que no me lo puedo creer», dice Escribano, sorprendida y también muy agradecida por esta inesperada buena racha.

El secreto de Polimnia, señala su fundadora, se resume en «el trabajo, la constancia y una buena cantera de poetas con muchísimas ganas de escribir cada día mejor». Y si hay algo imprescindible, añade, es «la pasión por la lectura y una buena goma de borrar para eliminar todo aquello que le sobra al poema para alcanzar su mejor nivel. La mayor parte de los versos que escribimos los necesitamos nosotros, el poema no los necesita».

«La poesía tiene una historia, una técnica, unos códigos que son transmisibles. Lo que no puede enseñarse es lo que logra que un escritor sea, de verdad, un buen escritor: el instinto, el oído, la inteligencia, la osadía…»

Pilar Verdú, actual responsable del taller, opina que lo fundamental es enseñar a «leer» poesía. «Es, principalmente, a lo que aspiramos. La poesía tiene una historia, una técnica, unos códigos que son transmisibles. Lo que no puede enseñarse es lo que logra que un escritor sea, de verdad, un buen escritor: el instinto, el oído, la inteligencia, la osadía, la autenticidad, el talento, en suma. Trabajo sin talento llevará, como mucho, a la corrección. Talento sin trabajo, con suerte, a que suene la flauta alguna vez», explica.

Fran García, ganador este año del premio Marc Granell con el poemario ‘Mare Nostrum’, recuerda Polimnia como «un punto de inflexión absoluto» en su afición por la poesía. «Llegué allí como aficionado, con cuatro versos mal escritos, y me encontré con un ambiente excepcional. Cada clase era una experiencia extraordinaria de aprendizaje, descubrimiento y motivación, y ese hecho afectó, obviamente, mi forma de acercarme a la poesía». Lo que el taller no puede aportar en ningún caso son «fórmulas mágicas»: «Se puede ayudar a evitar errores y dar unas pautas que guíen la escritura poética, pero no hay un método más o menos exacto para escribir poesía. Se puede enseñar por dónde va el camino, pero éste debe ser recorrido por cada uno», señala Fran García.

Josep Picó y Carmela Rey.

Josep Picó y Carmela Rey. Foto de Biel Aliño.


Para Ana María Pérez Díez, ganadora en 2017 del XVI Premio Internacional de Poesía para Mujeres Leonor de Córdoba con el poemario ‘Temblor en el canto’, Polimnia se convirtió en «un punto de encuentro, un lugar en el que compartir pasión por la palabra, trabajo y amistad. Allí he aprendido que el rigor y la honradez en la escritura casan bien con la libertad». Montse García Sanz, Premio de Poesía Joven José García Nieto en 2016 con ‘Telarañas de sal’, destaca que en las clases aprendió a «saber cuándo parar, a dejar que los poemas sean lo que ellos quieren ser sin que yo se lo imponga». Hay tantas voces diferentes en Polimnia, asegura, «que para convivir tenemos que hacer un esfuerzo constante para ponernos en la mirada del otro. Es necesario salir de tu zona de confort».

Una de las claves de Polimnia es el acto de compartir. Así lo cree Virginia Navalón, ganadora del II Premio de Poesía María Zambrano UNED Málaga con ‘Matrioska’: «Este taller se basa en compartir textos e impresiones con buenos lectores o escritores de poesía, recibiendo de ellos sus impresiones sobre mis poemas y aportando mis opiniones sobre los suyos. La crítica es lo que puede ayudar a mejorar la escritura y eso sí puede enseñarse o desarrollarse».

Pascual Casañ, el último de los alumnos de Polimnia en recibir este año un galardón, afirma que el trabajo en las clases ha cambiado «radicalmente» su manera de escribir: «Ahora busco más la idea y la emoción expresadas con brevedad y contención. Además, en lo personal he encontrado un grupo de personas que me han acogido estupendamente y que nos ayudamos para ir creciendo cada día individualmente y como poetas. He pasado de escribir en solitario a compartir en grupo mis poemas, y esto ha sido fundamental en mi forma de escribir».

Pilar Verdú, actual directora de Polimnia, con la poeta Paca Aguirre.

Pilar Verdú, actual directora de Polimnia, con la poeta Paca Aguirre.


Inma López Pavía, que ha recibido este año el premio 25 d’abril Ciutat de Benissa por los poemas de ‘Text-ures’, describe como «vibrante» el ambiente dentro de Polimnia. «Surgen ideas como bombillas, surgen imágenes, versos. A veces no podía dormir, siempre tenía una libreta en la mesilla de noche y escribía», explica. Josep Micó Conejero, cuyo poemario ‘Creuar l’instant’ acaba de ser galardonado con el premio Literatura Breu Vila de Mislata 2017, destaca también «los aportes de las diferentes voces de los compañeros y compañeras» y cómo las clases le enseñaron a «salvar aquellos versos que verdaderamente tienen sentido en un poema».

«Un poema es una revelación, un golpe en el estómago. Si no te deja huella, si no pasa a formar parte de tus células, si no cambia tu manera de ver el mundo, es un poema prescindible»

¿Y cómo podemos saber que el texto que tenemos delante es poesía y no sólo «palabras bonitas»? «Un poema», dice Pilar Verdú, «es un producto que se puede valorar en términos de ritmo, mensaje y forma, pero es a la vez mucho más que todo ello. Es una revelación, un golpe en el estómago, un estímulo simultáneo de la inteligencia y el corazón. Si no te sacude, si no te deja huella, si no pasa a formar parte de tus células, si no cambia tu manera de ver el mundo, aunque sea una partícula del mundo, es un poema prescindible».

En los primeros años de Polimnia, recuerda Elena Escribano, solían acudir a las clases sobre todo alumnos de la propia Universidad Politécnica. «Luego empezaron a matricularse aficionados a la poesía de los más variados orígenes. Al principio había más hombres que mujeres, luego las mujeres fueron más numerosas y ahora está algo más equilibrado, aunque la balanza se inclina más hacia las mujeres».

Montse García, Virginia Navalón, Pilar Verdú, Bibiana Collado, Elena Escribano, Inma López, Fran García y Ana Pérez durante un recital organizado por Polimnia.

Montse García, Virginia Navalón, Pilar Verdú, Bibiana Collado, Elena Escribano, Inma López, Fran García y Ana Pérez durante un recital organizado por Polimnia.


Los temas que interesan a los miembros del taller y que se reflejan en sus poemas, apunta la profesora Pilar Verdú, «son los mismos sobre los que la humanidad lleva hablando desde siempre: el paso del tiempo, el amor, la muerte, lo divino y lo humano, en suma. La poesía aspira a la trascendencia, a decir lo inefable, con lo que eso supone ya de fracaso aceptado de antemano. La anécdota de la que parte puede estar contenida o no en el poema, pero es lo de menos. ‘Las nanas de la cebolla’ de Miguel Hernández no hablan de cebolla, hablan de libertad».

Por su parte, Elena Escribano cree que cada época tiene una «forma particular» de mirar el mundo. «El poeta tiene que estar muy atento a esos cambios y ofrecer una voz que los recoja y los exprese. Ningún amante actual se dirigiría al ser amado como Garcilaso o Santa Teresa. Aunque la pasión sea la misma, el punto de vista es diferente». Para Verdú, asimismo, es casi una necesidad mirar hacia atrás antes de seguir adelante: «Cuanto más informados estemos de cómo se ha expresado antes, cuanto más conozcamos la tradición, mejor podremos tratar de renovarla. Podemos repetir temas, estructuras o términos, pero hemos de ser capaces de deglutir todo ello y recrearlo para que sea fresco».

«La poesía requiere valentía porque «desvela y revela aspectos de uno mismo y del mundo a los que enfrentarse. Acerca a la verdad, y ella a su vez a la libertad, aunque eso puede dar miedo»

Y hay algo más. Verdú añade que la poesía requiere «valentía» porque «desvela y revela aspectos de uno mismo y del mundo a los que enfrentarse. Acerca a la verdad, y ella a su vez a la libertad, aunque eso puede dar miedo. La poesía, si se lo permitimos, nos convierte en mejores seres humanos capaces de articular sociedades más justas. No es que esa sea su función, es más bien su efecto, en la sociedad actual y en todas las pasadas y futuras». Su potencial para «aguzar la conciencia» puede llevar a su vez, señala Verdú, a «un crecimiento grupal, social, que nos permita ser un colectivo más empático, más perspicaz y menos manipulable por el poder».

Se trata al mismo tiempo de un género literario que, en los últimos años, ha recuperado popularidad entre los jóvenes, apoyado sobre todo en su rápida difusión a través de internet y las redes sociales. Para Josep Micó, su atractivo reside en ayudar a «expresar mundos interiores, sentimientos, conflictos del ser humano, deseos y aspiraciones. La juventud, al menos una parte de ella, es una etapa llena de ideales, valores y esperanzas que aún no han sido golpeados por la vida y en ese sentido puede ser un medio muy adecuado para expresarlos».

Ana Pérez, Fran García, Inma López, Elena Escribano, Pilar Verdú, Virginia Navalón, Montse García y Bibina Collado. Foto de José Cuéllar.

Ana Pérez, Fran García, Inma López, Elena Escribano, Pilar Verdú, Virginia Navalón, Montse García y Bibina Collado. Foto de José Cuéllar.


Inma López Pavía cree que la poesía gana adeptos «porque es real, porque nos toca, nos remueve. Apela a lo más profundo y nos remite a ritmos antiguos, orales, a cantares de la infancia, a las infinitas repeticiones de los cuentos. Nos eleva y nos relaciona con lo íntimo y lo sagrado: Nosotros mismos». Bibiana Collado, ganadora del Premio Complutense de Literatura 2017 por ‘Certeza del colapso’ y finalista también este curso del Premio Adonáis por ‘El recelo del agua’, asegura por su parte que en este mundo «todos estamos heridos, cada vez más. Y esa herida necesita de palabras que la señalen para poder seguir viviendo. Los jóvenes no escapan a ese malestar, sino que suponen el más claro síntoma de la herida social en la que estamos envueltos». Muchos de ellos, añade Pilar Verdú, «han descubierto en el rap o en las canciones el poder de las palabras, el juego de las rimas, la diversión del léxico. Y eso ya es un logro, que puede llevarles además a seguir investigando».

A juicio de Pascual Casañ, la llama de la creatividad y de la curiosidad por la poesía tiene que encederse necesariamente en la educación: «Los planes de estudios deberían incluir de una manera decisiva y fundamental instrumentos que desarrollaran la solidaridad, respeto, colaboración y enriquecimiento personal, y hay tres materias que son ideales para ello: la educación en valores, la educación musical y el cultivo de la poesía. No todo debe ser tecnología».

«Si alguien quiere dedicarse a la poesía le diría que no lo haga, o que se busque un trabajo complementario si quiere comer. Y si es un loco —que lo es, porque quiere dedicarse a ello— le diría que escriba y lea mucho»

Para aquellos que se sientan «heridos» por los versos, y para los futuros alumnos de Polimnia, Fran García tiene un consejo: «Que lean todo lo que puedan, que escriban mucho, que tachen y borren sin compasión, que llenen la papelera de poemas descartados, que compartan lo que escriben, que estén abiertos a críticas, que sean muy autoexigentes y que, mientras les apasione, disfruten del camino».

Virginia Navalón aporta una dosis de realidad: «Si alguien quiere dedicarse a la poesía le diría que no lo haga, o que se busque un trabajo complementario si quiere comer. Y si es un loco —que lo es, porque quiere dedicarse a ello— le diría que escriba y lea mucho». Carmela Rey, cuyo libro ‘De Amentia’ ha sido distinguido este año con el XIV Premi de Poesia César Simón, cree necesario «perder el miedo. Hay que ser muy constante, leer mucho y rendirse a la poesía con humildad». En ese sentido, Montse García Sanz recomienda, también, conservar la modestia: «Ser honesto con uno mismo y olvidarse de las pretensiones que se puedan tener». Algo en lo que coincide Pascual Casañ: «Al principio uno cree que lo que escribe es lo mejor del mundo. Y no, se ha de saber escuchar las sugerencias de los demás, porque lo más probable es que nos puedan aportar bastante. Y por supuesto, también leer mucho, dedicar un tiempo cada día a escribir poesía y compartir esa poesía con otros poetas».

Josep Micó, Elena Escribano y Carmela Rey. Foto de Biel Aliño.

Josep Micó, Elena Escribano y Carmela Rey. Foto de Biel Aliño.


El diálogo, el intercambio, la humildad y la generosidad son, por tanto, los principales secretos del éxito de Polimnia. Lo sabe bien Elena Escribano —a quien algunos llaman, cariñosamente, «la jefa»—, que ha dejado aparcados sus propios proyectos poéticos para dedicarse plenamente a sus alumnos. «Todos los libros premiados han pasado por mis manos, varias veces», asegura. Mientras Pilar Verdú gestiona el día a día del taller y se ocupa de los nuevos aspirantes a poetas, Escribano sigue recibiendo en su casa a algunos de los más veteranos, organizando sesiones de lectura en las que se cruzan versos, ideas y críticas. «Por suerte tengo una biblioteca muy amplia y pueden ir cogiendo de ella lo que quieran. Voy a tener que empezar a darles carnés de socio», dice Elena sonriendo, no sin cierto orgullo materno. Al fin y al cabo, Polimnia es su criatura y esta relación es de las que duran toda la vida.

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