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«Aquí estoy, mientras el alma me suene»

ENRIQUE BALLESTA
«En la villa de Rosal de la Frontera, siendo las doce horas del día 4 de mayo de 1939, Año de la Victoria, comparece el que dice ser y llamarse Miguel Hernández Gilabert, de 28 años de edad, casado en la que fue zona roja, de profesión escritor, e hijo de Miguel y de Concepción, natural de Orihuela (Alicante) y con domicilio en Cox (Alicante), quien convenientemente interrogado manifiesta». Dos puntos.

Así comenzó a teclear sobre la vieja maquina de escribir Rafael Córdoba, agente auxiliar interino del puesto de Rosal de la Frontera (Huelva), que a las ordenes del jefe de puesto Antonio Márquez Bueno, agente de segunda clase del Cuerpo de Investigación y Vigilancia, tenía la seguridad desde un principio de que iba a prestar un valioso servicio a la patria.

Miguel había intentado escapar de la España de Franco tras rechazar, a principios de 1939, la oferta de su amigo el poeta Pablo Neruda de refugiarse, a través del encargado de negocios, en la sede diplomática de la embajada de Chile en Madrid a la espera de marchar al exilio.

Miguel Hernández (primero por la izquierda) y Pablo Neruda (segundo por la derecha) durante un homenaje a Vicente Aleixandre en 1934.

Miguel Hernández (primero por la izquierda) y Pablo Neruda (segundo por la derecha) durante un homenaje a Vicente Aleixandre en 1934.


El poeta quería que le acompañasen su mujer, Josefina Manresa, y su hijo pero en vista del riesgo que corrían, con las tropas rebeldes a las puertas de Madrid, decidió huir en solitario para reencontrarse más adelante con ellos en un lugar seguro.

Marchó a Sevilla, donde tomó la decisión de huir a Portugal con un camión que le dejó a cuatro kilómetros de Aroche (Huelva), y de noche comenzó a caminar con la intención de cruzar la frontera. A las cuatro de la tarde del día siguiente, después de pasar por Santo Aleixo, llegó a Moura donde, al tratar de vender el reloj de oro regalo de Vicente Aleixandre para su boda, su aspecto despertó sospechas y fue detenido por la policía portuguesa que más tarde lo entregaría a la Guardia Civil de Rosal de la Frontera.

Josefina Manresa, esposa de Miguel Hernández, y su hijo Manuel Miguel

Josefina Manresa, esposa de Miguel Hernández, y su hijo Manuel Miguel.


El primer testimonio del poeta tras su detención muestra a un hombre abatido, que teme ser asesinado en una cuneta y miente para intentar salvar la vida. La comparecencia incorporada al procedimiento sumarísimo de urgencia 21.001 que se instruyó contra él dice textualmente: «Manifiesta que es apolítico por completo, no votó nunca por ningún partido ni está afiliado a ninguno, ni tampoco hizo por pasarse a nuestras filas por ignorar por completo la causa de nuestro Alzamiento, ni darse cuenta de nada de lo que ocurría en Madrid ya que él, dedicado al trabajo, salía poco a la calle por este motivo».

La diligencia añade: «Estrechado a preguntas por quienes suscriben, todo nervioso se encerraba en un círculo vicioso diciendo ‘Yo no sé, les digo a ustedes la verdad, hagan de mí lo que quieran’.
Sobre sus amistades literarias manifiesta que Federico García Lorca era uno de los hombres de gran espiritualidad de España, y que después del teatro clásico él ha sido una de sus mejores figuras; advirtiendo a los agentes que suscriben tengan cuidado no sea se repita el caso de García Lorca, que fue ejecutado rápidamente y según tiene entendido, el mismo Franco (nuestro inmortal Caudillo) sentó mano dura sobre sus ejecutores».

Miguel Hernández comenzaba así su triste transitar de prisión en prisión, hasta un total de 11. El 17 de mayo fue ingresado en la de Huelva; el día 11 trasladado a la de Sevilla, y el 15 conducido a la cárcel madrileña de Torrijos, desde la que escribió a su mujer para que buscara avales que le ayudasen a salir de la cárcel.

Primera página del escrito de Juan Bellod Salmerón en favor de Miguel Hernández.

Primera página del escrito de Juan Bellod Salmerón en favor de Miguel Hernández.


Uno de ellos se lo facilitó su amigo Juan Bellod Salmerón, convertido entonces en secretario de la Jefatura Provincial de Falange en Valencia. En un folio con membrete de la misma, fechado el 24 de mayo, escribe: «Certifico que conozco desde su niñez a Miguel Hernández Gilabert, constándome ser persona de inmejorables antecedentes, generosos sentimientos y honda formación religiosa y humana, pero cuya excesiva sensibilidad y temperamento poético le ha hecho actuar atendiendo más a los dictados del apasionamiento momentáneo que a una voluntad firme y serena, fácilmente influenciable por acontecimientos y personas. Que garantizo plenamente su conducta y actuación, así como su fervor patriótico y religioso, que se revela por lo demás en la lectura de su producción literaria, singularmente en la de su magnífico auto sacramental ‘Quién te ha visto y quién te ve, y sombra de lo que era’».

Bellod relataba que aunque últimamente habían perdido el contacto, Miguel Hernández le había visitado y evitado su muerte cuando fue detenido por «los rojos» al comienzo de la guerra. Su escrito continuaba: «Estimando que su producción literaria en las publicaciones rojas obedecía a coacciones, e incluso a imperativos de su pasión, cambiada de signo por la falaz propaganda marxista, pero no a la maldad y falta de espíritu nacional y religioso que caracterizó a las fuerzas de la anti-España. No le creo pues, en lo fundamental, enemigo de nuestro Glorioso Movimiento, con cuyos principios, una vez conocidos en la reveladora verdad de nuestra Doctrina hecha actuación gloriosa, le considero identificado por su formación y por su temperamento».

Miguel Hernández junto a otros miembros del Quinto Regimiento en los Salesianos de Estrecho.

Miguel Hernández junto a otros miembros del Quinto Regimiento en los Salesianos de Estrecho.


También desde la editorial Espasa Calpe avalaron su conducta, según consta en otra carta: «Miguel Hernández Gilabert no prestaba sus servicios directamente a esta empresa, sino a las órdenes de uno de nuestros directores literarios, pero podemos manifestar que su conducta ha sido en todo momento correcta, lo mismo para su jefe que para las demás personas de esta editorial. Por Dios, por España y su Revolución Nacional-Sindicalista». La misiva contenía en su parte inferior una posdata: «Su jefe, D. José María de Cossío, se halla actualmente ausente y oportunamente le daremos cuenta de este requerimiento, para que dé a usted su informe».

Pero lo vivido en Torrijos con otros presos republicanos le había marcado profundamente y no estaba dispuesto a renegar de sus ideales. Tras dos meses detenido, el 6 de julio de 1939 Miguel Hernández prestó su primera declaración ante el juez del Tribunal Especial de Prensa, Manuel Martínez Gargallo, y ya no ocultó su apoyo a la causa republicana. Su testimonio fue recogido a mano por un escribiente: «Que reconoce sus ideales antifascistas y revolucionarios, no estando identificado con la Causa Nacional, creyendo que el Movimiento Nacional no puede hacer feliz a España. Que su libro ‘Vientos del pueblo’ es una compilación de toda la labor que como escritor antifascista y al servicio de la causa del pueblo ha desarrollado el dicente durante la guerra, su identificación a la causa roja recomendando la resistencia a la invasión, y conteniendo exaltaciones, dice el dicente, de los rasgos nobles de la causa marxista […] Preguntado si con su labor como escritor antifascista reconocía la labor delictiva que realizaba recomendando la resistencia a la Causa Nacional, contesta el dicente: ‘Reconocía esta labor delictiva en contra de la invasión’».

Carta del alcalde de Orihuela denunciando a Miguel Hernández.

Carta del alcalde de Orihuela denunciando a Miguel Hernández.


Días después llegaba a manos del juez una carta del alcalde de Orihuela, Baldomero Giménez Giménez, que, contra lo que el propio poeta esperaba, no avalaba su conducta, sino que además vertía contra él serias acusaciones: «He de manifestar que su actuación en esta ciudad desde la proclamación de la República ha sido francamente izquierdista, más aún marxista, incapaz por temperamento de acción directa en ningún aspecto, pero sí de activísima conducta comunistoide. Se sabe que durante la revolución ha publicado numerosos trabajos en toda clase de periódicos y publicaciones, y que estuvo agregado al Estado Mayor de la Brigada de ‘El Campesino’. Hace bastantes años se le conocía como ‘el pastor poeta’, y últimamente por ‘el poeta de la revolución’, lo que comunico a los efectos que estime oportunos. Dios, que salvó a España, guarde a usted muchos años». Firmado en Orihuela el 14 de julio de 1939.

Valentín González 'El campesino', a la derecha de la imagen, junto al general Miaja.

Valentín González ‘El campesino’, a la derecha de la imagen, junto al general Miaja.


El 6 de septiembre volvió a prestar declaración ante el juez Martínez Gargallo y, lejos de desdecirse de sus anteriores manifestaciones, las ratificó, aunque negó haber luchado con ‘El Campesino’.

El día 18 del mismo mes, el juez instructor resumió en quince escuetas líneas sus conclusiones: «Está plenamente acreditado que dicho individuo, de tendencias notoriamente contrarias al Movimiento Nacional, desarrolló apenas iniciado éste una activísima labor literaria en contra de los ideales como de sus figuras más prestigiosas, apareciendo como firmante de varios manifiestos destinados a sembrar en España y en el extranjero la idea de que tan Glorioso Movimiento no era sino una vulgar invasión plagada de crímenes, y alentar al mismo tiempo a la resistencia armada contra las fuerzas nacionales; habiendo intervenido como animador, en unión de las fuerzas rojas, en el asalto y toma del Santuario de Nuestra Señora de la Cabeza y existiendo, además, indicios muy racionales de haber sido comisario político de una brigada de choque».

Interior de una celda en un dibujo de Ricardo Fuente fechado en 1939.

Interior de una celda en un dibujo de Ricardo Fuente fechado en 1939.


Versión que ratificaría el fiscal del ‘Ejército de Ocupación’, que consideró los hechos constitutivos de un delito de «adhesión a la rebelión militar, con las agravantes de perversidad y trascendencia de los hechos cometidos».

Pena que se pide: «MUERTE».

Pero un error burocrático hizo que la mañana del 15 de septiembre de 1939 las puertas de la prisión madrileña de Torrijos se abrieran para Miguel Hernández como una bocanada de libertad, cuando la maquinaria del nuevo Estado ultimaba los trámites para la celebración del consejo de guerra que habría de juzgarle. Tras su inesperada liberación, convencido de que todo se había aclarado y que tras cuatro meses de encierro la Justicia ya no tenía nada contra él, fue a visitar a varios amigos en la capital. Todos le recomendaron, sin embargo, que se marchara de España y Miguel regresó a Cox en busca de Josefina y de su hijo, que aún no había cumplido un año, con la intención esta vez sí de marchar al exilio.

Viajó en tren a Orihuela el 28 de septiembre pero, a su llegada a la estación, conocidos fascistas encabezados por Jose María Martínez Pacheco (alias ‘Patagorda’), secretario del Juzgado número uno de Orihuela, le denuncian ya que no podían entender que se encontrara libre, y es el inspector de la policía municipal Manuel Morell Roger quien le detiene.

Miguel Hernández arenga a un grupo de soldados durante la guerra civil.

Miguel Hernández arenga a un grupo de soldados durante la guerra civil.


El acta de la declaración prestada ese mismo día a manos de sus captores, que figura incorporada a la causa, dice así: «Interrogado convenientemente dice: que al estallar el movimiento el 19 de julio de 1936 se encontraba colocado en la editorial Espasa en Madrid; que una vez que se reanudaron las comunicaciones vino a esta ciudad hasta el día 22 ó 23 de septiembre, y que durante dicho lapso de tiempo no intervino en ningún acto revolucionario, regresando a Madrid por dichas fechas para continuar trabajando. Ante la inminencia del llamamiento de su quinta ingresó voluntario en un batallón de fortificaciones y después, a mediados de noviembre, en un batallón móvil de choque que mandaba ‘El Campesino’, donde prestó servicios como fusilero de infantería y más tarde, al difundirse su profesión de escritor, lo destinaron a jefe de Propaganda en un periódico del batallón. Que durante este tiempo también escribió poesías».

Ficha carcelaria de Miguel Hernández. «Delito: se desconoce».

Ficha carcelaria de Miguel Hernández. «Delito: se desconoce».


Víctima del odio de sus paisanos, se vio obligado a pensar que su puesta en libertad había sido un capricho del destino que no supo aprovechar. El 6 de octubre el director de la prisión de Torrijos recibía el escrito ordenando la entrega del poeta a la fuerza pública para ser juzgado al día siguiente por el Consejo de Guerra Permanente número 6, pero sólo pudo informar de su libertad. Descubierto el error que había excarcelado a tan significado enemigo de la causa nacional, el juez del Tribunal Especial de Prensa, Manuel Martínez Gargallo, ordenó su inmediata detención. Para su tranquilidad, ésta ya se había producido en Orihuela.

El 3 de diciembre Miguel Hernández ingresó en la prisión madrileña del Conde de Toreno, en la que coincidió con el también escritor Antonio Buero Vallejo, al que había conocido años atrás. Abatido por el desánimo, sólo le quedaba esperar a ser juzgado.

Retrato de Miguel Hernández por Antonio Buero Vallejo.

Retrato de Miguel Hernández por Antonio Buero Vallejo.


CONSEJO DE GUERRA
El 18 de enero de 1940 el Consejo de Guerra Permanente número 5, presidido por el comandante Pablo Alfaro Alfaro, del que formaban parte como vocales los capitanes Francisco Pérez Muñoz e Ignacio Díaz Aguilar, y el alférez Miguel Caballer y Celis, actuando como ponente el también capitán Vidal Morales, firmaba una sentencia dictada de antemano, minutos después de que se celebrara una vista oral carente de cualquier garantía legal. La causa permaneció secreta para el militar nombrado abogado defensor hasta la noche anterior a la vista. Ni siquiera conocía a su defendido, al que vio por primera vez cuando se sentó frente al tribunal. Su labor se limito a solicitar clemencia y pedir la pena inmediatamente inferior a la solicitada por el fiscal.

El periodista Eduardo de Guzmán.

El periodista Eduardo de Guzmán.

El periodista Eduardo de Guzmán, juzgado esa misma mañana junto a Miguel Hernández y otros 28 republicanos, relata lo ocurrido: «El fiscal habla durante veinte minutos en tono duro, agresivo, hiriente. Nos llama canallas, chacales, analfabetos, ladrones, cobardes, resentidos e infra hombres. A Miguel y a mí nos acusa de todo lo anterior, pero resalta nuestra máxima responsabilidad porque no somos analfabetos, incultos ni ignorantes y tenemos capacidad de comprender dónde está el bien, y pese a ello habernos inclinado resueltamente por el mal».

Esa misma mañana, el tribunal hizo pública la sentencia:

«RESULTANDO probado, y así lo declara el Consejo, que el procesado Miguel Hernández Gilabert, de antecedentes izquierdistas, se incorporó voluntariamente en los primeros días del Alzamiento Nacional al Quinto Regimiento de Milicias, pasando más tarde al Comisariado Político de la 1ª Brigada de Choque, interviniendo, entre otros hechos, en la acción contra el santuario de Santa María de la Cabeza. Dedicado a actividades literarias, era miembro activo de la Alianza de Intelectuales Antifascistas, habiendo publicado numerosas poesías, crónicas y folletos de propaganda revolucionaria y de excitación contra las personas de orden y contra el Movimiento Nacional, haciéndose pasar por el ‘poeta de la Revolución’.

CONSIDERANDO que los hechos que se declaran probados constituyen un delito de adhesión a la rebelión de cuyo delito es responsable en concepto de autor el procesado por participación directa y voluntaria.

CONSIDERANDO que el Consejo, haciendo uso de sus facultades estima oportuno imponer la pena en su máxima extensión.

FALLAMOS que debemos condenar y condenamos al procesado Miguel Hernández Gilabert, como autor de un delito de adhesión a la rebelión, a la pena de MUERTE, accesorias legales para caso de indulto».

Documento que recoge la sentencia de condena a muerte a Miguel Hernández.

Documento que recoge la sentencia de condena a muerte a Miguel Hernández.


A partir de ese momento comienza la angustia a la espera del ‘enterado’ del Caudillo que diera vía libre a su ejecución. Aunque las gestiones incansables de amigos como Jose María de Cossío o el escritor falangista Rafael Sánchez Mazas fueron decisivas. Este último en audiencia con Franco le dijo: «Mi general, quiero pedirle gracia para un poeta». Franco ya había sido advertido de que matar a Miguel Hernández, después del asesinato de Federico García Lorca, podía ser una publicidad muy negativa para el régimen, por lo que las gestiones surtieron efecto y el 24 de junio de 1940 el dictador conmutó la pena por la inmediata inferior, «treinta años y un día de reclusión». Comienza así un nuevo periplo carcelario que le llevó de Madrid a la prisión de Palencia, donde la humedad y el frío hicieron que su salud se deteriorara notablemente. De aquel penal pasó al Reformatorio de Adultos de Ocaña y, finalmente, al de Alicante, al que llegó ya gravemente enfermo.

Miguel Hernández amortajado en un dibujo atribuido a Eusebio Oca.

Miguel Hernández amortajado en un dibujo atribuido a Eusebio Oca.


A las 5,30 horas del 28 de marzo de 1942 Miguel Hernández fallecía en el recinto penitenciario a consecuencia de «fimia pulmonar», según consta en su certificado de defunción. Al día siguiente sólo lo acompañaron su mujer, su hermana Elvira, una vecina y Ricardo Fuentes hasta el nicho 1009 del cementerio alicantino de Nuestra Señora de los Remedios.

Certificado de defunción de Miguel Hernández, fechado el 28 de marzo de 1942.

Certificado de defunción de Miguel Hernández, fechado el 28 de marzo de 1942.

«Aquí estoy para vivir
mientras el alma me suene,
y aquí estoy para morir,
cuando la hora me llegue,
en los veneros del pueblo
desde ahora y desde siempre.
Varios tragos es la vida
y un solo trago es la muerte».

La burocracia del Estado franquista hizo que la Comisión Provincial de Madrid solicitara el 10 de diciembre de 1943, más de año y medio después de la muerte del poeta, la conmutación de su pena de treinta años por otra de veinte y un día. Solicitud que fue aceptada en enero de 1944.

Vicente Aleixandre junto a la tumba de Miguel Hernández.

Vicente Aleixandre junto a la tumba de Miguel Hernández.


La Sala de lo Militar del Tribunal Supremo, en febrero de 2011 denegó la revisión de la sentencia del consejo de guerra que condenó a muerte al poeta Miguel Hernández.

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