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Poesía en alta fidelidad: Del universo de Dylan a la magia de Bowie

ÁNGEL SALGUERO
La concesión del Premio Nobel de Literatura a Bob Dylan ha dividido al mundo de la cultura. Joaquín Sabina, por ejemplo, escribía recientemente que ese galardón no sólo era justo, sino que llegaba «tarde». Para el cantante español, «el gesto de la Academia Sueca hace que todos los que nos dedicamos a dignificar las palabras en el pop nos sintamos premiados con él». El escritor Mario Vargas Llosa —que recibió el Nobel en 2010— cree, sin embargo, que premiar a Dylan es una «frivolidad». A su juicio, el Premio Nobel debe ser «para escritores y no para cantantes. Bob Dylan es un buen cantante, pero no es un gran escritor, ni muchísimo menos. Hay muchos escritores que merecerían el Premio Nobel y que han quedado marginados, pero es la civilización del espectáculo».

Bob Dylan en 1966.

Bob Dylan en 1966.


El escueto comunicado de la Academia Sueca al anunciar su decisión atribuía a Dylan la creación de «un nuevo lenguaje poético dentro de la gran tradición de la canción americana». Un lenguaje, sí, y todo un mundo propio también. En su introducción a Biograph, la primera gran recopilación de la música de Dylan publicada a mediados de los años ochenta, el periodista y director de cine Cameron Crowe recuerda esta anécdota:

    Un amigo mío estuvo no hace mucho en Australia, donde asistió a una peculiar fiesta de disfraces. El tema era sencillo. Todo el mundo debía vestirse como un personaje de alguna canción de Bob Dylan. Mi amigo acudió como el hermano de Maggie y fue entregando monedas de 5 y 10 centavos y preguntando a todos si se lo estaban pasando bien. («Ya no trabajaré más para ti», le respondió la mayoría). Durante la velada se encontró con el Rey Louie, tuvo una interesante conversación con un diplomático que llevaba un gato siamés sobre el hombro y se juntó con una muchedumbre extensa y ruidosa que incluía a Einstein disfrazado de Robin Hood, la Reina de Picas, Napoleón vestido con andrajos, varios hombres con panderetas y un predicador con nueve kilos de titulares grapados en el pecho.
    La fiesta resultó todo un éxito. Vaya cumplido, recuerdo haber pensado, y qué reducida habría sido esta reunión en manos de casi cualquier otro artista. Más allá de todos los reconocimientos, los álbumes de oro y de platino, los conciertos, las películas y el folklore de Bob Dylan, qué mejor tributo puede uno recibir como artista y escritor: que den una fiesta con tus personajes, que el sitio esté abarrotado y que todos se lo pasaran genial.

Con todo el respeto para Mario Vargas Llosa, nosotros sí creemos que Dylan es un artista, un poeta, un escritor. Al asumir la tradición popular de su país y convertirla en algo propio y distintivo, abrió el camino a toda una generación de músicos que han elevado el pop y han hecho de sus letras una forma literaria más. En este post queremos destacar algunos de ellos, comenzando con el propio Dylan. Not Dark Yet (Aún no oscurece) está incluido en el disco Time out of Mind (1997) y en él la escritura del viejo maestro conserva aún, como asegura el novelista Stephen King, un «tremendo poder»:

 
«Caen las sombras y llevo aquí todo el día
Demasiado calor para dormir, el tiempo se escapa
Es como si mi alma se hubiese vuelto de acero
Aún tengo las cicatrices que el sol no curó
No hay sitio suficiente para estar en ninguna parte
Aún no oscurece, pero no debería tardar

Mi humanidad se ha ido por el desagüe
Tras algo hermoso siempre hay alguna clase de dolor
Ella me escribió una carta y la escribió con tanta delicadeza
Puso sobre el papel lo que le rondaba la cabeza
Pero no veo por qué me debería importar
Aún no oscurece, pero no debería tardar

He estado en Londres y he estado en el alegre París
He seguido el río y he llegado hasta el mar
He caído hasta el fondo de un mundo lleno de mentiras
Ya no busco nada en los ojos de nadie
A veces mi carga es más de lo que puedo soportar
Aún no oscurece, pero no debería tardar

Aquí nací y aquí moriré contra mi voluntad
Sé que parece que me muevo, pero sigo en el mismo sitio
Cada nervio de mi cuerpo tan vacío e insensible
que ya ni recuerdo de qué vine aquí a escapar
No escucho ni el murmullo de una plegaria
Aún no oscurece, pero no debería tardar»

David Bowie fue un lector ávido que solía cargar con una biblioteca entera cada vez que salía de gira. Y aunque en una conversación con el escritor William Burroughs negara haberse inspirado en ningún modelo literario al componer, algunas de sus mejores letras tienen innegables cualidades poéticas. Una de ellas es Quicksand (Arenas movedizas) publicada en 1971 en el disco Hunky Dory. En esta meditación circular Bowie desliza referencias al maestro del ocultismo Aleister Crowley y la esotérica Orden del alba Dorada, la actriz Greta Garbo, el primer ministro británico Winston Churchill, el oficial nazi Heinrich Himmler, las teorías del filósofo Friedrich Nietzsche y al bardo, un término tibetano que sirve para denominar un estado intermedio de la existencia:

 
«Estoy más cerca del Alba Dorada
Sumergido en el uniforme de imaginería
de Crowley
Vivo en una película muda
que muestra el reino sagrado
de Himmler y su realidad onírica
Me asusta la meta definitiva
que conduce al agujero irregular
Y ya no tengo el poder
No, ya no tengo el poder

Soy el nombre retorcido en los ojos de Garbo
Prueba viviente de las mentiras de Churchill
Soy el destino
Me divido entre la luz y la oscuridad
donde otros divisan la divina simetría
de sus objetivos
¿Debería besar el colmillo de la víbora
o proclamar la muerte del Hombre?
Me hundo en las arenas movedizas de mi pensamiento
y ya no tengo el poder

No creas en ti mismo
No engañes con creencias
El conocimiento llega con la liberación de la muerte

No soy un profeta ni un hombre de la edad de piedra
Sólo un mortal con el potencial de un superhombre
Sigo viviendo
Enganchado a la lógica del Homo Sapiens
no puedo apartar los ojos de la gran salvación
de la estúpida fe
Si no explico lo que debes saber
me lo puedes contar en el próximo bardo
Me hundo en las arenas movedizas de mi pensamiento
y ya no tengo el poder

No creas en ti mismo
No engañes con creencias
El conocimiento llega con la liberación de la muerte»

Con un tono completamente diferente, esta canción de Cowboy Junkies titulada Sun Comes Up, It’s Tuesday Morning (Sale el sol, es martes por la mañana) recuerda los poemas de Raymond Carver al partir de una anécdota en apariencia trivial para crear un relato en el que su protagonista se muestra al mismo tiempo irónica y melancólica:

 
«Sale el sol, es martes por la mañana
y me da de lleno en los ojos.
Parece que anoche olvidaste cerrar la persiana.
Oh, es cierto. Me olvidé yo. Fui yo.
Claro que echo de menos el aroma del café negro por la mañana,
el ruido del agua salpicando en el cuarto de baño,
el beso que me darías aunque estuviese dormida,
pero la verdad es que se agradece el espacio extra en mi cama.

Suena el teléfono pero no lo cojo
porque todo el mundo sabe que Buenas Noticias
siempre duerme hasta después de mediodía.
Creo que volveré a desayunar té con tostadas
y quizá añada también un poco de televisión.
¡No hay leche! Dios, qué fastidio.
Me tocará bajar a la esquina para que Jenny me haga el desayuno.
Esta mañana, tiene un ojo morado. «Jen, ¿cómo ha sido eso?»
«Anoche, a Bobby se le fue la mano», dice ella.

Hora de comer. Comienzo a marcar tu número
pero entonces lo recuerdo, así que busco algo que fumar.
Y en cualquier caso preferiría escuchar a Coltrane
antes que volver a pasar por todo ese suplicio.
Podría pasar toda la tarde sin hacer nada,
tan sólo escuchando discos y contemplando la puesta de sol,
pensando cosas que no tienen por qué resultar en nada,
y no rompería este encantamiento
el sonido de las llaves arañando en la cerradura.

Quizá vea una película esta noche.
Tendré todo el sitio del mundo para codos y rodillas
y una bolsa de palomitas para mí sola.
En blanco y negro, con una protagonista femenina de carácter,
y si no me gusta no habrá discusión, me marcharé.
Vuelve esa sensación que ya había olvidado:
lo extrañas que resultan estas calles
cuando vas a solas por ellas.
Todas las miradas me parecen insinuantes,
así que bajo la cabeza y busco un atajo para llegar a casa,
tragándome la rabia.

Es extraño: nunca me había fijado
en el ruido que hacen los tranvías al pasar junto a mi ventana
lo que me recuerda que de nuevo olvidé cerrar la persiana.
Y sí, admito que hay veces en que te echo de menos,
como ahora, cuando necesito que alguien me abrace.
Pero ciertas cosas no se pueden perdonar y, la verdad, he de decirte
que se agradece el espacio extra en mi cama».

En uno de sus últimos trabajos, el cantante y compositor Jarvis Cocker, líder del grupo Pulp, incluía esta nota: «¡Recuerden! Como siempre, se ruega que no lean las letras mientras escuchan el disco». Y es que este seguidor de David Bowie nunca ha escondido sus ambiciones literarias, plasmadas en canciones como Common People (Gente corriente), todo un tratado sobre la conciencia de clase probablemente basado en una historia real:

 
«Ella vino de Grecia con ganas de saber cosas
Estudiaba escultura en la Universidad de St. Martin
Ahí es donde
llamé su atención

Me dijo que su papá estaba forrado
Yo dije: «Entonces me pido un cubata»
Ella dijo: «Perfecto»
Y a los treinta segundos dijo:
«Quiero vivir como la gente corriente
Quiero hacer lo que hace la gente corriente
Quiero acostarme con gente corriente
Quiero acostarme con gente corriente como tú»

Bueno, ¿qué otra cosa podía hacer?
Dije: «Veré qué puedo hacer»

La llevé a un supermercado
No sé por qué, pero había que empezar en alguna parte
Así que comenzó allí
Dije: «Haz como si no tuvieses dinero»
Ella se echó a reír y dijo: «Oh, es que eres tan gracioso»
Yo dije: «¿Sí? (Ja)
Pues aquí yo no veo que se ría nadie más
¿Estás segura de que quieres vivir como la gente corriente
de que quieres ver lo que ve la gente corriente
de que quieres acostarte con gente corriente
de que quieres acostarte con gente corriente como yo?»

Pero no lo entendió
y se limitó a sonreír y cogerme de la mano

Alquila un piso encima de una tienda
Córtate el pelo y busca trabajo
Fuma pitillos y juega al billar
Haz como si no hubieses ido al colegio
Pero nunca te saldrá bien
porque de noche cuando estés en la cama
viendo a las cucarachas trepar por la pared
tu papá te rescatará si le llamas

Nunca vivirás como la gente corriente
Nunca harás lo que hace la gente corriente
Nunca fracasarás como la gente corriente
Nunca verás desvanecerse tu vida
ni bailarás ni beberás ni follarás
porque no hay otra cosa que hacer
Canta con la gente corriente
Canta con ellos y tal vez aguantes
Ríe con la gente corriente
Ríe con ellos aunque se rían de ti
y de las estupideces que haces
porque crees que los pobres molan

Como un perro tirado en una esquina
te morderán sin previo aviso
Lleva cuidado, te sacarán las tripas
porque a nadie le gustan los turistas
Sobre todo una que lo ve todo tan gracioso
Sí, y las manchas de grasa de las patatas
se te irán con un baño

Nunca comprenderás
cómo es vivir una vida
sin sentido ni control
y sin ningún sitio al que ir
Asombra que existan
y que su fuego sea tan brillante
y uno ya sólo se pregunta por qué»

La revista musical Spin calificó en cierta ocasión a Ben Gibbard, líder de la banda norteamericana Death Cab for Cutie, como el «poeta laureado de los jóvenes y los optimistas». Sin embargo, en sus letras se suceden también relaciones fallidas, amores no correspondidos e imágenes panorámicas como esta descripción de la ciudad de Los Ángeles:

 
«Hoy estoy en Los Ángeles, huele como la pista de un aeropuerto. Apesta a combustible en la cabina y las luces parpadean al azar.

Hoy estoy en Los Ángeles, cubos de basura se apilan en las medianas de las autopistas
siempre al acecho incluso cuando la población duerme.

Y no me explico por qué querrías vivir aquí.

Hoy estoy en Los Ángeles, le pregunté un empleado de gasolinera si le costaba respirar
y respondió: «Varía de estación en estación, hijo».

Aquí se exhiben los mejores: los mapas con las casas de actores de cine nunca
están actualizados así que ahórrate tu carrete y tus 15 dólares.

Y no me explico por qué querrías vivir aquí.
Las vallas de anuncios superan a los edificios más altos,
«no somos perfectos, pero sin duda lo intentamos».
Mientras, con el tiempo, los rayos ultravioleta ‘degradan’ nuestra juventud.

El barco nos sigue conduciendo por este entrópico lugar en el vientre de la
Bestia que es California. Bebí de un grifo y guardé los recibos para
cuando me pesen al salir (aquí nada es gratis).
Los autobuses no dejan de pasar soltando langostas en la calle hasta que las alcantarillas se desbordan y Los Ángeles piensa: «Tal vez explote algún día».

Es un hermoso día de verano y casi distingo el perfil de la ciudad a través de un espeso
manto de egos. (¿Es esta la ciudad de los ángeles o de los demonios?)
Aquí los nombres son lo que permanece: las estrellas encierran el lamé dorado
y precisan constante limpieza para cuando los turistas comienzan a salivar

No se puede nadar en una ciudad tan poco profunda. Casi seguro te ahogarás mañana».

Con una trayectoria que fue del punk desenfadado de Siniestro Total al pop elegante y complejo de Golpes Bajos, Germán Coppini hizo famosa aquella frase de «Malos tiempos para la lírica». A pesar de ello, sus letras fueron adquiriendo un poso de emoción que a veces, como en este caso, respiraba influencias literarias:

 
«Y es que nunca me acuesto
sin haber aprendido algo nuevo,
escondiendo mi cabeza entre las sábanas,
derrochando minutos y no ando sobrado de ellos,
tomando del día las últimas bocanadas.

Como alma en pena encerrado
en el cuarto de los huéspedes,
creando aureolas de fantasía,
donde hago oídos sordos a las súplicas diarias,
esperando el Pater Noster, la pesadilla.

El futuro es ya
el que algo quiere, algo le cuesta,
me lloran los ojos al abrirlos a la claridad.
Tiemblan mis manos cuando acaricio tu cabello
no dejando de sentirme un fracasado.

Como alma en pena encerrado
en el cuarto de los huéspedes,
creando aureolas de fantasía,
donde hago oídos sordos a las súplicas diarias,
esperando el Pater Noster, la pesadilla».

Y otro de los grupos españoles que siempre ha cuidado sus letras es Esclarecidos, la banda liderada por la cantante Cristina Lliso. Su último disco publicado, en el que colaboraba también Javier Corcobado, incluye este tema titulado, precisamente, Poemas 19 y 27:

 
«No te precipites en los años
como sueles.
En escuálidos minutos
que siempre sobran.
Se trata básicamente
de masas que a tal efecto
chocan porque se aman
o por regla de tres
desaparecen.
Mientras a mí me crecen
hipocampos
y olas en las piernas
tú te arrancas cangrejos
de los dedos.
¡Entérate imbécil!»

Todas las versiones en castellano de los temas mencionados en este post son propias. Si quieres leer más sobre la relación entre música y literatura te recomendamos Poesía de Vinilo, De poetas, músicos y chamanes y Edgar Allan ‘Pop’.

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