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Un autor norteamericano enamorado de Machado

Raymond Carver fue un escritor y poeta norteamericano, participante de la corriente literaria conocida como realismo sucio que tuvo su auge durante los años 80. Su faceta más conocida es la de escritor de relatos cortos, con ‘Catedral’ como su obra maestra. Sus cuentos son observaciones de la vida cotidiana y personajes ordinarios coloreadas por la inquietud y una leve sensación de amenaza. Historias que no necesariamente tienen planteamiento, nudo o desenlace. Es la misma filosofía que aplicó en su obra poética. En el texto que reproducimos, publicado originalmente en 1985, Carver celebra a su estilo la figura y la poesía de Antonio Machado, agradeciéndole que le sacara de un letargo momentáneo y le empujara a pensar y a escribir de nuevo. Lástima que sólo tres años después un cáncer se interpusiera en su camino, justo cuando la carrera de Carver comenzaba a despegar. La traducción al castellano del poema es nuestra.

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ONDAS DE RADIO
Para Antonio Machado

La lluvia ha cesado y ha aparecido la luna.
No entiendo nada de ondas de radio,
pero creo que viajan mejor justo después
de que llueva, cuando el aire está húmedo. En cualquier caso,
ahora podría sintonizar con Ottawa, si quisiera, o con Toronto.
Últimamente, por las noches se me ha despertado
un leve interés por la política canadiense
y sus asuntos internos. Es cierto. Pero lo que buscaba sobre todo
eran sus emisoras musicales. Podría quedarme aquí en la silla
y escuchar, sin tener que hacer nada o pensar.
No tengo televisión y había dejado de leer
la prensa. Por las noches, encendía la radio.

Cuando vine aquí pretendía escapar
de todo. Especialmente de la literatura.
Con lo que conlleva, y lo que sigue después.
Existe en el alma el deseo de no pensar.
De permanecer inmóvil. Junto a ello,
el deseo de ser estricto, sí, y riguroso.
Pero el alma también es una zorra ladina,
no siempre de fiar. Y yo lo había olvidado.
Escuché cuando decía: Mejor cantar a lo que ha
desaparecido y no regresará que a aquello que sigue
con nosotros y seguirá mañana con nosotros. O no.
Y si no, bien también.
No tenía importancia, decía, que un hombre cantase.
Ésa era la voz que yo escuchaba.
¿Se imaginan que alguien pensara de esa forma?
¿Que todo da igual?
¡Menuda tontería!
Pero yo pensaba esas bobadas por la noche
sentado en la silla mientras escuchaba mi radio.

¡Y entonces, Machado, tus poemas!

Fue casi como ver a un hombre de mediana edad
enamorarse de nuevo. Algo extraordinario,

y también embarazoso.
Tonterías como colgar un fotografía tuya.
Y me llevaba tu libro a la cama
y dormía con él a mano. Una noche un tren
me despertó al pasar por mis sueños.
Lo primero que pensé, con el corazón desbocado
allí en el dormitorio a oscuras, fue:
No pasa nada, Machado está aquí.
Luego pude volver a dormirme.

Hoy cogí tu libro cuando salí a dar
mi paseo. ‘¡Presta atención!’ decías
siempre que alguien te preguntaba qué hacer con su vida.
Así que miré a mi alrededor y tomé nota de todo.
Luego me senté al sol con él, en mi sitio
junto al río donde divisaba las montañas.
Y cerré los ojos y escuché el ruido
del agua. Luego los abrí y comencé a leer
Últimas lamentaciones de Abel Martín.
Esta mañana pensé mucho en ti, Machado.
Y espero, sabiendo incluso lo que sé acerca de la muerte,
que recibieras el mensaje que te dirigí.
Pero si no, no pasa nada. Duerme bien. Descansa.
Espero que tarde o temprano podamos encontrarnos.
Y entonces te contaré yo mismo estas cosas.

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