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Todos los poemas sobre la luna

Un cisne redondo en el río: Breve antología de poemas sobre la luna

Es fácil olvidarse de la luna, pero ella nunca se olvida de nosotros. Basta alzar la vista al cielo para encontrarla: Roja, gris o dorada, tan diminuta como una perla engastada en la oscuridad o tan grande que parece abarcar todo el horizonte. Este año, cuando se cumple medio siglo desde la llegada de los primeros astronautas a su superficie, hemos vuelto a mirar a la luna, la misma a la que los poetas y escritores han intentado revestir de significado a lo largo de los siglos como símbolo, por ejemplo, de la feminidad y la fertilidad, de la inmortalidad y de los ciclos de la vida.

Imagen idealizada de Safo en un cuadro de John William Godward.

La poeta griega Safo —en unos versos escritos hacia el año 570 AC, que se conservan gracias a que los recogió un antiguo manual de métrica— se apoya en el cielo nocturno para describir así su estado de ánimo:

La luna se ha puesto,
y las Pléyades.
Es medianoche,
pasa el tiempo
y yo duermo sola.

Percy Bysshe Shelley.

Muchos siglos después, Percy Bysshe Shelley dirigía también su vista a la luna y apelaba a su condición de testigo de la vida sobre la tierra:

¿Es tu palidez cansancio
por escalar el Cielo, y contemplar la tierra,
vagando en soledad
entre estrellas con distintos nacimientos,
siempre cambiante, como un triste ojo
que no halla objeto digno de su constancia?

Jorge Luis Borges.

En un tono similar, Jorge Luis Borges reflexionó en uno de sus poemas sobre cómo la luna, condenada a contemplar eternamente la tierra, se convierte en reflejo de la humanidad:

Hay tanta soledad en ese oro.
La luna de las noches no es la luna
que vio el primer Adán. Los largos siglos
de la vigilia humana la han colmado
de antiguo llanto. Mírala. Es tu espejo.

Rosalía de Castro.

La gallega Rosalía de Castro la dibuja como una «casta virgen solitaria», un ojo gris y perenne en el cielo oscuro:

¡Con qué pura y serena transparencia
brilla esta noche la luna!
A imagen de la cándida inocencia,
no tiene mancha ninguna.
De su pálido rayo la luz pura
como lluvia de oro cae
sobre las largas cintas de verdura
que la brisa lleva y trae.
Y el mármol de las tumbas ilumina
con melancólica lumbre,
y las corrientes de agua cristalina
que bajan de la alta cumbre.
La lejana llanura, las praderas,
el mar de espuma cubierto
donde nacen las ondas plañideras,
el blanco arenal desierto,
la iglesia, el campanario, el viejo muro,
la ría en su curso varia,
todo lo ves desde tu cenit puro,
casta virgen solitaria.

Carolina Coronado retratada por Madrazo.

Carolina Coronado, otra poeta del siglo XIX, busca como último recurso la «amistad» de la luna para encontrar esa compañera que escuche sus penas:

Esa oscura enfermedad
que llaman melancolía
me trajo a la soledad
a verte, luna sombría.

Ya seas amante doncella,
ya informe, negro montón
de tierra que en forma bella
nos convierte la ilusión,

Ni a sorprender tus amores
mis tristes ojos vinieron
ni a saber si esos fulgores
son tuyos o te los dieron.

Ni a mí me importa que esté
tu luz viva o desmayada,
ni cuando te miro sé
si eres roja o plateada.

Yo busco tu compañía
porque al fin, muda beldad,
es tu amistad menos fría
que otra cualquiera amistad.

Sé bien que todo el poder
de tu misterioso encanto
no alcanzará a detener
una gota de mi llanto.

Mas yo no guardo consuelos
para este mal tan profundo,
fijo la vista en los cielos
porque me importuna el mundo…

¡Vergüenza del mundo es
si tiene mi pensamiento,
que ir a buscarte al través
de las nubes y del viento,

Y llevar hasta tu esfera
mi solitaria armonía
para hallar la compañera
que escuche la pena mía!

Mas, pues no me da fortuna
otra más tierna amistad,
vengo con mis penas, luna,
a verte en la soledad.

Gloria Fuertes.

En estos versos de Gloria Fuertes, dos soledades —la de la poeta y la de la propia luna— se encuentran en un momento feliz:

En las noches claras,
resuelvo el problema de la soledad del ser.
Invito a la luna y con mi sombra somos tres.

Mario Benedetti.

Mario Benedetti descubre, por su parte, que bajo la sombría luz de una «luna congelada», el mundo y las emociones se ven de otra manera:

Con esta soledad
alevosa
tranquila
con esta soledad
de sagradas goteras
de lejanos aullidos
de monstruos de silencio
de recuerdos al firme
de luna congelada
de noche para otros
de ojos bien abiertos

con esta soledad
inservible
vacía

se puede algunas veces
entender
el amor.

Federico García Lorca

Pero si hay un poeta que haya dado vida a la luna en sus versos, es Federico García Lorca. En el Romance de la luna la equipara con una parca luminosa:

La luna vino a la fragua
con su polisón de nardos.
El niño la mira mira.
El niño la está mirando.

En el aire conmovido
mueve la luna sus brazos
y enseña, lúbrica y pura,
sus senos de duro estaño.

Huye luna, luna, luna.
Si vinieran los gitanos,
harían con tu corazón
collares y anillos blancos.

Niño déjame que baile.
Cuando vengan los gitanos,
te encontrarán sobre el yunque
con los ojillos cerrados.

Huye luna, luna, luna,
que ya siento sus caballos.
Niño déjame, no pises,
mi blancor almidonado.

El jinete se acercaba
tocando el tambor del llano.
Dentro de la fragua el niño,
tiene los ojos cerrados.

Por el olivar venían,
bronce y sueño, los gitanos.
Las cabezas levantadas
y los ojos entornados.

¡Cómo canta la zumaya,
ay como canta en el árbol!
Por el cielo va la luna
con el niño de la mano.

Dentro de la fragua lloran,
dando gritos, los gitanos.
El aire la vela, vela.
el aire la está velando.


Y en este fragmento de Bodas de Sangre, Lorca da voz a la luna más fría y roja, que busca desesperada el calor y la cercanía —y lo hace, por cierto, con imágenes tan bellas como la del primer verso:

Cisne redondo en el río,
ojo de las catedrales,
alba fingida en las hojas
soy; ¡no podrán escaparse!
¿Quién se oculta? ¿Quién solloza
por la maleza del valle?
La luna deja un cuchillo
abandonado en el aire,
que siendo acecho de plomo
quiere ser dolor de sangre.
¡Dejadme entrar! ¡Vengo helada
por paredes y cristales!
¡Abrid tejados y pechos
donde pueda calentarme!
¡Tengo frío! Mis cenizas
de soñolientos metales
buscan la cresta del fuego
por los montes y las calles.
Pero me lleva la nieve
sobre su espalda de jaspe,
y me anega, dura y fría,
el agua de los estanques.
Pues esta noche tendrán
mis mejillas roja sangre,
y los juncos agrupados
en los anchos pies del aire.
¡No haya sombra ni emboscada,
que no puedan escaparse!
¡Que quiero entrar en un pecho
para poder calentarme!
¡Un corazón para mí!
¡Caliente!, que se derrame
por los montes de mi pecho;
dejadme entrar, ¡ay, dejadme!

(A las ramas.)
No quiero sombras. Mis rayos
han de entrar en todas partes,
y haya en los troncos oscuros
un rumor de claridades,
para que esta noche tengan
mis mejillas dulce sangre,
y los juncos agrupados
en los anchos pies del aire.
¿Quién se oculta? ¡Afuera digo!
¡No! ¡No podrán escaparse!
Yo haré lucir al caballo
una fiebre de diamante.

Miguel Hernández y su esposa Josefina Manresa en 1937

Miguel Hernández ve una historia de amor no consumado entre la luna y el sol, igual que entre los dos amantes de este poema:

Sobre el cuerpo de la luna
nadie pone su calor.
Frente a frente sol y luna
entre la luna y el sol
que se buscan y no se hallan
tú y yo.

Pero por fin se hallarán
nos hallaremos, amor,
y el mundo será redondo
hacia nuestro corazón.

Carmen Martín Gaite

A la luna llena, esa que —se dice— mueve a los lunáticos e inspira a los creadores y artistas, le dedicó Carmen Martín Gaite este poema en el que, además, hace referencia a otros de Safo y Rosalía de Castro que hemos incluido también en este post:

Fuera del mundo, ausente,
mellada contra andamios,
has nacido otra noche
con tus venas azules,
igual que un globo inflado,
luna llena.
Globo inflado te llamo,
otros rostro de muerta,
nave, farol, pandero,
o blanca rebanada
o novia o meretriz
te llamaron por turno.
A tu luz se acogieron deslumbrados,
tristes y balbucientes
los poetas,
frioleros y turbios,
estremecidos, los enamorados.

Te invocaron sin tregua
a lo largo de un río subterráneo
de palabras marchitas
que viene desde Safo y Rosalía
a morir en mi boca.

Jugamos a invocarte,
levantamos antorchas de mentira
que sólo manosean tu vestido de tul.
Y tú, intacta y desnuda,
te escapas, luna llena,
subiendo apenas perceptiblemente,
navegando la noche con oblicuo reflejo,
como si nos oyeras, como si nos miraras.

Nadie te alcanzará,
ni por tu hueco abierto a incógnitos paisajes
ha atravesado nadie.
Tú rozas con tu luz la otra ladera.

Jaime Sabines

Y al final, un poco de ironía: la que utiliza el mexicano Jaime Sabines para repasar todos los mitos que rodean a la luna, sin tomarlos muy en serio:

La luna se puede tomar a cucharadas
o como una cápsula cada dos horas.
Es buena como hipnótico y sedante
y también alivia
a los que se han intoxicado de filosofía
Un pedazo de luna en el bolsillo
es el mejor amuleto que la pata de conejo:
sirve para encontrar a quien se ama,
para ser rico sin que nadie lo sepa
y para alejar a los médicos y las clínicas.
Se puede dar de postre a los niños
cuando no se han dormido,
y unas gotas de luna en los ojos de los ancianos
ayudan a bien morir
Pon una hoja tierna de la luna
debajo de tu almohada
y mirarás lo que quieras ver.
Lleva siempre un frasquito del aire de la luna
para cuando te ahogues,
y dale la llave de la luna
a los presos y a los desencantados.
Para los condenados a muerte
y para los condenados a vida
no hay mejor estimulante que la luna
en dosis precisas y controladas

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