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Cuatro poemas para el Día del Padre

Queremos celebrar este 19 de marzo, Día del Padre, con una breve selección de poemas inspirados en la figura del padre: Raymond Carver le evoca desde el recuerdo de una vieja imagen, Li-Young Lee descubre cómo al crecer uno se convierte en el reflejo de su propio padre y Gregory Orr se resigna a ver cómo sus hija se enfrenta a los riesgos que implica seguir su propio camino.

Rudyard Kipling y su hijo John.

Pero empezamos con uno de los poemas más famosos de la historia de la literatura, los versos con los que Rudyard Kipling resumía toda una filosofía de vida para su hijo John Kipling y que se conocen con el sencillo título de ‘Si’:

SI
Puedes conservar tu cabeza, cuando a tu alrededor
todos la pierden y te cubren de reproches;
Si puedes tener fe en ti mismo, cuando duden de ti
los demás hombres y ser igualmente indulgente para su duda;
Si puedes esperar, y no sentirte cansado con la espera;
Si puedes, siendo blanco de falsedades, no caer en la mentira,
Y si eres odiado, no devolver el odio; sin que te creas,
por eso, ni demasiado bueno, ni demasiado cuerdo.

SI
Puedes soñar sin que los sueños, imperiosamente te dominen;
Si puedes pensar, sin que los pensamientos sean tu objeto único;
Si puedes encararte con el triunfo y el desastre, y tratar
de la misma manera a esos dos impostores;
Si puedes aguantar que a la verdad por ti expuesta
la veas retorcida por los pícaros,
para convertirla en lazo de los tontos,
O contemplar que las cosas a que diste tu vida se han deshecho,
y agacharte y construirlas de nuevo,
¡aunque sea con gastados instrumentos!

SI
Eres capaz de juntar, en un solo haz, todos tus triunfos
y arriesgarlos, a cara o cruz, en una sola vuelta
Y si perdieras, empezar otra vez como cuando empezaste
Y nunca mas exhalar una palabra sobre la perdida sufrida!
Si puedes obligar a tu corazón, a tus fibras y a tus nervios,
a que te obedezcan aun después de haber desfallecido
Y que así se mantengan, hasta que en ti no haya otra cosa
que la voluntad gritando: ¡persistid, es la orden!

SI
Puedes hablar con multitudes y conservar tu virtud,
o alternar con reyes y no perder tus comunes rasgos;
Si nadie, ni enemigos, ni amantes amigos,
pueden causarte daño;
Si todos los hombres pueden contar contigo,
pero ninguno demasiado;
Si eres capaz de llenar el inexorable minuto,
con el valor de los sesenta segundos de la distancia final;
Tuya será la tierra y cuanto ella contenga
¡Y -lo que vale más- serás un hombre, hijo mío!

Raymond Carver en brazos de sus padres, Ella Beatrice Carter y Clevie Raymond Carver.

Fotografía de mi padre a sus veintidós años
Raymond Carver

Octubre. Aquí, en esta cocina fría y ajena,
estudio el joven rostro avergonzado de mi padre.
Sonrisa tímida, sostiene en una mano un sedal
con percas llenas de espinas; en la otra,
una botella de cerveza Carlsbad.

Con camiseta y pantalones vaqueros, se apoya
en el guardabarros frontal de un Ford de 1934.
Le gustaría mostrarse fanfarrón y afable para su posteridad,
llevar el viejo sombrero ladeado sobre una oreja.
Durante toda su vida mi padre quiso ser atrevido.

Pero los ojos le delatan, y las manos
que ofrecen sin ganas el sedal con percas muertas
y la botella de cerveza. Padre, te quiero,
pero ¿cómo puedo darte las gracias, yo que tampoco aguanto el alcohol
y ni siquiera sé dónde ir a pescar?

Li-Young Lee

Li-Young Lee.

El regalo
Li-Young Lee

Para extraer la esquirla de metal de mi palma
mi padre recitaba un cuento con voz suave.
Yo miraba su rostro adorable y no la cuchilla.
Antes de que acabara el cuento ya había sacado
la astilla de metal por la que yo creía que me iba a morir.

No recuerdo el cuento,
pero escucho aún su voz, un pozo
de agua oscura, una oración.
Y me acuerdo de sus manos,
dos unidades de ternura
que posaba sobre mi rostro,
las llamas de la disciplina
que alzaba sobre mi cabeza.

Si hubieras entrado aquella tarde
habrías creído ver un hombre
depositando algo en la palma de un chico,
una lágrima de plata, una llama diminuta.
Si hubieras seguido a aquel chico
habrías llegado aquí,
donde me inclino sobre la mano derecha de mi mujer.
Fíjate en cómo raspo su pulgar
con tanto cuidado que no siente dolor.
Mira mientras saco la esquirla.
Yo tenía siete años cuando mi padre
me tomó así la mano,
y no sujeté aquella astilla
entre mis dedos y pensé
El metal que me llevará a la tumba,
no lo bauticé como el Pequeño Asesino,
el Mineral que va a por mi Corazón.
Y no levanté mi herida y lloré,
¡La muerte ha pasado por aquí!
Hice lo que hace un niño
cuando le regalan algo para que lo guarde.
Besé a mi padre.

Gregory Orr

Gregory Orr.

La canción del padre
Gregory Orr

Ayer, pese a advertirla,
mi hija se balanceó sobre el respaldo del sofá,
se cayó y se hizo un corte en la boca.

Porque vi cómo sucedía sabía
que no se había hecho daño, pero aun así
la sangre tan roja de una niña
paraliza el corazón de un padre.

Mi hija soltó sus lágrimas;
yo apliqué hielo
a su labio.
Ahí quedó todo.

Es el cuento de nunca acabar.
Yo intento inculcarle prudencia;
ella trata de enseñarme el riesgo.

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