Diez poemas de verano: «El corazón del estío»
El verano es un momento de transición, un espacio de calma, reflexión y contemplación. Todo ello se refleja en esta selección de poemas en los que poetas tan dispares como Matsuo Bashō, Juana de Ibarbourou, Rafael Pombo, Manuel Machado, Andrés Neuman, Gloria Fuertes, Octavio Paz, Lawrence Durrell, Sylvia Plath y Louise Glück reflejan la luz y la sombra del verano en sus versos.

Estío
Juana de Ibarbourou
Cantar del agua del río,
cantar continuo y sonoro;
arriba bosque sombrío
y abajo arenas de oro.
Cantar…
de alondra escondida
entre el oscuro pinar.
Cantar…
del viento en las ramas
floridas del retamar.
Cantar…
de abejas ante el repleto
tesoro del colmenar.
Cantar…
de la joven tahonera
que al río viene a lavar.
Y cantar, cantar, cantar
de mi alma embriagada y loca
bajo la lumbre solar.

Haikus
Matsuo Bashō
Silencio;
la voz de las cigarras
penetra las rocas.
Nada indica
en la voz de la cigarra
que pronto morirá.
¡Ah, qué glorioso!
¡Las jóvenes hojas, las verdes hojas
brillando al sol!

La tormenta de verano
Rafael Pombo
Al terrado subí buscando en donde
Asistir a la espléndida tormenta,
Fiesta lustral que ansiaba la sedienta
Tierra en faz mustia y abatida fronde.
Préndese el cielo. Pálida se esconde
La noche. El trueno asordador revienta,
Y en toda la ancha esfera turbulenta,
Estruendo a estruendo y luz a luz responde.
Palestra de titánica porfía
Turbiones y relámpagos destella,
Y ruge y truena en bárbara armonía.
Rasga el rayo honda grieta, clara y bella
En la cuarteada bóveda sombría,
Y vislúmbrase a Dios al través della.

Julio
Manuel Machado
Calle del Betis. Triana.
El corazón del estío
penetra el escalofrí
de la fuente charlatana.
La Velada de Santa Ana
llena de música el río.
Con los ojos de Rocío
se ilumina la ventana.
De envidia, al verla, una estrella,
en las alturas sin fin,
estremecida rutila.
Y se apaga cuando ella
sale envuelta en el jardín
de su mantón de Manila.

Noche de verano
Octavio Paz
Pulsas, palpas el cuerpo de la noche,
verano que te bañas en los ríos,
soplo en el que se ahogan las estrellas,
aliento de una boca,
de unos labios de tierra.
Tierra de labios, boca
donde un infierno agónico jadea,
labios en donde el cielo llueve
y el agua canta y nacen paraísos.
Se incendia el árbol de la noche
y sus astillas son estrellas,
son pupilas, son pájaros.
Fluyen ríos sonámbulos.
Lenguas de sal incandescente
contra una playa oscura.
Todo respira, vive, fluye:
la luz en su temblor,
el ojo en el espacio,
el corazón en su latido,
la noche en su infinito.
Un nacimiento oscuro, sin orillas,
nace en la noche de verano,
en tu pupila nace todo el cielo.

Verano 1992
Gloria Fuertes
Llevo seis semanas mirando el mar.
Leo, escribo algo,
—paz, silencio—.
Mi habitación sobre el mar
parece un barco.
Voy sin nadie.
Navego a la nada.

Oda a la salud
Andrés Neuman
Sentado en el columpio de la hierba
al viento del verano, sé que existo.
Lo sé junto al reflejo de las ondas
y el celeste rumor de una piscina:
contemplo este papel que me asegura
con etimologías y guarismos
que el fugaz personaje que es mi cuerpo
se empeña en resistir. Yo le doy gracias
por disculparme la temeridad,
los derroches del joven rico en vida
que exprime la naranja de la sangre
como si su precaria fortaleza
en lugar de un regalo fuese un mérito.
Agradezco, salud, la armonía del alma
con la carne, su pacto temporal,
el incierto equilibrio —dilatado
como en cámara lenta— que permite
correr y conmoverse, deslizar un capricho
entre dos reflexiones, el amar la palabra
y el amar sin palabras, el temor
de malgastarlo todo en una carretera
y el extraño derecho de arriesgarlo.
La salud, que ilumina lo veloz y lo quieto,
la cosquilla y la idea, el músculo y la música,
el malestar, el goce, la costumbre
de quebrar el espejo
y sumergirme
hasta el fondo vivaz de esta piscina
donde un papel repleto de guarismos
ha caído arrugado entre la hierba.

Esta mañana sin importancia
Lawrence Durrell
Esta mañana sin importancia
algo sale a cantar donde
los cabos se giran de costado
y el tibio Adriático cabalga
su azul y su sol rompiendo sobre
el fin del mundo y sus brillantes riscos.
El día resuena en los altos aires
puro rumor de cigarras, cada vez más lento
como un pulso hasta ser humo de granjas.
Extinguido en la tierra exhausta
se abre como un puño y desaparece.
Los árboles humean, refrescan, vierten…
y al desbordarse
despliegan las plumas de los pájaros y sacuden
alfombras desde las ventanas, pintan de rocío
a los madrugadores: y los jóvenes amantes viven
ahora sus pequeñas resurrecciones.
Y ahora a besar con suavidad a todos los que
el sueño ha cosido… y despierta, amor, despierta.
El impaciente barquero ha estado esperando
bajo la casa, con los largos remos recogidos
como alas en espera en el oscuro lago.
(Traducción de Ángel Salguero)

Un jardín de verano (fragmento)
Louise Glück
Hace varias semanas descubrí una fotografía de mi madre
sentada al sol con el rostro sonrojado tal vez por un logro o un triunfo.
Brillaba el sol. Los perros
dormían a sus pies donde el tiempo también dormía,
sereno e inmóvil como en todas las fotografías.
Limpié el polvo del rostro de mi madre.
De hecho el polvo lo cubría todo; me parecía la persistente
bruma de la nostalgia que protege toda reliquia de la infancia.
Al fondo, una variedad de mobiliario de parque, árboles y arbustos.
El sol descendió en el cielo, las sombras se alargaron y oscurecieron.
Cuanto más polvo quitaba, más crecían esas sombras.
Llegó el verano. Los niños
se inclinaban sobre la rosaleda y sus sombras
se fundían con las sombras de las rosas.
Me vino una palabra a la mente, en relación
a estos cambios y transiciones, estas borraduras
que ahora resultaban obvias…
Tan pronto como apareció, se desvaneció.
¿Fue ceguera u oscuridad, peligro, confusión?
Llegó el verano, luego el otoño. Las hojas cambiaron de color
y los niños eran puntos brillantes en una mezcla de bronce y siena.
(Traducción de Ángel Salguero)

Recogiendo moras
Sylvia Plath
Nadie por el camino y nada, nada excepto moras,
moras a ambos lados, aunque sobre todo a la derecha,
un callejón de moras que desciende curvo y afilado, y un mar
en alguna parte al final, palpitante. Moras
grandes como la base de mi pulgar y mudas como ojos,
ébano entre los setos, henchidas
con jugos azules y rojos que malgastan sobre mis dedos.
Yo no había pedido tal hermandad de sangre; me deben amar.
Se acomodan en mi botella de leche, aplastándose unas contra otras.
Por encima pasan las cornejas de negro, cacofónicas bandadas:
trozos de papel quemado revoloteando por el cielo reventado.
La suya es la única voz, quejándose, quejándose.
No creo que vaya a aparecer el mar.
Brillan las praderas altas y verdes, como encendidas por dentro.
Encuentro una zarza con moras tan maduras que es una zarza de moscas
que cuelgan su vientre verdiazul y la vidriera de sus alas en un biombo chino.
El dulce festín de moras las ha aturdido; creen en el cielo.
Otra curva brusca y las moras y las zarzas se acaban.
Lo único que queda por llegar es el mar.
De entre dos colinas un viento súbito surge hacia mí
sacudiendo su colada fantasma en mi cara.
Estas colinas son demasiado verdes y dulces como para haber probado la sal.
Recorro la vereda que las atraviesa. Una última curva me lleva
a la cara norte de las colinas, y la cara es roca naranja
que no da a ninguna parte, nada más que un gran espacio
de luces blancas y plomizas, y un estrépito como de orfebres
golpeando y golpeando un metal obstinado.
(Traducción de Ángel Salguero)



