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El ‘Instagram’ en versos de Frank O’Hara

ÁNGEL SALGUERO
Nunca se han hecho tantas fotografías como ahora. La revolución comenzó cuando todos pudimos tener una cámara en el bolsillo, lista para disparar en cualquier momento. Con ello cambió nuestra forma de ver el mundo y —quizá más importante— el modo en que nos mostramos ante los demás.

Por ejemplo, en una plataforma como Instagram.

Sólo en 2017, los usuarios de esta red social subieron diariamente 95 millones de imágenes. Desde su inicio, Instagram acumula ya más de 40.000 millones de fotografías y vídeos y 500 millones de personas la utilizan todos los días.

Los modernos diarios no se escriben en cuadernos. Ni siquiera en blogs. Se almacenan en los carretes de los teléfonos móviles, diminutos recuadros en una sucesión infinita, donde lo mundano comparte espacio en igualdad con lo verdaderamente importante.

Pero… ¿Y si te dijera que muchos años atrás, en la década de los cincuenta del siglo pasado, antes de que existiera ni Instagram ni ninguna otra de las redes sociales, hubo alguien que creó su propio ‘muro’? Era, por supuesto, un muro de papel y en él no había imágenes, sino versos.

El poeta norteamericano Frank O’Hara convirtió su poesía en una especie de diario personal en el que —como asegura su biógrafo Brad Gooch— «se atrevió a ser abierto y vulnerable». Ese atrevimiento incluía referencias a «todos los detalles íntimos de su vida, amigos, sexualidad, amores y temores».


O’Hara, que además era crítico de arte y conservador en el Museo de Arte Moderno de Nueva York, pretendía que sus poemas se leyesen como las «entradas de un diario». En ellos, como destaca el crítico Mark Doty, empleaba un tono «urbano e irónico» con referencias a «las estrellas de cine de los años veinte y treinta, el paisaje social de Manhattan, el jazz o llamadas telefónicas de sus amigos».

Su poesía hablaba, explica el periodista Jac Kuntz, «del día a día, de su día a día, transcrita en hojas sueltas al final de la noche, durante implacables ataques de insomnio, tras ir de fiesta con otros genios o al revivir los viajes realizados con sus amantes».

Poemas como este ‘A un paso de ellos’ muestran su capacidad para capturar un instante concreto en el tiempo y dotarlo de un íntimo significado personal:

«Es mi hora de almorzar, y salgo

a pasear entre los taxis
color-zumbido. Primero, por la acera

en la que obreros alimentan sus torsos

sucios y relucientes con sándwiches

y Coca-Cola sin quitarse sus cascos

amarillos. Les protegerán si cae

algún ladrillo, imagino. Luego por la 

avenida donde las faldas se levantan

por encima de tacones y se hinchan

sobre respiraderos. El sol calienta, pero los

taxis hacen correr el aire. Me fijo 

en las ofertas en relojes de pulsera. Hay

gatos jugando en el serrín.
De ahí

a Times Square, donde el anuncio
lanza humo sobre mi cabeza, y aún más alto

la cascada cae suavemente. Un

Negro permanece junto a un portal con un

mondadientes, lánguidamente inquietante.
Una corista rubia taconea: él

sonríe y se frota la barbilla. De repente,

un clamor de cláxones: son las 12:40 de

un jueves.
Los neones a plena luz del día son un

gran placer, como escribiría Edwin Denby,

igual que las bombillas a plena luz del día.
Paro a pedir una hamburguesa en JULIET’S
CORNER. Giulietta Masina, esposa de
Federico Fellini, è bell’ attrice.
Y un batido de chocolate. Una señora con una

estola de zorro en un día así mete a su caniche

en un taxi.
Hay varios puertorriqueños

hoy en la avenida, y eso la hace

hermosa y cálida. Primero

murió Bunny, luego John Latouche,

luego Jackson Pollock. ¿Pero sigue el

mundo tan lleno como llena estaba la vida, de ellos?
Y uno ha comido y uno camina,

por delante de las revistas de desnudos

y los posters de CORRIDA DE TOROS y

el Almacén de Manhattan

que pronto demolerán. Yo creía

que celebraban allí las exposiciones

del Armory.
Un vaso de zumo de papaya
y de vuelta al trabajo. Llevo mi corazón en el

bolsillo, son los Poemas de Pierre Reverdy».

La cantante Billie Holiday.


‘El día que murió Lady’, dedicado a la cantante Billie Holyday, comienza con un tono similar, relatando un día en apariencia rutinario que acaba por dar un giro inesperado:

«Son las 12:20 en Nueva York un viernes
tres días después del Día de la Bastilla, sí
es 1959 y voy a que me limpien los zapatos
porque bajaré del tren de las 4:19 en Easthampton
a las 7:15 e iré directo a una cena
y no conozco a la gente que me va a dar de comer

Camino calle arriba en un ambiente sofocante ya hace sol
y me tomo una hamburguesa y un batido y compro
un triste ejemplar de NEW WORLD WRITING para ver
qué hacen los poetas de Ghana estos días
Entro al banco
y la señorita Stillwagon (de nombre Linda, según escuché una vez)
ni siquiera consulta mi saldo por una vez en su vida
y en la GOLDEN GRIFFIN compro un librillo de Verlaine
para Patsy con dibujos de Bonnard aunque
pienso en Hesíodo, trad. Richmond Lattimore, o
en la nueva obra de Brendan Behan o en Le Balcon o Les Nègres
de Genet, pero no, me quedo con Verlaine
tras entrar casi en letargo por la indecisión

y para Mike me acerco a la licorería de PARK LANE
y pido una botella de Strega y luego
vuelvo por donde he venido hasta la Sexta Avenida
y el estanco del Teatro Ziegfield y
pido como si nada un cartón de Gauloises y un cartón
de Picayunes y un NEW YORK POST con su rostro en portada

y ahora sudo mucho y pienso en cuando
me apoyaba en la puerta del baño del club 5 SPOT
mientras ella susurraba una canción por el teclado
a Mal Waldron y todo el mundo y yo dejábamos de respirar»

Vincent Warren y Frank O’Hara.


Frank O’Hara tenía 33 años cuando comenzó a salir con el joven Vincent Warren, que entonces tenía 20. Este bailarín al que algunos compararon con Rudolf Nureyev fue el amor de su vida y el protagonista de muchos poemas. Entre ellos, quizá este sea el más famoso:

«Tomarme una Coca-Cola contigo

es incluso más divertido que ir a San Sebastián, Irún, Hendaya, Biarritz, Bayona

o sentir náuseas en la Travessera de Gràcia en
 Barcelona
en parte porque con tu camisa naranja pareces un mejor y más feliz
 San Sebastián

en parte por mi amor hacia ti, en parte por tu amor hacia el
 yogurt

en parte por los tulipanes de un naranja fluorescente en torno a los abedules

en parte por lo furtivo de nuestras sonrisas ante la gente
 y las estatuas

resulta difícil creer cuando estoy contigo que pueda haber algo tan inmóvil

tan solemne tan desagradablemente definitivo como una estatua al estar
 ante ella

en la cálida luz de las 4 en punto en Nueva York vamos a la deriva

del uno al otro como un árbol que respira por sus lentes



y en la exposición de retratos parece no haber ningún rostro, sólo pintura

de repente te preguntas por qué razón alguien los haría
te miro

y preferiría mirarte a ti antes que a todos los retratos del
 mundo

excepto quizá el Jinete Polaco de vez en cuando y de todas formas está en
 el Frick

al que gracias a Dios tú aún no has ido así que podemos ir
 juntos la primera vez

y el que te muevas de esa forma tan hermosa da cuenta más o menos
 del Futurismo

igual que en casa nunca pienso en el Desnudo bajando una escalera o

al ensayar en ni uno solo de los dibujos de Leonardo o Michelangelo que solían fascinarme

y de qué les sirve a los impresionistas toda su preparación

cuando nunca tuvieron a la persona adecuada para que posara junto al árbol
 mientras caía el sol

o incluso a Mario Marini cuando no escogió el jinete con
 el mismo cuidado

que el caballo

es como si les hubieran birlado una experiencia maravillosa
que yo no voy a malgastar y por esa razón 
te lo cuento»

 
Frank O’Hara tuvo recientemente su ‘momento de gloria’ cuando el publicista de ficción Don Draper apareció leyendo su libro ‘Meditations on an Emergency’ en un capítulo de la serie ‘Mad Men’. A pesar de que su obra sigue siendo relevante y muy accesible, aún no se ha editado ninguna antología poética en español. La traducción de los tres poemas que acompañan este post es propia.

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