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T. S. Eliot

‘J. Alfred Prufrock’ y T. S. Eliot: La vida desde fuera

ÁNGEL SALGUERO
En las primeras ocasiones en que leí ‘La canción de amor de J. Alfred Prufrock’, dos versos en particular, casi al final de este poema de T. S. Eliot, llamaron mi atención: «He escuchado a las sirenas cantarse unas a otras. No creo que vayan a cantar para mí». Aquí está la idea central del texto: el retrato de un personaje que contempla la vida desde fuera, un espectador, cuando lo que realmente desearía es cruzar al otro lado y dejarse llevar por sus emociones. El miedo y la indecisión, sin embargo, son más fuertes que él.

Ezra Pound.

Ezra Pound.

El poema vio la luz hace ahora 100 años en la revista ‘Poetry’. Fue el también poeta Ezra Pound quien recomendó su publicación, asegurando que era «de lo mejor que he visto jamás». Eliot había comenzado a escribirlo en febrero de 1910, cuando tenía 22 años, y no lo completó hasta julio o agosto de 1911. Aunque los críticos contemporáneos lo consideraron extravagante («El hecho de que cosas como estas se le pasen por la mente al señor Eliot ha de importar muy poco a nadie, incluso a él mismo. Lo que está claro es que no guardan relación con la poesía», se aseguraba en ‘The Times’), ‘Prufrock’ fue uno de los gérmenes del Modernismo, un puente entre las tradiciones poéticas del 19 y las ambiciones de los nuevos creadores literarios.

Según describe el crítico Jonathon Sturgeon, Eliot condensa en el poema la filosofía y las ideas de los simbolistas franceses, Charles Dickens, Henri Bergson y Dante, entre otros. El protagonista es un hombre de mediana edad, frustrado sexualmente y lastrado por una inseguridad crónica. El viaje que describe por esas «calles medio desiertas, los susurrantes refugios para noches de insomnio en pensiones baratas de un día» puede ser real o imaginado. Lo que sí resulta claro es su deseo de expresarse y tal vez revelar sus sentimientos a una mujer («¿Es el perfume de un vestido lo que me hace divagar de este modo?»), aunque el temor al rechazo le impide actuar.

Otros vieron en Prufrock una crítica a la sociedad Eduardiana. «Para muchos lectores en la década de los 20, encarnó la frustración y la impotencia del individuo moderno. Parecía representar los deseos malogrados y la desilusión», escribieron McCoy y Harlan. Y un siglo después sus versos, intrincados y enigmáticos, siguen atrapando la imaginación de los lectores.

T. S. Eliot y Vivien, su primera mujer, en 1916.

T. S. Eliot y Vivien, su primera mujer, en 1916.


Así traduje al castellano, cuando yo también estaba en la veintena, ‘La canción de amor de J. Alfred Prufrock’, que Eliot encabezó con una cita de Dante:

S’io credesse che mia risposta fosse
A persona che mai tornasse al mondo,
Questa fiamma staria senza piu scosse.
Ma percioche giammai di questo fondo
Non torno vivo alcun, s’i’odo il vero,
Senza tema d’infamia ti rispondo.

(Si creyera que mi respuesta fuese hecha
a una persona que pudiera retornar al mundo,
esta lengua estaría muy quieta.
Pero como no es posible que persona alguna abandone este pozo
al menos no viva, diré la verdad,
contesto sin miedo ni mentiras.)

Vayámonos, tú y yo,
ahora que la noche se extiende sobre el cielo
como un paciente anestesiado sobre una camilla;
vayámonos, por ciertas calles medio desiertas,
los susurrantes refugios
para noches de insomnio en pensiones baratas de un día
y restaurantes con serrín y cáscaras de almeja;
calles que se extienden como un aburrido argumento
de insidiosa intención
para conducirte a una pregunta ineludible…
Oh, no quieras saber: «¿Qué es?»
Vayamos a hacer nuestra visita.

En la habitación, las mujeres vienen y van
hablando de Miguel Ángel.

La niebla amarilla que restriega la espalda contra el cristal de las ventanas,
el humo amarillo que restriega el hocico contra el cristal de las ventanas,
lamió los rincones del anochecer,
se entretuvo con los charcos que forman los desagües,
se tiznó la espalda con el hollín que desprenden las chimeneas,
se deslizó por la terraza, saltó de repente,
y al ver que era una tibia noche de Octubre,
se acurrucó en torno a la casa y durmió.

Y claro que habrá tiempo
para el humo amarillo que se apresura por las calles
restregando la espalda contra el cristal de las ventanas;
habrá tiempo, habrá tiempo
de preparar un rostro que enfrentar a los rostros que surjan;
habrá tiempo para asesinar y para crear
y tiempo para todas las obras y días de manos
que se alzan y dejan caer una pregunta en tu plato;
tiempo para ti y tiempo para mí,
y tiempo aún para cientos de indecisiones,
y para cientos de visiones y revisiones
antes de tomar el té y una tostada.

En la habitación, las mujeres vienen y van
hablando de Miguel Ángel.

Y claro que habrá tiempo
para preguntarme: «¿Me atrevo?» y «¿Me atrevo?»
Tiempo para volverme y bajar la escalera,
con una calva en mitad del pelo…
(Dirán: «¡Cómo va perdiendo pelo!»)
Mi levita, el cuello firmemente ajustado a la barbilla,
mi corbata rica y modesta, pero reafirmada por un único alfiler…
(Dirán: «¡Pero qué brazos y qué piernas más delgados!»)
¿Me atrevo
a perturbar el universo?
En un minuto hay tiempo
para decisiones y revisiones que un minuto revocará.

Pues ya los he conocido todos, todos los he conocido:
he conocido los anocheceres, las mañanas, las tardes,
he medido mi vida a cucharadas;
conozco las voces que mueren con un suspiro mortal,
ahogadas por la música de otra habitación.
Así, ¿cómo podría suponer?

Y ya he conocido los ojos, todos los he conocido:
los ojos que te atrapan en una formulación,
y cuando estoy formulado, agitándome bajo el alfiler,
cuando me retuerzo, pinchado en la pared,
¿cómo podría entonces empezar
a escupir todos los restos de mis días y maneras?
¿Y cómo podría suponer?

Y ya he conocido los brazos, todos los he conocido:
brazos con pulseras y pálidos y desnudos
(¡pero, a la luz de la lámpara, cubiertos de un vello castaño!)
¿Es el perfume de un vestido
lo que me hace divagar de este modo?
Brazos apoyados en una mesa o envueltos en un chal.
¿Y debería entonces suponer?
¿Y por dónde habría de empezar?

¿Debo decir que he atravesado al anochecer estrechas calles
y que he visto el humo que desprenden las pipas
de hombres solitarios en mangas de camisa, acodados en las ventanas?…

Debería haber sido un par de garras melladas
que horadasen el fondo de mares silenciosos.

¡Y la tarde, el anochecer, duerme tan plácidamente!
Acariciado por largos dedos,
dormido… cansado… o remolonea,
echado en el suelo, aquí junto a ti y a mí.
¿Debería, tras el té y los pasteles y los helados,
tener el coraje de forzar la situación hasta la crisis?
Pero aunque he llorado y he ayunado, he llorado y he rezado,
aunque he visto mi cabeza (algo más calva) servida en una bandeja,
no soy ningún profeta, ni es éste un gran asunto.
He visto vacilar mi momento de grandeza,
he visto al eterno Lacayo sostener mi abrigo y reír entre dientes,
y en pocas palabras, tuve miedo.

¿Y habría valido la pena, después de todo,
después de las tazas, de la mermelada, del té,
entre la porcelana, entre palabras sobre ti y sobre mí,
habría valido la pena
haber zanjado el asunto con una sonrisa,
haber estrujado el universo en una pelota
para lanzarlo contra alguna pregunta ineludible,
decir: «Soy Lázaro, he vuelto de entre los muertos,
he vuelto para contaros todo, os contaré todo…»?
Si alguien, acomodando una almohada en su cabeza,
dijera: «No es eso lo que yo quería expresar.
En absoluto es eso».

¿Y habría valido la pena, después de todo,
habría valido la pena,
después de los ocasos y los patios y las calles regadas,
después de las novelas, después de las tazas de té, después de las faldas
que se arrastran por el suelo…
y esto y tantas otras cosas?
¡Es imposible expresar lo que quiero decir!
Pero como si una linterna mágica desplegase sobre una pantalla
el contorno de los nervios:
¿habría valido la pena
si alguien, acomodando una almohada o despojándose de un chal,
y volviéndose hacia la ventana, dijese:
«En absoluto es eso,
no es eso lo que yo quería expresar?»

¡No! No soy el príncipe Hamlet, ni nunca tuve intención de serlo;
soy un sirviente, alguien que muy bien podría
hacer avanzar la acción, iniciar una escena o dos,
aconsejar al príncipe; sin duda, un cómodo instrumento,
respetuoso, feliz de resultar útil,
político, cauto, y meticuloso;
lleno de elevados pensamientos, pero algo obtuso;
a veces, de hecho, casi ridículo…
A veces, casi, el Tonto.

Me hago viejo… Me hago viejo…
Tendré que recogerme el dobladillo de los pantalones.

¿Me hago la raya en el pelo? ¿Pruebo a comer un melocotón?
Llevaré pantalones de franela blanca y pasearé por la playa.
He escuchado a las sirenas cantarse unas a otras.

No creo que vayan a cantar para mí.

Las he visto cabalgar las olas hacia el mar abierto
peinando el blanco pelo alborotado de las olas
cuando el viento deshace el mar en blanco y negro.

Nos hemos entretenido en las cámaras del mar
junto a muchachas marinas coronadas de algas rojas y marrones
hasta que voces humanas nos despiertan, y nos ahogamos.

    T. S. Eliot recita ‘La canción de amor de J. Alfred Prufrock’ en una grabación de 1947.
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