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La estela literaria de David Bowie


ÁNGEL SALGUERO
A finales de 1973 la revista Rolling Stone reunió en Londres a William S. Burroughs y David Bowie. El primero era escritor, ensayista y pintor, conocido por libros como ‘Nova Express’ o ‘El almuerzo desnudo’. El segundo acababa de culminar con ‘Aladdin Sane’ y ‘Pin Ups’ una intensa etapa creativa iniciada tres años atrás que le había convertido en uno de los artistas rock más importantes del planeta. Durante la conversación hablan de sus respectivos proyectos y del espíritu de los 70, incluso de amor («Me incomoda la palabra ‘amor’», llega a decir Bowie) y también del significado y la inspiración de las letras de las canciones.

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Burroughs: Tus letras son muy inteligentes.

Bowie: Son un poco de clase media, pero no pasa nada porque yo soy de clase media.

Burroughs: Me sorprende mucho que siendo unas letras tan complejas puedan conectar con un público masivo. La mayor parte de letras pop tienen nulo contenido, cosas como ‘El poder para el pueblo’.

Bowie: Estoy bastante seguro de que el público que tengo no escucha las letras.

Burroughs: Eso es lo que quiero saber… ¿Las entienden?

Bowie: Bueno, al principio es algo como más mediático y es sólo después cuando por fin se sientan y se molestan en mirarlas. Y, al nivel en que las leen, las entienden porque luego me escriben su propia visión de las cosas sobre las que yo hablo, y eso para mí es fantástico, porque a veces ni siquiera yo lo sé. A veces he escrito algo, se ha difundido y después me ha llegado de nuevo a mí en la carta de algún crío que me cuenta sus impresiones, y su análisis me ha afectado tanto que he adoptado sus ideas. Acabo escribiendo lo que mi público me empuja a escribir.

Burroughs: ¿Cuál es tu inspiración para escribir? ¿Es literaria?

Bowie: Diría que no.

Burroughs: Bueno… Leí este ‘Eight Line Poem’ (Poema de ocho versos) tuyo y me recuerda mucho a T. S. Eliot.

Bowie: No he leído nada suyo.

 

    Poema de ocho versos

    «El discreto cactus junto a tu ventana
    contempla la pradera de tu habitación
    El móvil gira hasta estrellarse
    Clara oculta su cabeza entre las zarpas
    Han abierto tiendas en el West Side
    ¿Encontrarán hogar todos los cactus?
    Pero la llave de la ciudad
    está en el sol que engancha las ramas al cielo»

 
Burroughs: [Risas] Me recuerda mucho a ‘Wasteland’ (La tierra baldía). ¿Sacas ideas de tus sueños?

Bowie: Muchas veces.

Burroughs: El 70% de las mías proceden de sueños.

Bowie: Dicen que si, en el momento de dormirte, mantienes los codos elevados nunca saldrás de la fase de los sueños. Yo lo he probado muchas veces y he conseguido soñar mucho más que si simplemente me hubiese relajado… Tengo una grabadora junto a la cama y si me viene algo lo grabo y ya está.

Bowie lee un libro sobre Francis Bacon en una imagen de 1995.

Bowie lee un libro sobre Francis Bacon en una imagen de 1995.

 
Bowie era un lector voraz. ‘Por el camino’ de Jack Kerouac le convenció, a los 15 años, de que tenía que salir de Bromley, el municipio londinense donde vivía con sus padres, si quería hacer algo con su vida. Y siempre que iba de gira, llevaba con él una cantidad ingente de libros: «Tenía unos contenedores, era una biblioteca itinerante, y eran de grandes como las cajas en las que guardan los amplificadores… Gracias a ese período, tengo una extraordinaria colección de libros». En 1976, cuando rodó en México ‘El hombre que cayó a la tierra’, llevó consigo 400 volúmenes. «Me daba mucho miedo dejarlos en Nueva York, porque por entonces tenía relación con gente un poco dudosa y no quería que me birlaran ninguno de mis libros».

 
Bowie adoptó las técnicas de autores más experimentales como el propio Burroughs para crear algunas de sus letras. El ‘cut-up’ o recorte consiste, según explicaba el cantante en una entrevista de 2008, en «escribir un párrafo o dos que describan diferentes temas, creando una especie de lista de ‘ingredientes para una historia’. Luego se recortan las frases en fragmentos de cuatro o cinco palabras, se mezclan y se reconectan». Esta técnica permite, aseguraba Bowie, «lograr combinaciones de ideas muy interesantes» para los compositores, aunque tengan un «miedo patológico» a perder el control.

‘La Naranja Mecánica’ de Anthony Burgess era una de las novelas favoritas de Bowie. En algunas de sus canciones —entre ellas ‘Girl Loves Me’ de ‘Blackstar’, su último disco— emplea el Nadsat, el lenguaje inventado que hablaban los hooligans del libro. Además, el look de Ziggy Stardust se basó en parte en el personaje interpretado por Malcolm McDowell en la adaptación al cine que filmó Stanley Kubrick.

Tracy K. Smith

Tracy K. Smith

 
La literatura influyó a Bowie y él también dejó su huella en poetas y escritores. El ejemplo más reciente es el de la ganadora del Premio Pulitzer Tracy K. Smith, que reconoce su «obsesión» con Ziggy Stardust. En su libro ‘Vida en Marte’ saluda a Bowie como el ‘Papa del Pop’, alguien capaz de «crear un nuevo mundo y una nueva presencia». Y así lo describe en el poema ‘¿No te preguntas a veces?’, que toma su título de la canción ‘Sound and Vision’:

          1.
 
De noche, las estrellas brillan como el hielo y la distancia
que abarcan oculta algo elemental. No es Dios exactamente.
Es más un Bowie esbelto y brillante, un Starman o un as cósmico
que flota, balanceándose, y se esfuerza en hacernos ver.
¿Y qué haríamos, tú y yo, si supiéramos con certeza
 
que hay alguien que escudriña a través del polvo
diciéndonos que nada desaparece, que todo pervive a la espera
sólo de ser lo bastante deseado para volver? ¿Regresarías entonces,
aunque fuera por unas pocas noches, a esa otra vida en la que tú
y ella, la primera, os amabais, ciegos por una vez al futuro y felices?
 
¿Me pondría otra vez el abrigo y volvería a la cocina en la que esperan
sentados mi padre y mi madre, con la cena calentándose en el horno?
Bowie nunca morirá. Nada vendrá a por él mientras duerme
ni surcará sus venas. Y jamás envejecerá,
como la mujer que perdiste, que siempre será morena

y sonrosada, corriendo hacia una pantalla electrónica
que marca los minutos, los kilómetros que quedan. Como la vida
en la que siempre soy una niña que mira por la ventana el cielo nocturno,
convencida de que un día tocará el mundo con las manos
aunque queme.
 
          2.
 
No deja rastro. Se desliza veloz como un gato. Así es Bowie:
el Papa del Pop, callado como Cristo. Como una obra
dentro de otra obra, tiene doble copyright. Las horas

gotean como el agua de un aire acondicionado. Aguantamos,
aprendemos a esperar. En silencio, con desgana, llega el colapso.
Pero no para Bowie. Ladea la cabeza, dibuja esa sonrisa malvada.

El tiempo no se detiene, pero ¿acaba? ¿Y cuántas vidas
antes del despegue, antes de encontrarnos más allá
de nosotros mismos, todo glam y destellos dorados?

El futuro ya no es lo que era. Hasta a Bowie le apetece
beber algo bueno y frío. Los jets cruzan el cielo
como almas migratorias.
 
          3.
 
Bowie está entre nosotros. Aquí mismo
en Nueva York. Con una gorra
y vaqueros caros. Se cuela en
un restaurante. Muestra todos esos dientes
al portero de camino al ascensor.
O para un taxi en Lafayette
cuando se nubla el cielo del atardecer.
No tiene prisa. No percibe
como nos imaginamos que percibe.
No se pavonea ni presume. Cuenta chistes.
 
He vivido aquí todos estos años y jamás
le he visto. Como si no distinguiera
un cometa de una estrella fugaz.
Pero seguro que brilla con fuerza y arrastra
una cola de ardiente materia blanca,
igual que algunos arrastramos papel higiénico
al salir del retrete. Tiene
al mundo entero bajo su pie,
y en comparación somos diminutos,
aunque hay ocasiones

en que un hombre de su talla puede
mirarte sólo un instante a los ojos
y enviarte una idea como BRILLA
BRILLA BRILLA BRILLA BRILLA 
directa a tu mente. Bowie,
quiero creerte. Quiero percibir tu voluntad
como el viento antes de la lluvia.
Esa a la que todos obedecen sin más,
absorbidos en esa danza hipnótica,
como si algo con poder para ello
los hubiera mirado y hubiera dicho:
Adelante

El poeta Frank O'Hara.

El poeta Frank O’Hara.


Una reciente exposición retrospectiva bajo el título de David Bowie is incluía, además del vestuario, fotos, instrumentos o diseños de decorados, una lista con sus libros favoritos. Entre los autores que aparecen hay nombres como Jack Kerouac, Truman Capote, Saul Bellow, Julian Barnes, Mishima o Bulgakov. El único libro de poesía es una antología de Frank O’Hara (1926-1966), un poeta norteamericano cuya obra es lo más cercano a un diario, con un tono personal e irónico y abundantes referencias al jazz y la vida social de Manhattan. En El día que murió Lady, O’Hara recogió sus impresiones sobre la desaparición de Billie Holliday de una forma que evoca lo que muchos sentimos al saber que David Bowie ya no estaba entre nosotros:

Son las 12:20 en Nueva York un viernes
tres días después del Día de la Bastilla, sí
es 1959 y voy a que me limpien los zapatos
porque bajaré del tren de las 4:19 en Easthampton
a las 7:15 e iré directo a una cena
y no conozco a la gente que me va a dar de comer

Camino calle arriba en un ambiente sofocante ya hace sol
y me tomo una hamburguesa y un batido y compro
un triste ejemplar de NEW WORLD WRITING para ver
qué hacen los poetas de Ghana estos días
Entro al banco
y la señorita Stillwagon (de nombre Linda, según escuché una vez)
ni siquiera consulta mi saldo por una vez en su vida
y en la GOLDEN GRIFFIN compro un librillo de Verlaine
para Patsy con dibujos de Bonnard aunque
pienso en Hesíodo, trad. Richmond Lattimore, o
en la nueva obra de Brendan Behan o en Le Balcon o Les Nègres
de Genet, pero no, me quedo con Verlaine
tras entrar casi en letargo por la indecisión

y para Mike me acerco a la licorería de PARK LANE
y pido una botella de Strega y luego
vuelvo por donde he venido hasta la Sexta Avenida
y el estanco del Teatro Ziegfeld y
pido como si nada un cartón de Gauloises y un cartón
de Picayunes y un NEW YORK POST con su rostro en portada

y ahora sudo mucho y pienso en cuando
me apoyaba en la puerta del baño del club 5 SPOT
mientras ella susurraba una canción por el teclado
a Mal Waldron y todo el mundo y yo dejábamos de respirar

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