La forma del vacío: hacia una definición de la poesía.
ELISA GABBERT
Una vez escuché a un estudiante definir la poesía como un lenguaje “lo bastante coherente”. Me encantan las definiciones tan ambiguas. Son a la vez útiles (la coherencia tiene un límite, y el límite es estético) e inútiles (lo bastante… ¿para qué? ¿para quién?). Me recuerda la entrada sobre ‘detritus’ de un diccionario que una vez copié en un cuaderno: “Los restos que quedan cuando algo se rompe, se descompone, se destruye, etc.”. Para un diccionario me pareció algo ingeniosamente vago y de una informalidad poco común. Tiene un aire de distracción, de irse por las ramas, y sugiere que tú ya sabes lo que significa detritus. Una parte de mí se resiste a la pregunta de qué es la poesía, o se resiste a la respuesta: ya sabes lo que significa.
Pero aun así respondámosla, comenzando con lo obvio: Si las palabras tienen rima y metro, es poesía. Palabras sin sentido con rima y metro también son poesía. Y ya que las palabras al unirse poseen al menos cierta rima y ritmo, acentuado por los versos sobre la página, cualquier tipo de palabras compuestas en versos son poesía. Lo obvio no deja de tener su importancia. Virginia Woolf escribió sobre E. M. Forster: “Nombra las cosas sencillas de las que no habla la gente inteligente; por esa razón es para mí uno de los mejores críticos. De repente surge lo más obvio que uno ha pasado por alto”.

¿Queda algo más? Creo que sí. Creo que la poesía omite cosas. Todos los textos omiten algo, por supuesto —de lo contrario serían infinitos— pero a menudo hay más cosas omitidas en un poema. El verso, al imponer más espacio en blanco sobre la página, recuerda constantemente lo que no está allí. Esta ausencia de algo, esta ausencia tan presente, explica por qué los poemas ocupan menos espacio que otras formas en prosa. Cuanto más largos son, menos se asemejan a un poema. Es por ello que los fragmentos resultan automáticamente poéticos: al borrar, la prosa se convierte en poema. Es por ello que cualquier texto cuya naturaleza críptica o imprecisa nos fascina —una señal en la carretera, unas instrucciones de montaje— se describe como poético. Lo poético no consiste sólo en la belleza del lenguaje, sino también en la belleza de la incoherencia, en la resistencia al sentido común. La ausencia en la poesía ralentiza a los lectores, obligándoles a buscar aquello que no es posible hallar. Es un encuentro que conduce casi sin remedio a la frustración, como si uno no pudiera nunca prestar la atención suficiente. Y resulta útil: la frustración es erótica.

Emily Dickinson.
“¿Qué es la poesía?” no es ni de lejos la misma pregunta que “¿Qué es un poema?”. ¿Cuántos poemas escribió Emily Dickinson? Depende de lo que cuentes. En uno de sus libros, la experta Marta Werner escribe sobre las llamadas ‘Cartas maestras’ de Dickinson: “En su nivel más básico y ontológico, no sabemos lo que son”. Tal vez mi poema favorito de Dickinson no sea, quizá, un poema, sino un peculiar fragmento de verso en forma de carta a su cuñada que acaba con una rima tan encantadora como oblicua: “Be Sue, while/I am Emily —/Be next, what/you have ever/been, Infinity”. [Sé Sue, mientras / yo soy Emily. / Sé después, lo que / siempre has / sido, el infinito.] ¿Los ‘saltos’ de línea son realmente saltos? La carta está escrita en una tarjeta diminuta y estrecha, y las palabras llegan casi hasta el borde del papel. Pienso, también, en las cartas de Rilke, que muchas veces pueden leerse como poemas. En 1925 escribió a su traductor polaco: “Somos las abejas de lo invisible. Libamos apasionadamente la miel de lo visible para acumularla en la gran colmena de oro de lo invisible». En estas cartas-poemas, la poesía se muestra más como un modo de escribir, un modo de pensar, incluso un modo de ser, más que como un género. El poema no es la única unidad de la poesía: versos aislados siguen siendo poesía. El poema es un recipiente, la poesía es líquida.

Rilke.
A veces me preguntan, con perplejidad o sorna, si este o aquel poema no son más que “prosa troceada en versos”. Este concepto del poema en verso libre como “prosa troceada” proviene de Ezra Pound a través de Marjorie Perloff, quien cita a Pound en su influyente ensayo ‘La falacia lineal’, publicado en 1981. El ensayo invita a leer, con cierta sospecha o incluso paranoia, la mayoría del verso libre como falsa poesía, como prosa disfrazada. Según Perloff, en estos sucedáneos de poema los versos son un “artificio superficial”, un “truco”. Elimina, por ejemplo, todos los saltos de línea de un poema de C. K. Williams para demostrar que una estrofa sin los retornos de carro intencionados no es más que un párrafo.
Me resulta incomprensible, como si trocear la prosa no tuviera ningún efecto. Tiene un efecto, del mismo modo que colocar más cristales en una ventana cambia la vista. El arquitecto Christopher Alexander creía que las grandes ventanas de cristal eran una equivocación porque “nos apartan de la vista”: “Cuanto más pequeñas son las ventanas, y cuanto más pequeños son los cristales, más intensamente nos ayudan las ventanas a conectar con lo que hay al otro lado. Esta es una paradoja crucial”. Por decir lo obvio, de nuevo al estilo de Forster, el hecho de añadir saltos de línea en un párrafo no siempre va a producir un poema interesante, pero la mayoría de poetas no escriben así. Escriben en la línea, en compañía del vacío. Eso influye cómo escribes y, de forma más profunda, cómo piensas e incluso cómo eres, tu manera de ser. Cuando escribes en la línea siempre eres consciente del misterio, de lo que queda fuera. Por esta razón, supongo, los poemas pueden resultar tan desconcertantes. El espacio vacío en la página, esa ausencia de lenguaje, no ofrece ninguna pista. Pero no es que no comunique nada: más bien, comunica la nada. Habla el vacío, telegrafía el misterio.

El poeta Shane McCrae.
Con “misterio” no me refiero a metáforas o disfraces. La poesía no alcanza —o no debería alcanzar— el misterio sólo escondiendo lo conocido, o traduciendo lo conocido a otro idioma menos familiar. El misterio es desconocer, lo desconocido, como en ‘Partida’ de Jennifer Huang: “The things I don’t know have stayed/In this home”. [Lo que no conozco se ha quedado / en esta casa]. El misterio es la montaña desaparecida en ‘Las mariposas la montaña y el lago’ de Shane McCrae:
the / Butterflies monarch butterflies huge swarms they
Migrate and as they migrate south as they
Cross Lake Superior instead of flying
South straight across they fly
South over the water then fly east
still over the water then fly south again / And now
biologists believe they turn to avoid a mountain
That disappeared millennia ago.
[las / Mariposas mariposas monarca enormes enjambres
migran y al migrar al sur al
cruzar Lake Superior en lugar de volar
al sur directas vuelan
al sur sobre el agua luego vuelan hacia el este
todavía sobre el agua luego vuelven a volar al sur / Y ahora
los biólogos creen que giran para esquivar una montaña
que desapareció hace milenios.]

La montaña desaparecida sigue allí. Respecto a lo que hay sobre la página, el lenguaje que cambia la forma del vacío, soy de la opinión de que puede ser casi cualquier cosa. Uno de mis libros favoritos que nadie conoce es ‘Survey Says!’ de Nathan Austin. No es más que una lista de conjeturas aventuradas por los concursantes del programa de televisión ‘Family Feud’ ordenadas, de la manera más ingeniosa, alfabéticamente por la segunda letra, con lo que obtienes secuencias como estas: “A bra. Abraham Lincoln. A building. Scaffolding. Scalpel. A car. A card game. A cat. A cat. Ice cream. Ice cream. Ice cream. Ice cream.” [Un sujetador. Abraham Lincoln. Un edificio. Andamio. Escalpelo. Un coche. Un juego de cartas. Un gato. Un gato. Helado. Helado. Helado. Helado”.] Tenemos las respuestas, faltan las preguntas. “Get a manicure. Get a toupee. Get drunk. Retirement fund. Get out of bed. Get ready! Let’s go with manuals. Get sick in there. Let’s say a pet. Let’s say shoes. Bette Davis.” [Hazte la manicura. Ponte un peluquín. Emborráchate. Fondo de pensiones. Sal de la cama. ¡Prepárate! Vayamos con los manuales. Enferma allí. Digamos que una mascota. Digamos que zapatos. Bette Davis.] La poesía parece realizar hipnosis, y las rimas casuales, las asonancias y las anáforas ejercen un encantamiento, un hechizo. Parece ofrecer un consejo subconsciente: ¡Prepárate! Debes cambiar tu vida.
Elisa Gabbert es autora de cinco colecciones de poesía, ensayos y crítica, la más reciente “The Unreality of Memory & Other Essays”. Este artículo se publicó originalmente en el New York Times y lo reproducimos por su interés.



