La odisea del manuscrito de ‘Poeta en Nueva York’
Desaparecidos durante más de cincuenta años, los originales de Lorca salieron desde el Madrid acosado por la guerra al París amenazado por Hitler, y de allí a Ciudad de México, Londres y finalmente Granada
POÉTICA 2.0
Un corazón roto y una profunda crisis personal llevaron a Federico García Lorca a Nueva York en junio de 1929. «Pararé en América seis o siete meses y regresaré a París para estar el resto del año. Nueva York me parece horrible, por eso mismo me voy allí», escribió Lorca en una carta dirigida a su amigo Carlos Morla Lynch, consejero de la embajada de Chile en España.
El propósito oficial de aquel viaje, costeado por sus padres, era aprender inglés. Pero el poeta granadino sentía otros impulsos: «Tengo un gran deseo de escribir, un amor irrefrenable por la poesía, por el verso puro que llena mi alma todavía estremecida como un pequeño antílope por las últimas brutales flechas», aseguraba en la misma carta a Morla Lynch.

Al final Lorca pasó algo menos de nueve meses en Nueva York, alojado primero en residencias de la Universidad de Columbia y después en el piso de su amigo José Antonio Rubio Sacristán. En marzo de 1930 partió hacia La Habana, donde permanecería otros tres meses. Finalmente en junio embarcó de vuelta a España.
Estaba escribiendo tantos poemas nuevos que llegó a plantearse incluso crear dos colecciones distintas. Aun así, tampoco sintió la necesidad de compartirlos inmediatamente. Hasta finales de mayo de 1931 no se produjo la primera lectura pública de aquellos textos en un evento en la casa de Carlos Morla Lynch.

El diplomático chileno reseña en su diario, el 16 de marzo de 1932, el estreno en la Residencia de Señoritas de Madrid de otra conferencia en la que Lorca habla sobre sus experiencias en Estados Unidos y Cuba y presenta poemas de su futuro libro, rodeado de «toda la elite intelectual; la de ayer, la de hoy y la de mañana».
Relata Morla Lynch: «Federico toma la palabra de forma deslumbrante desde el primer momento. No sólo son magníficos los poemas que nos lee con una fuerza de evocación prodigiosa —que al mismo tiempo exalta y agobia—, sino también lo que nos dice después de la lectura de ellos. Esa explicación emitida en tono reposado y comunicativo, que contrasta con el huracán de hierros y cementos que desencadenara unos momentos antes, tiene el encanto de un paréntesis de sol en medio de las bellezas de la tormenta».
El periodista Víctor de la Serna, también presente en aquel recital, escribió lo siguiente en el diario El Sol: «La visión poética de Nueva York que trae Federico Garda Lorca es una maravilla de gracia y de matiz, el más feliz logro de nuestra poesía contemporánea, por ahora y por bastante tiempo. El público, afortunadamente lo bastante cultivado e inteligente para no ir a buscar en la poesía anécdotas sino imágenes, gracia y eso, poesía, siguió los tres ciclos de los poemas de Lorca con una atención y una devoción sin un fallo».
Y sin embargo habrían de pasar tres años más antes de que Lorca comenzara a preparar ya en serio la publicación de lo que sería Poeta en Nueva York.
En una entrevista de 1936 publicada póstumamente en Mundo Gráfico, el autor describía —de forma algo hiperbólica— el libro: «Está terminado desde hace mucho tiempo. En multitud de sitios he leído fragmentos de él. Tendrá trescientas páginas, o algunas más. Será un tomo con el que se podrá matar a una persona tirándoselo a la cabeza. Ya está puesto a máquina y creo que dentro de pocos días lo entregaré. Llevará ilustraciones fotográficas y cinematográficas. Esos lectores que echan baba lujuriosa sobre La casada infiel porque sólo han visto en mi romance la sensualidad, se encontrarán defraudados con Poeta en Nueva York, que es un libro sobrio, en el que la parte social tiene una gran importancia».
Hacia el verano de 1935 Lorca ya había cerrado un acuerdo con José Bergamín para publicar el poemario en las Ediciones del Árbol, el sello editorial de la revista Cruz y Raya. Otros libros que se habían editado en esa misma colección incluían Residencia en la tierra (1935) de Pablo Neruda, Cántico (1936) de Jorge Guillén, La realidad y el deseo (1936) de Luis Cernuda y Razón de amor (1936) de Pedro Salinas.

Casi un año después —probablemente a finales de junio o principios de julio de 1936— Lorca se acercó al despacho de Bergamín en Madrid para entregarle la carpeta con los poemas definitivos. El editor no estaba allí, así que le dejó las páginas en un sobre acompañadas por una nota:
«Querido Pepe: He estado a verte. Creo que volveré mañana. Abrazos de Federico».
Pero ya no volvería. Poco después marchó hacia Granada, donde sería asesinado el 18 de agosto.
Como explicó el propio Bergamín en 1978, durante una entrevista con el hispanista Eutimio Martín, el texto que recibió «[estaba] hecho con recortes de poemas ya publicados (en Revista de Occidente, por ejemplo), poemas mecanografiados y unos cuantos manuscritos que, si yo recuerdo bien, no eran de letra de Federico. Alguien se los habría copiado. Serían unas diez o doce o veinte páginas. En mi recuerdo no eran de mano de Federico, aunque no puedo afirmarlo con seguridad. De modo que, en sí mismo, el texto no tenía valor ninguno. Tenía, eso sí, el valor de ser la última versión que Federico entregó a la imprenta».

Con la guerra civil recién iniciada, la secretaria de Bergamín, Pilar Sáenz, rescató de la oficina de Cruz y Raya los documentos que creía de mayor valor, entre ellos el original de Poeta en Nueva York. El editor se lo llevó consigo a París en diciembre de 1936, donde ejerció de «agregado cultural libre» en la Embajada española. En 1939, cuando ya era inminente la victoria del bando nacional en España y se cernía sobre Francia la amenaza de Hitler y su ejército, Bergamín decidió marcharse a México acompañado por otros intelectuales de la Junta de Cultura Española.
Allí fundó un nuevo sello editorial, Séneca, con el que publicó al fin, en junio de 1940, Poeta en Nueva York. Esta edición iría precedida, apenas un mes antes, por una versión en inglés, The Poet in New York and Other Poems of Federico García Lorca, traducida por el poeta Rolfe Humphries y publicada en Estados Unidos por la editorial neoyorquina Norton. Las diferencias notables en los textos y su organización entre ambas ediciones provocaron incesantes debates sobre cuál de ellas era la ‘definitiva’.
En ese momento, la familia de Lorca reclamó el manuscrito, asegurando que era de su propiedad. Su portavoz era Guillermo de Torre, que preparaba entonces una edición de las obras completas de Lorca para la editorial Losada de Buenos Aires.
Pero el manuscrito había desaparecido.
«Yo siempre había creído hasta ahora que el original se lo di a Eduardo Ugarte», aseguraba Bergamín en aquella entrevista de 1978. «Lo que creo ahora es que este texto no se lo di a Eduardo Ugarte, sino a otro amigo [que] se murió. Y de ahí viene la dificultad porque ni su mujer, ni su familia, ni los que quedan deben tener nada». Bergamín, a pesar de la insistencia del entrevistador, se negó a desvelar el nombre de aquel ‘amigo’.
Sin embargo, el catedrático Stephen M. Hart le identifica como Jesús Ussía, alguien a quien Bergamín pudo confundir con Ugarte. Ussía recibió el manuscrito en septiembre de 1946 y él, a su vez, se lo entregó a su pariente Ernesto de Oteyza para que lo custodiara.
Las páginas de Lorca se quedaron durante más de veinte años en uno de los cajones del escritorio de Oteyza, hasta la muerte de Ussía en 1975. A pesar de que no mantenían muy buena relación, Oteyza decidió que lo correcto era entregar el documento a su viuda, Rafaela Arocena. Y así lo hizo, finalmente, hacia 1977 o 1978.
Ahí no acaba, ni mucho menos, la historia.
Porque en 1979 Rafaela Arocena se comprometió a regalarle el manuscrito a la actriz mexicana Manola Saavedra. Así lo relató la propia Saavedra:
«A Rafita [Rafaela] le atraía que yo tuviera interés por la obra de Lorca. Le dije que había trabajado como actriz en La casa de Bernarda Alba […] y en otra obra no tan conocida, Así que pasen cinco años […] Me preguntó si conocía la colección de poemas titulada ‘Poeta en Nueva York’. Le contesté que por supuesto la conocía y que incluso recordaba algunos versos de la Oda a Walt Whitman […] A Rafita le impresionó que estuviera tan versada en la obra de Lorca. Fue entonces cuando me dijo que tenía en su poder el manuscrito de Poeta en Nueva York. Le pedí que me lo enseñara en algún momento. Ella me respondió que me lo iba a legar cuando muriera porque creía que yo era la persona adecuada para tenerlo. […] Para mi sorpresa, mes y medio después, Rafita [se presentó en mi casa] con un sobre de manila en el que había escrito que, en caso de su muerte, el sobre y sus contenidos me pertenecerían».

En 1997 la familia de Lorca supo que Manola tenía el manuscrito en su poder. Según explica el catedrático Stephen M. Hart, intentaron negociar su regreso a España con la ayuda del abogado Luis Cacho. Sin embargo las conversaciones no llegaron a ninguna parte porque Manola no estaba interesada en vender los documentos.
Más adelante, sin embargo, una serie de problemas económicos le obligaron a cambiar de idea. Y así, el 18 de junio de 1999 Saavedra firmó un contrato con la casa de subastas Christie’s de Londres para vender Poeta en Nueva York.
Hart recuerda su incredulidad cuando recibió una llamada de Christie’s informándole de la inminente subasta:
«Le pregunté a la señorita: ‘Bueno, ¿de qué se trata?’. ‘Voy a leerle el título’, dijo ella. ‘Poeta en Nueva York’. ‘No, no’, dije. ‘No puede tenerlo. No es posible. Lleva cincuenta años desaparecido’. ‘Pues lo tengo justo ahora en la mano, doctor’, contestó ella no sin cierta irritación».
En el último momento los herederos de Federico García Lorca acudieron a los juzgados para suspender la venta. Entre otras alegaciones, siempre según Hart, acusaban a Bergamín de ser un mentiroso y un ladrón y aseguraban que el manuscrito les pertenecía. Los tribunales no les dieron la razón y el 4 de junio de 2003 Christie’s procedió con la subasta, en la que la Fundación Federico García Lorca adquirió Poeta en Nueva York por 194.000 euros. Y eso que, en los días previos, habían intentado rebajar el valor de aquellos originales, llegando a calificarlos de mera ‘copia’.
Desde ese momento el manuscrito permaneció en Madrid hasta que se produjo el traslado de todo el legado de Lorca a la sede de la Fundación en Granada en 2018. Allí, en alguna estéril estantería, viven ya definitivamente aquellos versos sobre «arquitectura extrahumana y ritmo furioso» y los paisajes donde «las aristas suben al cielo sin voluntad de nube y sin voluntad de gloria».
FUENTES:
Hart, Stephen M. — Poetry on Trial: The Strange Case of Lorca’s Poeta en Nueva York (Hispanic Research Journal, 2003).
Anderson, Andrew A. — Poeta en Nueva York. Primera edición del original fijada y anotada (Galaxia Gutenberg, 2013)
Martín, Eutimio — Poeta en Nueva York. Tierra y Luna (Ariel, 1981)
Ripoll, José Ramón — Nueva York en un poeta: Metrópolis y logos (Centro Virtual Cervantes)
Fernández, J. D. — Llegada de García Lorca a Nueva York (EspaNYU)







