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La poesía de ‘Cielo sobre Berlín’

ÁNGEL SALGUERO
El director de cine Wim Wenders explicó en cierta ocasión que filmaba para preservar momentos que jamás se repetirán: «Algo ocurre. La cámara lo ve y lo registra, y lo puedes contemplar de nuevo después. Tal vez esa cosa ya no esté ahí pero aún puedes verla. El hecho de su existencia no se ha perdido. La cámara es un arma contra la tragedia de las cosas, contra su desaparición».

Cielo sobre Berlín es un poema visual sobre un lugar que ya no existe. Estrenada en 1987, apenas 18 meses antes de la caída del Muro, retrata una ciudad herida y dividida, alimentada por la duda, el miedo y la inquietud, y vigilada por una legión de ángeles, testigos invisibles de las vidas que se desarrollan a su alrededor, adictos a las emociones humanas pero incapaces de experimentarlas.

vlcsnap-00001«Cuando el niño era niño
andaba con los brazos colgando,
quería que el arroyo fuera río,
que el río fuera torrente,
y este charco el mar.

Cuando el niño era niño,
no sabía que era niño,
todo le parecía animado
y todas las almas eran una».

La película se abre con Damiel, el ángel interpretado por Bruno Ganz, que escribe estos versos mientras a sus pies la ciudad, ajena a su presencia, continúa su rutina. La cámara ve con sus ojos, vuela con él, recorre las calles arrastrada por una corriente de ideas, pensamientos y obsesiones.

vlcsnap-00002Toda vida necesita un testigo. «Si la humanidad pierde al narrador, entonces también perderá la infancia», se lamenta el anciano Homero (Curt Bois), que sólo desea rescatar la imagen de una ciudad entera y crear una «epopeya de la paz». Cassiel (Otto Sander), otro de los ángeles, le acompaña en silencio en los paseos junto al muro en busca de lugares que ya sólo existen en su memoria.

Más tarde, él y Damiel comparten los fragmentos de vida que han registrado en sus cuadernos, instantes efímeros que de otra forma se perderían para siempre:

«En la estación de metro del Zoo el encargado, en vez del nombre de la estación, de repente ha gritado: ¡Tierra del fuego!».

«Una mujer ha cerrado el paraguas bajo la lluvia y ha dejado que la lluvia la empapara».

«Una ciega se ha palpado el reloj porque ha notado mi presencia».

 
Los ángeles escuchan, apoyan su cabeza en el hombro de los que sufren, tocan con su mano el vientre de una embarazada para aliviar su dolor e infundirle seguridad. Y lo cotidiano sirve también para confortar cuando ayudan a un moribundo a marcharse en paz guiándole por los recuerdos más memorables de su vida:

Cuando subía hacia el Sol por la montaña,
dejando la niebla del valle,
el fuego en el límite de los pastos,
las patatas entre las cenizas,
el embarcadero a lo lejos, en el lago…
La cruz del Sur, el Este lejano.
El gran Norte, el salvaje Oeste.
El Gran Lago de los Osos,
la isla de Tristan de Cunha.
El delta del Mississipi, Stromboli.
Las viejas casas de Charlottenburg,
Albert Camus.
La luz de la mañana, los ojos del niño.
Nadar cerca de la cascada.
Las manchas
de las primeras gotas de lluvia. El Sol.
El pan y el vino. Dar saltos.
La Pascua. Las nervaduras de las hojas.
La hierba ondulante.
Los colores de las piedras.
Los guijarros en el lecho del río.
El mantel blanco al aire libre.
El sueño de la casa en la casa.
El prójimo durmiendo
en la habitación de al lado.
La tranquilidad del domingo. El horizonte.
El resplandor
de la luz de la habitación, en el jardín.
El vuelo nocturno.
Montar en bicicleta sin manos.
La bella desconocida.
Mi padre.
Mi madre.
Mi mujer.
Mi hijo.

 
«Los ángeles», dice Wim Wenders, «debían hablar de forma poética, de modo que el lenguaje se convirtió en algo de especial importancia. Llamé a mi arcángel, [el escritor austriaco] Peter Handke. Él acababa de terminar una novela y me dijo: ‘Estoy completamente seco. No me quedan palabras, todo lo que tenía está en la novela’. Pero luego añadió: ‘Tal vez si vienes aquí y me explicas tu historia pueda ayudarte con algunas escenas’. Pasamos una semana pensando una docena de situaciones clave para un posible argumento y Peter comenzó a escribir a partir de aquello. Cada semana me llegaba un sobre lleno de diálogo, sin ninguna dirección o descripción, como en una obra de teatro. No había contacto entre nosotros; él escribía y yo preparaba la película».

vlcsnap-00012La eternidad de los ángeles transcurre en blanco y negro. Ya estaban presentes cuando la Historia aún no había comenzado, pero no conocen nada del mundo. «El blanco y negro se asocia también con el mundo de los sueños», señala Wenders. De ese sueño quiere despertar el ángel Damiel, enamorado de Marion (Solveig Dommartin), una trapecista que realiza su número en un decrépito circo con dos alas de atrezo en la espalda. Y así explica sus deseos a Cassiel, este sí resignado a su suerte:

«Conquistar una historia propia. Trasmutar lo que he aprendido mirando hacia abajo toda una eternidad en una mirada súbita que se mantiene, en un grito breve, un olor penetrante. He estado fuera suficiente tiempo, ausente suficiente tiempo. Suficiente tiempo fuera del mundo. Quiero entrar en la historia del mundo».

vlcsnap-00047El amor libera a Damiel, le otorga un cuerpo físico. Pierde sus alas para que Marion conserve las suyas… Y sólo entonces se da cuenta de que no es el primero que ha elegido una existencia mortal. Hay muchos más como él, cientos, tal vez miles de soñadores caídos literalmente del cielo, dejando entre nosotros la huella de su magia.

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