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La poesía mira al eclipse: «Una verdad que podría cegar»

Los últimos eclipses totales de sol que pudieron contemplarse en España fueron el de 1959 en Canarias y el de 1912 en la península. Ahora, mientras nos preparamos para asistir de nuevo a este fenómeno en el mes de agosto, miramos al cielo con una selección de poemas que expresan fascinación, respeto y temor por los astros.

Walt Whitman.

Cuando escuché al sabio astrónomo…
Walt Whitman

Cuando escuché al sabio astrónomo,
cuando las pruebas, los números, se ordenaron en columnas ante mí,
cuando me mostraron los mapas y diagramas, para sumar, dividir, y medirlos,
cuando, sentado, escuché al astrónomo dar su charla entre muchos
     aplausos en la sala de conferencias,
qué pronto yo, incontable, acabé cansado y harto,
hasta que, levantándome, salí sin ruido y vagué en soledad,
en el místico aire húmedo de la noche, y de vez en cuando
alcé la vista en perfecto silencio a las estrellas.

(Traducción de Ángel Salguero)

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Thomas Hardy.

En un eclipse lunar
Thomas Hardy

Tu sombra, Tierra, desde el Polo al Mar Central,
se desliza ahora sobre el dócil brillo lunar
en una uniforme línea curva y monocroma
de imperturbable serenidad.

¿Cómo reconciliar tal simetría proyectada por el sol
con la figura atormentada y desgarrada que reconozco en ti;
ese perfil, plácido cual frente divina,
con continentes de fatiga y miseria?

¿Y puede la Mortalidad inmensa arrojar
sombra tan pequeña, y el alto designio humano del Cielo
quedar cercado en las costas que ese arco insinúa?

¿Es esa la medida estelar del espectáculo terreno,
nación en guerra con nación, mentes que bullen,
héroes y mujeres más hermosas que los cielos?

(Traducción de Ángel Salguero)

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Robert Bly.

Viendo el eclipse en Maine
Robert Bly

Comenzó hacia mediodía. En lo alto del Monte Batte
todos exclamábamos. Alguien tenía un cartón
y un alfiler y todos gritamos cuando el sol
apareció diminuto en la portada del cuaderno.

Resultaba difícil de creer. El profesor de instituto
que conocimos lo llamaba cámara estenopeica,
a la gente del Renacimiento les encantaba hacer esas cosas.
Y cuando la luna ya había pasado a medias

vimos sobre una roca bajo una higuera
decenas de medias lunas, hechas de la misma forma.
¡Miles! Hasta nuestros sombreros de paja produjeron
unas cuantas al moverlos sobre el granito desnudo.

Compartimos chocolate y un hombre de Maine
contó un chiste. Había soles por todas partes, a nuestros pies.

(Traducción de Ángel Salguero)

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Ella Wheeler Wilcox.

Un eclipse solar
Ella Wheeler Wilcox

En esa gran travesía de las estrellas por el espacio
en torno al poderoso sol, que reina sobre todo,
la pálida y fiel Luna ha sido la única
compañera de la Tierra.  Su dulce rostro,
lívido con la pronta y ávida determinación de aquella raza
que comenzó con la hora natal del Tiempo,
brilla siempre sobre su amada mientras caminan
e ilumina su órbita con su sonrisa plateada.

A veces un amor tan apasionado la invade
que se desvía levemente de su trayecto habitual
y con su manto vela los fieros ojos del Sol,
para después en el crepúsculo buscar los labios de su amante.
Mientras, aquí y allá, aquellos que nuestro mundo llama sabios
ven tan solo que el Sol está en eclipse.

(Traducción de Ángel Salguero)

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Emily Dickinson.

Sonó como si las Calles corriesen…
Emily Dickinson

Sonó como si las Calles corriesen
y luego — las Calles se detuvieran —
Eclipse —fue todo lo que veíamos en la Ventana
y Asombro — fue todo cuanto sentimos

Pronto — los más audaces salieron de su Escondite
para ver si el Tiempo estaba allí —
La Naturaleza vestía un Delantal de Ópalo
y mezclaba Aire más fresco

(Traducción de Ángel Salguero)

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Linda Pastan.
Linda Pastan.

Eclipse
Linda Pastan

Pocos minutos después de mediodía:
los pájaros comienzan sus cantos de atardecer
y escapan a los árboles;
el caballo asiente en su establo cada vez más oscuro.
Temerosa de una verdad que podría cegar
le doy la espalda al sol
y atrapo su sombra en una caja de cartón
como si fuera algún raro insecto
a punto de ser aniquilado por el lento pulgar
de la luna. No basta con catalogar.
¿Qué sabía Adán al darle nombre a la manzana?
¿Qué sospechan los astrónomos?
El sol, como una espada tragada,
regresa en llamas.
No es el caos
lo que temo en este extraño anochecer
sino el inexplicable orden de las cosas.

(Traducción de Ángel Salguero)

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Miguel Hernández.

Eclipse—celestial
Miguel Hernández

Una nube, redondo y puro obstáculo,
para mirarte encuentro:
sin errores de gallos,
eclipse de los cielos.

Tu luz en una umbría de blancura:
los que ven, no te vemos:
¡mucho mejor!, a oscuras,
¡la fe!, te ven los ciegos.

Tú, con naturaleza de semilla,
reducido a la mano,
Transformado en harina,
Traspuesto, Trasplantado.

En tan escaso medio tu abundancia,
en tan mezquino círculo:
en su materia blanca,
haces deiforme el trigo.
Noche de Ti, con mengua de tu bulto:
¡victoria de lo plano!
Dios, para nuestro uso,
por el polvo ilustrado.

Cereal geometría de la tierra,
la celeste substancia,
oculta su presencia
en una sombra blanca.

¿Cómo tienes?, bajeza de la espiga,
Mi No Sé Qué en tu sitio…
Enigma, enigma: ¡enigma!
descubierto, escondido.

-¡Oh sacerdote; danos, puro, Aquello,
favor de sí otorgado!
¿Guardas, fiel, el Secreto
que mantienen tus manos?

Rubén Darío.
Rubén Darío.

A modo de epílogo reproducimos la descripción que el poeta Rubén Darío hizo de un eclipse total de sol que contempló el 30 de agosto de 1905 en la localidad asturiana de San Juan de la Arena:

«Yo estaba a la orilla del mar, en una pequeña terraza, o más bien jardinillo de la casa en que habitaba a las orillas del Cantábrico. La mañana había estado a trechos brillante, a trechos nublada. Más o menos, desde las once el sol comenzó a mostrarse con intermitencias. Había caído una cernida llovizna en las primeras horas y el aire estaba fresco. Las olas formaban gran movimiento. No había, en lo que la vista alcanzaba, ni una sola barca pescadora. Comenzaron a salir de las casas vecinas algunos curiosos. No lejos, entre cardos y hierbas, picoteaban en el suelo varias gallinas. Muy cerca de mí, unos cuantos pájaros diminutos y grises, que llaman andarines, están alertas, vivarachos, afanosos; saltan de las tapias al suelo, y hacen por la vida. Todo el mundo miraba el cielo con un vidrio ahumado. Yo hice lo que todo el mundo, y apunté hacia Helios, consagrándole un recuerdo a mi compañero Martín Gil. Y vi que ya había pasado lo que llaman el primer contacto. En la bola incandescente del sol noté la intrusión de la luna. Varias veces observé, a medida que lo negro iba aumentando sobre la superficie solar. Y el sol fué cambiando de aspecto; ya fué una bolsa de oro, ya una raja de melón, ya una hoz.

La luz se había ido poniendo rojiza, y flotaba sobre el mar y sobre la tierra como una extrañeza fantasmagórica. Y fué de pronto el eclipse total. Al crepúsculo enfermizo que iba en progresión, sucedió una noche súbita, no de completa obscuridad, sino iluminada vagamente por uno como temeroso efluvio de luz. Vi los rostros de las gentes lívidos. Las gallinas habían buscado su refugio nocturno; los vivaces «andarines» dejaron de merodear, se juntaron como para el peligro. Dejaban acercarse a las gentes sin miedo, iban de un lugar a otro indecisos, y por último se acurrucaron junto a un muro. Habían salido unas pocas barcas. La obscuridad no me dejaba percibirlas. Mas en la consternación de la Naturaleza toda, oía yo el son del mar como el comentario de un misterioso coro.

En larga banda pasó un ejército de gaviotas, quizá en busca de los nidos. Un repentino frío invadió la atmósfera. Sentí un verdadero malestar físico y una innegable inquietud moral. Mis ojos contemplaban allá arriba un astro milenario, un meteoro de funestos augurios. Yo no había visto nunca un eclipse; pero ese astro no me era desconocido: yo había, seguramente, tenido esa visión en muchos sueños; en verdad, era el mismo sol enfermo de mis pesadillas, de mis padecimientos hipnagógicos. Y pensé luego en las ancestrales angustias, en los terrores medioevales. ¿Se equivocaría la ciencia? ¿No habría gran verdad en el espanto de la humanidad antigua, que veía yo reflejado en el inmenso espanto de la Naturaleza? Sobre el fondo celeste se destacaba un sol negro. Y ese sol negro tenía un nimbo, un nimbo de luz blanca, un nimbo roto en rayos desiguales, de plata, de una plata que en momentos tuviese un tenue resplandor color de rosa. Era como una enorme hostia de sombra rodeada de una corona coruscante. Era el astro que antaño hacía temblar a los hombres, el astro de las guerras, el nuncio de las pestes, el precursor de las catástrofes.

Y no lejos del mensajero de las cosas infaustas y fatales, brilló por un momento, maravilloso, el diamante de Venus.

A un viejo criado que está cerca de mí, y que se consterna, le preguntó: «¿Qué tiene usted?» «Tengo miedo», me dice. Y esa era la palabra; había miedo sobre el agua lívida del mar; miedo sobre el monte cercano; miedo en el aire; un soplo de miedo flotaba sobre la tierra conmovida.

Hasta que volvió a salir el sol. Y cantó el gallo. Y los andarines anduvieron y piaron por el jardín. Los pescadores que volvieron manifestaron que una gran cantidad de sardina había desaparecido, como llena de súbita locura, en el momento del eclipse. Surgió como una nueva mañana, y el día de oro continuó su rumbo. La Naturaleza recobró su tranquilidad. Volvió a pasar sobre las olas la banda de gaviotas. Leí este párrafo de la «Crónica de los Reyes Católicos», de Bernáldez, en que habla «del espantoso eclipse que el sol fizo: «…El dicho año de mil e cuatrocientos y setenta y ocho, a veintinueve días del mes de julio, día de Santa Marta, a medio día, fizo el sol un eclipse, el más espantoso que nunca los que hasta allí eran nacidos vieron, que se cubrió el sol del todo e se paró negro, e parecían las estrellas en el cielo como de noche; el cual duró así cubierto gran rato, fasta que a poco a poco fué descubriendo, e fué gran temor en las gentes y fuían a las iglesias, y nunca de aquel hora tornó el sol en su color, ni el día esclareció como en los días de antes solía estar, y así se puso el sol muy caliginoso». Buen Bernáldez, que no sospechaba el coronium, pero que vivía en una época en que todavía se temía el poder de Aquel a quien no es hoy de buen gusto nombrar».

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