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Que no he muerto: Las vidas imaginadas de García Lorca


ÁNGEL SALGUERO
Hay quien dice que existen universos paralelos en los que la realidad que conocemos ha seguido caminos distintos. De ser cierto, tal vez en alguno de ellos Federico García Lorca no acabó sus días a los 38 años de edad, fusilado junto a una cuneta y enterrado en una fosa anónima con un maestro de escuela y dos banderilleros anarquistas. Quizá aquel 18 de agosto de 1936 estaría ya viajando hacia México o Colombia, cuyos embajadores le habían ofrecido asilo al temer por su vida, con el corazón roto por la guerra que hacía jirones su país, pero también ilusionado por comenzar una nueva etapa y continuar desarrollando la magia verbal de su poesía y su teatro.

Aquí, sin embargo, sólo nos queda imaginar.

E imaginar es lo que hizo el escritor Fernando Marías en la novela La luz prodigiosa, publicada en 1990 y reeditada hace unos meses. En su libro, un panadero encuentra en un campo de Granada a un moribundo, fusilado y dado por muerto por sus captores, y le salva la vida llevándolo a escondidas a su casa. Sólo al cabo de muchos años, y de un modo fortuito, tomará conciencia de que aquel hombre desfigurado y amnésico, incapaz de valerse por sí mismo, era en realidad Federico García Lorca.

    Fragmento de la película ‘La luz prodigiosa’, basada en la novela de Fernando Marías y dirigida por Miguel Hermoso en 2003 con Nino Manfredi, Alfredo Landa y Kiti Manver de protagonistas.

Pero ¿qué habría pasado si hubiera esquivado su destino y su carrera artística no se hubiera truncado? ¿Podemos intuir lo que nos robaron aquellos disparos hace ahora 80 años?

«Le imagino», dice la poeta Ada Salas, «como un centro neurálgico del exilio republicano, y de la poesía iberoamericana en general, en Argentina o en México. Allí llevaría una vida dolida por las pérdidas pero grata, entregado a continuar elevando el teatro a lo más alto, hasta una altura inimaginable para él y para nosotros. Pienso que el dolor de la guerra y del exilio le habrían abocado a la poesía también: a un libro desgarrador, una especie de mezcla entre Hijos de la Ira de Dámaso Alonso y Poemas humanos y España, aparta de mí este cáliz de Vallejo, pero escrito por un Lorca que, habiendo pasado ya por Poeta en Nueva York, crearía algo inmenso. Poesía política, sí, y social, y de denuncia horrorizada, contemplando desde la otra orilla el desastre de España y la Segunda Guerra Mundial. Después viajaría a Estados Unidos, y un conocimiento más profundo del inglés y de esa literatura le haría, al final de su vida, escribir una poesía más ‘reposada’ y ‘meditativa’, sin perder de vista a su siempre profundamente, a pesar de los roces o las burlas, admirado Juan Ramón Jiménez».

Dámaso Alonso, Luis Cernuda, Federico García Lorca y Vicente Aleixandre.

Dámaso Alonso, Luis Cernuda, Federico García Lorca y Vicente Aleixandre.


El también poeta Juan Vicente Piqueras cree que Lorca habría entrado en una nueva fase «cada vez más dramática, y más surrealista». Su poesía, asegura, «habría girado hacia formas de una modernidad sorprendente. Tengo la sensación de que se truncó una carrera estelar». Piqueras manifiesta asimismo su convencimiento de que habría llegado a ser «un gran autor de teatro, y de teatro revolucionario para la escena española. Desde Valle-Inclán, quizá, no hubiera surgido otro igual».

En ese sentido, la catedrática Elena Escribano opina que, aunque Lorca «podría haber abierto caminos nuevos para la poesía, en los últimos años lo suyo era el teatro». Se habría convertido, explica Escribano, en «el mejor autor de teatro que ha tenido España, por calidad a la altura de Lope de Vega o mejor. Habría sido el gran autor dramático del siglo XX, porque conocía el alma humana como Shakespeare y miraba a los ojos a sus personajes con conocimiento y compasión. Probablemente tendríamos el mejor teatro de España con el mejor lenguaje poético. Es algo que se da a grandes destellos en Lope de Vega y en Buero, pero él habría sido el autor dramático perfecto: por el lenguaje y también por el contenido. Sería el autor que nos ha faltado en el teatro español, porque contamos con grandes poetas y grandes novelistas, pero un autor dramático de una altura internacional no lo tenemos».

Federico García Lorca junto a algunos de los miembros de la compañía teatral La Barraca.

Federico García Lorca junto a algunos de los miembros de la compañía teatral La Barraca.


«Es un autor singular, tal vez uno de los más singulares de la Literatura en español», dice el poeta Antonio Cabrera. «No sé si habría desarrollado el aspecto básico de su obra, que para mí es el lenguaje y la emoción. No es un poeta de pensamiento, sino de magia, de duende, y está tocado por la inspiración verbal. Por ahí quizá podría haber evolucionado su poesía hacia algún tipo de vanguardia que se habría dado en la posguerra». Cabrera también considera que Lorca podría haber «abandonado» la poesía para volcarse con el teatro, «llegando a ser un grandísimo autor, que ya lo era. Por el clima cultural que se da después de la Segunda Guerra Mundial, tal vez habría conectado con el existencialismo de un modo muy especial y novedoso, con esa verbalidad fantástica que tenía».

Por su parte, el poeta granadino Antonio Praena piensa que, de no haber mediado circunstancias tan trágicas, «la recepción de su obra habría sido un poco más lenta». Lorca, afirma Praena, «tiene una evolución muy interesante y muy rápida. Poéticamente conserva el genio, porque es un poeta de genio, de chispa, de duende y de luz, pero formalmente siempre andaba buscando algo nuevo, haciendo más cambios. Así, habría seguido experimentando entre el surrealismo, al estilo del Diván del Tamarit, y habría abierto otra etapa. Pero, aunque siempre mantenía un tono brillante y cierta personalidad, creo que tenía más altibajos. Como poeta, tal vez, no se habría constituido el mito que la forma de morir, los motivos y la prontitud contribuyeron a elevar».

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Todo es, por supuesto, puro sueño, elucubración. Como asegura el periodista Víctor Fernández, «es difícil especular sobre qué habría sido de Lorca de no haber muerto asesinado hace 80 años. Es una pregunta que nunca podremos responder». Lo que sí sabemos, añade, «es que tenía una obra acabada y lista para estrenar, La casa de Bernarda Alba. También sabemos que había entregado a José Bergamín Poeta en Nueva York para ser editado. Ese verano tenía que viajar a México, donde se habría reunido con la Xirgu. Estoy seguro de que le habría fascinado la cultura y la sociedad mexicana, seguramente influyendo en su manera de ver la muerte. Luis Rosales hablaba de que Lorca quería escribir un largo poema sobre Adán y el paraíso. Un material así en manos de ese poeta podría haber sido una de sus mejores obras. Nunca lo podremos leer».

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