Leer la pintura: Una muestra de poemas inspirados en el arte
El término de origen griego écfrasis describe la representación verbal de una obra visual. Los poemas que presentamos en esta selección parten de un ejercicio de contemplación para hallar nuevos significados y conexiones a partir de las imágenes.

Paisaje con la caída de Ícaro
William Carlos Williams
Según Brueghel
cuando cayó Ícaro
era primavera
un agricultor araba
su campo
todo el esplendor
del año vibraba
despierto
cerca
de la orilla del mar
absorto
en sí mismo
sudando bajo el sol
que derretía
la cera de las alas
inapreciablemente
frente a la costa
un chapoteo
pasó muy inadvertido
era
Ícaro que se ahogaba
(Traducción de Ángel Salguero)

Aquí con la señora Arnolfini
María Mercedes Carranza
Bueno, señora Arnolfini, es
el momento de que se decida.
Está muy bien (molto bene para hablar claro)
que mire a su esposo con ojos de
oh dulces prendas por mí bien halladas
pero va siendo hora de que tenga su hijo
y de que ingiera las naranjas,
porque no todo es dulce
y alegre cuando Dios quería
y de pronto empiezan las naranjas
—digo— a oler feo. No
me explico por qué sigue posando,
si hasta el mismo Van Eyck está requetemuerto
y su pinocho —perdone— su marido ya no es
el hábito del alma suya, pues es
sabido que últimamente las señoras
prefieren otras fibras.
Venda su palacio y sus alhajas
y recorra el mundo en auto-stop; beba
la pausa que refresca, compre
lo que tarde o temprano será
un Philips y lea el Reader’s Digest;
dedíquese a coleccionar llaveritos y
hágase la cirugía plástica; después
tome barbitúricos. Haga algo señora
para no verla morir entre memorias tristes,
como tanto les ocurre a las palomas
en la Piazza della Signoria.

La venadita
Piedad Bonnet
A Frida Kahlo, quien pintó este cuadro en 1946
De pura lástima y puro amor yo te regalaría mi cuerpo, venadita.
¡Yo, que envidio el relámpago nocturno de tus cejas,
tus manos con anillos,
la voz india,
y tu cuello altanero de mestiza!
A ti que te dio Dios todo a montones, incluido el dolor
y ante todo el dolor
yo te daría,
si fuera Dios, un cofre con huesitos de plata mexicana
y un pie de oro. Y limpiaría, con mi mano eterna
las llagas de tu alma, venadita.
Te pediría a cambio todo el amor que te sobró en el cuerpo,
y un retrato vibrante de colores.

Los desnudos de Bonnard
Raymond Carver
Su mujer. Durante cuarenta años la pintó.
Una y otra vez. El desnudo en el último cuadro
era el mismo joven desnudo del primero. Su mujer.
Joven como la recordaba. Como era de joven.
Su mujer en el baño. En su vestidor
ante el espejo. Desnuda.
Su mujer con las manos bajo los pechos
mirando hacia el jardín.
El sol ofrecía calor y color.
Todo lo vivo florecía allí.
Ella, joven y trémula y tan deseable.
Cuando murió el siguió pintando durante un tiempo.
Unos pocos paisajes. Después murió.
Y le enterraron junto a ella.
Su joven mujer.
(Traducción de Ángel Salguero)

El sueño
Cristina Peri Rossi
Si el amor fuera una obra de arte
yaceríamos todavía desnudas y dormidas
la pierna sobre el muslo
la cabeza sobre le hombro -nido-
resplandecientes y sensuales
como en Le sommeil de Courbet
cuya belleza contemplamos extasiadas
una tarde, en Barcelona
(«Salimos de una cama para entrar en otra»,
dijiste).
No hubiéramos despertado nunca
ajenas al paso del tiempo
al transcurso de los días y de las noches
en un presente permanente
de tiempo paralizado
y espacio cristalizado.
Quise vivir en el cuadro
quise vivir en el arte
donde no hay fugacidad
ni tránsito.
Pero se trataba sólo del amor
no del cuadro de Courbet
de modo que despertamos
y era el ruido de la ciudad
y era el reclamo de la realidad
los crueles menesteres
-las pequeñeces de las que habló Darío-.
Se trataba sólo de amor
no del cuadro de Courbet
de modo que despertamos
y eran los teléfonos las facturas
los recibos de la luz la lista del mercado
especialmente era lo fútil,
lo frágil, transitorio,
lo banal, lo cotidiano
eran los miedos las enfermedades
las cuentas de los bancos
los aniversarios de los parientes.
Dejamos solas
abandonadas a las bellas durmientes
de Courbet
solas
abandonadas en el museo
en las reproducciones de los libros.
Se trataba sólo de amor
es decir, de lo efímero,
eso que el arte siempre excluye.

Malos recuerdos
Antonio Gamoneda
“La vergüenza es un sentimiento revolucionario”
Karl Marx
Llevo colgados de mi corazón
los ojos de una perra y, más abajo,
una carta de madre campesina.
Cuando yo tenía doce años,
algunos días, al anochecer,
llevábamos al sótano a una perra
sucia y pequeña.
Con un cable le dábamos y luego
con las astillas y los hierros. (Era
así. Era así.
Ella gemía,
se arrastraba pidiendo, se orinaba,
y nosotros la colgábamos para pegar mejor).
Aquella perra iba con nosotros
a las praderas y los cuestos. Era
veloz y nos amaba.
Cuando yo tenía quince años,
un día, no sé cómo, llegó a mí
un sobre con la carta del soldado.
Le escribía su madre. No recuerdo:
“¿Cuándo vienes? Tu hermana no me habla.
No te puedo mandar ningún dinero…”
Y en el sobre, doblados, cinco sellos
y papel de fumar para su hijo.
“Tu madre que te quiere.”
No recuerdo
el nombre de la madre del soldado.
Aquella carta no llegó a su destino:
yo robé al soldado su papel de fumar
y rompí las palabras que decían
el nombre de su madre.
Mi vergüenza es tan grande como mi cuerpo,
pero aunque tuviese el tamaño de la tierra
no podría volver y despegar
el cable de aquel vientre ni enviar
la carta del soldado.

Vermeer
Wislawa Szymborska
Mientras esa mujer del Rijksmuseum
con esa calma y concentración pintadas
siga vertiendo leche de la jarra al cuenco
no merecerá el Mundo
el fin del mundo.
(Traducción de Gerardo Beltrán y Abel Murcia)

Las Meninas
Vicente Aleixandre
El que mire al pasar en el salón cuidado
verá una lápida fría, convenida expresión de un loor académico.
A un lado el vacuo espejo, comprobación inútil de una profundidad que sin vidrios se ahonda.
Y dos ventanas grandes, con colgantes cortinas
dirigiendo una luz que el pintor quiso libre.
Después… El mundo se abre en un rompiente súbito que desborda y no espanta.
Vertiéndose hacia ti que lo miras como si de una verdad profunda aquí cayese:
estuviese cayendo.
Roto un cielo que es mundo
total, ingresa un orbe por el rompiente: invade.
Ah, perpetua invasión rodando en orden, hacia ti que contemplas.
En esa material suma orgánica se adelanta diario
el más humilde ser, también quizá el más próximo:
el mastín que a tu mundo incorpora mediatamente el mundo donde tú aún no respiras.
La distancia, ese supremo arte del pintor que respeta, está aquí tensa, al borde,
y late con diafanidad, en su filo, ahora ya casi equívoco,
frente a ti humano mismo que eres ya de otro reino.
Nunca tú más pedido, tú la sola, la suprema respuesta a la enorme demanda.
Y casi salta o mira ese can que establece tu ser la atadura.
Realidad: fácil copia. Oh, verdad: más profunda.
Y esa ala más terrible de la luz no son plumas,
aunque tiemblen sus fuerzas.
Mas ve: Nicolasillo,
un instante detenido cuando pone su pie en la piel leonada,
grita o suspende un aire.
Maribárbola triste, Margarita, meninas: un ritmo del espacio, en su curva rodando.
Y allí, engarzado, el lienzo y su sombra: el pincel,
su pensamiento: un hombre.
Si aquí quedase todo, sin dimensión girara solo un mundo primero,
y el vasto allá, con cósmica alianza, solo un gemido fuese.
Pero en los ojos graves del pintor que no vemos, pues que vemos su imagen,
se pinta el orbe a fondo.
Son las fuerzas que invaden el espacio las solas protagonistas vivas
de esos ojos oscuros.
Y no hay revelación de la sombra insondada, sino por esa espalda que es su luz: sombra ilustre.
Inmerso en tiempo está el espacio, y es la luz quien lo mide mientras se expande, exalta como puro universo.
Y va ganando ser, realidad, existencia: mientras crece en sus límites,
en la total conciencia de su existir, que es numen donde todo es presencia.
Experiencia de vida revelada, y la luz reconoce, y son formas.
Una oleada más, y allí está inmóvil ahora:
la dueña, el guardadamas: agua oscura; es la misma.
Y otra oleada, y más compartimentos de la luz, rota en fueras.
La puerta, y más allá la luz yéndose en fugas,
y una figura neutra sobre el gran fondo rútilo: José Nieto día a día.
Y aún más allá la otra, la suprema realidad delantera que aquí no está. ¿Son sombras?
Donde tú estás que miras, ellas, las dos figuras, aquí tendrían que estar, oh, sobre-estar,
a tu lado, sin vérselas.
Y se ven solo al fondo del otro reino, sumas, coronadas, en vidrio de un espejo o unas aguas.
Y tú que lo contemplas casi arrojas la piedra
por romper el espejo: ¡ahora el gran cuadro a oscuras!
Largamente has mirado del mastín a las sombras
del fondo: sólo el tiempo en espacios.
Y los bordes quemados de las formas, hirviendo
en las luces: vividos, como en síntesis constan.
La gran obra es recinto. La distancia, respeto.
Y el allá, en su oleaje, deposita los seres, un instante presentes,
sorprendidos, perpetuos.

La noche estrellada
Anne Sexton
Ello no evita que sienta una necesidad terrible de —¿me atrevo a nombrarla?— religión. Después salgo por la noche a pintar las estrellas.
Vincent Van Gogh en una carta a su hermano
No existe la ciudad
salvo allí donde un árbol de cabello negro asciende
como una ahogada hacia el cielo ardiente.
La ciudad está en silencio. La noche hierve con once estrellas.
¡Oh, estrellada, estrellada noche! Así es como
deseo morir.
Se mueve. Todos están vivos.
Hasta la luna se hincha en sus grilletes anaranjados
para empujar a los niños, como un dios, fuera de su vista.
La vieja serpiente invisible devora las estrellas.
¡Oh, estrellada, estrellada noche! Así es como
deseo morir:
dentro de esa turbulenta bestia de la noche,
absorbida por ese gran dragón, separarme
de mi vida sin bandera,
sin vientre,
sin llanto.
(Traducción de Ángel Salguero)

La muchacha de Vermeer
Adam Zagajewski
La muchacha de Vermeer, famosa ahora,
me está mirando. La perla me mira.
La muchacha de Vermeer tiene los labios
rojos, húmedos y brillantes.
Muchacha de Vermeer, perla,
turbante azul: eres la luz,
y yo estoy hecho de sombra.
La luz mira a la sombra con altivez,
con indulgencia, quizá con tristeza.
(Traducción de Xavier Farré)

El Jardín de las Delicias (Fragmento)
Czeslav Milosz
EL PARAÍSO
Bajo mi signo, Cáncer, de un fuente rosada
Manan cuatro chorros, origen de cuatro ríos.
Pero no les tengo confianza. No es el mejor signo,
Como yo mismo he experimentado. Además, aborrecemos
Las bocas de los cangrejos moviéndose, los calizos
Cementerios del océano. ¿Es así pues
La fuente de la vida? Dentada, afilada,
Con su ilusorio color inocente. Debajo de ella,
Donde está posado un pájaro, trampas de vidrio con liga.
Un elefante blanco, una jirafa blanca, un unicornio blanco,
Negras criaturas de los estanques; un león desgarra a un ciervo,
Un gato tiene un ratón en la boca. Una salamandra de tres cabezas,
un ibis de tres cabezas, qué significan, no se sabe.
O un perro de dos pies. Quizás sea un mal augurio.
Adán está sentado, estupefacto. Sus pies
Tocan las piernas de Cristo, que ha traído a Eva
Acompañándola con su mano izquierda, y levanta dos dedos
De la derecha como si estuviese enseñando. Eva baja los ojos.
¿Quién es y quién será la amada del Cántico
De los Cánticos? ¿La Sabiduría-Sofía,
La Seductora, la Madre, la Ecclesia?
¿Así, él creó a la que le dará a luz?
¿Cómo fue pues que adoptó su forma humana
Antes de que empezaran los años y los siglos?
¿Es así que, humano, existía ya antes del inicio?
Y creó el Paraíso, aunque incompleto,
Para que ella, la misteriosa, cogiera la manzana,
Mientras Adán la mira, sin entender nada.
Soy ellos dos, duplicado. He comido del árbol
Del conocimiento. Fui expulsado por la espada del arcángel.
Por la noche notaba su pulso. Su inmortalidad.
Y desde entonces buscamos el lugar auténtico.
(Traducción de Katarzyna Mołoniewicz y Abel Murcia)

Celaje
José Saborit
Manchado de pintura tu reloj
pasa ya de las siete,
y esa luz cenital
que ilumina tu mesa y tu paleta,
se va desvaneciendo muy despacio.
La tarde se te ha ido en el estudio
pintando un gris celaje de dos metros.
Sobre blancos empastes bien cuajados
vertiste veladuras
delgadas como un soplo y desprendiendo
la carga del pincel
quisiste hacerte aire con el aire,
liviana pincelada, azul destello.
Embriagado en la danza
que mueve los colores en la tela
y por el dulce efluvio
de tanta trementina derramada,
has salido a la calle y caminando
has alzado tus ojos,
y al ver los resplandores de la tarde
cobrizos, soberanos, intangibles,
al ver la luz precaria, desertora,
fugándose entre nubes y ventiscas
del marzo vagabundo que nos lleva,
has bajado la cara con vergüenza
comprendiendo lo absurdo del empeño
que movía tus manos sobre el lienzo.

Precedentes de la Philips
María Mercedes Carranza
“Como en los cuadros de Turner, donde la luz piensa”.
Octavio Paz
Las investigaciones de la Philips prueban
que la luz no la creó Dios en el primer
día. Fue Turner –desvelado en una noche
de Venecia– el que dijo hágase la luz y
la luz fue hecha. En el principio
fue su pincel y hasta las nieblas de
Londres lo reconocieron. Luego
hubo un hombre llamado Monet que
vino a dar testimonio de la luz
entre los suyos y los suyos sí
le recibieron. Desde entonces la luz
habita entre nosotros llena
de Van Gogh con sus tristezas y todo.

La galería de arte
Dorothy Parker
Mi vida es como una galería de arte,
con pasillos estrechos en los que los espectadores pueden caminar.
Los cuadros están colgados para sacarles el máximo provecho;
de modo que los buenos captan enseguida la atención.
De cuando en cuando, uno está colgado con tanta inteligencia
que, aunque parece discreto,
capta la luz más favorecedora.
Incluso las pinceladas se muestran con tanto acierto
que las sombras las suavizan y las convierten en belleza…
Mi vida es como una galería de arte, con unos cuantos cuadros vueltos discretamente hacia la pared.
(Traducción de Guillermo López Gallego y Cecilia Ross)
Hemos encontrado varios de los poemas que reproducimos aquí en el excelente blog Ut Pintura Poesis de Santiago Elso Torralba.



