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Miguel Hernández, el poeta que soñó con el cine

ENRIQUE BALLESTA

En el transcurso del tiempo, gran cantidad de estudiosos, críticos y profesores han analizado la obra del poeta de Orihuela Miguel Hernández. Se ha dicho de él: poeta del pueblo, del amor, del campo, poeta social, bélico, comunista y no sé cuántos adjetivos más para definirle y clasificar su obra.
Sin embargo, estos estudios no han llegado nunca o muy poco a profundizar sobre cuál habría sido el futuro profesional de Miguel Hernández de no haber muerto, a los 31 años, en la enfermería de la cárcel de Alicante el 28 de marzo de 1942.

Miguel Hernández, desde su más tierna infancia, a través de sus propios ojos, analizó el paisaje, estudió al hombre en su medioambiente, retrató la naturaleza y, por encima de todo, observó con esa mirada crítica que poseía todo lo que pasaba a su alrededor. De ahí la cantidad de calificativos que siempre se le han otorgado.

 
Comenzado el siglo XX era imposible prever la influencia que el uso de ciertas tecnologías (cine, televisión, ordenadores, etc.) tendría en la forma de producir y concebir el arte en sus postrimerías.
Miguel Hernández, fiel observador de su entorno y atento a lo que ocurría y a cómo se comportaban los movimientos literarios y artísticos en general de su época, se adelantó de alguna manera a todos de una forma intuitiva y desde su total independencia. El caudal artístico que llevaba dentro y su capacidad crítica le llevaron en muchas ocasiones a experimentar con ideas que más tarde, independientemente de su trabajo, se constituyeron en escuelas o en movimientos específicos.

El subconsciente y la intuición de Miguel Hernández para la aproximación al arte de la imagen jugaron un papel fundamental. Posiblemente no era su intención dar a sus poemas un marcado contenido visual; sin embargo, tanto en el contenido de los mismos como en la forma en que los titulaba, subyacía la afición que empezaba a desarrollarse en él hacia el mundo de la imagen, de la luz y de las sombras.

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Federico García Lorca con los miembros de la compañía teatral La Barraca.

Miguel Hernández afrontó el nuevo arte de la imagen con la valentía que le caracterizaba, con esa valentía lo supo interpretar, analizar y se puso del lado de los que eran capaces de fabricarlo. En ello se volcó y su admiración hacia esa futura industria, que veía con notable claridad, era como un elemento nuevo que podría manifestar su capacidad artística.

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Antonio Buero Vallejo

¿Habría intentado introducirse en la industria del cine? Por supuesto, todo son elucubraciones, pero así era el carácter, el valor y la capacidad de respuesta del poeta. Evidentemente, lo que le impidió todo esto fue morir tras su peregrinación carcelaria por media España en 1942. A Miguel Hernández le fascinaban las representaciones teatrales de La Barraca de Lorca y durante su viaje a la URSS conoció las nuevas tendencias teatrales y cinematográficas.

Su amistad con Buero Vallejo, con el que compartió prisión, le llevó a decirle en una ocasión : «Mañana, tú y yo tendremos que hacer cine juntos».
Los versos del poeta que llegó con tres heridas no han dejado nunca de ser actuales y 73 años después de su muerte, los medios tecnológicos así lo interpretan, mostrando la sensibilidad de Miguel Hernández, que siempre nos acompaña.

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