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Doce poemas sobre el mar: «Primero era el agua»

Escribe la poeta Dulce María Loynaz: «Primero era el agua». Y es que el mar, como dice María Zambrano, es «la representación del propio ser». Nuestras vidas son ríos que van a la mar porque —ya lo descubrió Francisco Brines— «todo va al mar», y el mar es «un olvido, / una canción, un labio», según Jorge Guillén.

En esta antología hemos reunido doce poemas que hablan del mar o caminan por su orilla. Muchos de ellos ya los han disfrutado los suscriptores de la newsletter diaria de Poética 2.0. Si quieres tú también despertarte cada mañana con un poema nuevo puedes apuntarte en este enlace.

Dulce María Loynaz

Creación
Dulce María Loinaz

Y primero era el agua:
un agua ronca,
sin respirar de peces, sin orillas
que la apretaran…
Era el agua primero,
sobre un mundo naciendo de la mano de Dios…
Era el agua…
Todavía
la tierra no asomaba entre las olas,
todavía la tierra
sólo era un fango blando y tembloroso…
No había flor de lunas ni racimos
de islas… En el vientre
del agua joven se gestaban continentes…
¡Amanecer del mundo, despertar
del mundo!
¡Qué apagar de fuegos últimos¡
¡Qué mar en llamas bajo el cielo negro¡
Era primero el agua.

María Zambrano.
María Zambrano.

La mar. El mar. Los mares
María Zambrano

La mar. El mar. Los mares
en el arte. Irreprimible. Y
el mar. Los mares,
la representación del propio ser. El
mar vela al ser, mientras que la
tierra firme a la realidad.
El [sic] . Las islas
viven por su cuenta y se juntan en
cadenas, como seres submarinos
siempre.
Pero el hombre necesita encontrar
su mar; aunque poco y en ocasiones
nada le haya visto y menos aún respirado.
Y el mar hay [que] respirarlo.
La brisa. Los seres nostálgicos del Mar
y también el ser depositarios
de un futuro remoto
pasado, la igualdad de las perlas.
La cualidad; su caída al experimento.

Francisco Brines.

Elca
Francisco Brines

Ya todo es flor: las rosas
aroman el camino.
Y allí pasea el aire,
se estaciona la luz,
y roza mi mirada
la luz, la flor, el aire.

Porque todo va al mar:
y larga sombra cae
de los montes de plata,
pisa los breves huertos,
ciega los pozos, llega
con su frío hasta el mar.

Ya todo es paz: la yedra
desborda en el tejado
con rumor de jardín:
jazmines, alas. Suben,
por el azul del cielo,
las ramas del ciprés.

Porque todo va al mar:
y el oscuro naranjo
ha enviudado en su flor
para volar al viento,
cruzar hondas alcobas,
ir adentro del mar.

Ya todo es feliz vida:
y ante el verdor del pino,
los geranios. La casa,
la blanca y silenciosa,
tiene abiertos balcones.
Dentro, vivimos todos.

Porque todo va al mar:
y el hombre mira el cielo
que oscurece, la tierra
que su amor reconoce,
y siente el corazón
latir. Camina al mar,
porque todo va al mar.

Jorge Guillén
Jorge Guillén.

El mar es un olvido
Jorge Guillén

El mar es un olvido,
una canción, un labio;
el mar es un amante,
fiel respuesta al deseo.

Es como un ruiseñor,
y sus aguas son plumas,
impulsos que levantan
a las frías estrellas.

Sus caricias son sueños,
entreabren la muerte,
son lunas accesibles,
son la vida más alta.

Sobre espaldas oscuras
las olas van gozando.

Charles Baudelaire.

El hombre y el mar
Charles Baudelaire

Hombre libre, ¡siempre amarás el mar!
El mar es tu espejo; contemplas tu alma
en el desarrollo infinito de su ola,
y tu espíritu no es un abismo menos amargo.

Te agrada zambullirte en el seno de tu imagen;
lo abrazas con los ojos y los brazos, y tu corazón
se distrae a veces de su propio rumor
con el ruido de ese indomable y salvaje quejido.

Ambos sois tenebrosos y discretos:
hombre, nadie sondeó el fondo de tus abismos;
¡oh, mar! nadie conoce tus íntimas riquezas,
¡tan celosos estáis por conservar vuestros secretos!

Y sin embargo hace innumerables siglos
que os combatís sin piedad ni remordimiento,
tanto os gusta la carnicería y la muerte,
¡oh eternos luchadores, oh implacables hermanos!

(Traducción de Carmen Morales y Claude Dubois)

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Francisca Aguirre

Testigo de excepción
Francisca Aguirre

A Maribel y Ana

Un mar, un mar es lo que necesito.
Un mar y no otra cosa, no otra cosa.
Lo demás es pequeño, insuficiente, pobre.
Un mar, un mar es lo que necesito.
No una montaña, un río, un cielo.
No. Nada, nada,
únicamente un mar.
Tampoco quiero flores, manos,
ni un corazón que me consuele.
No quiero un corazón
a cambio de otro corazón.
No quiero que me hablen de amor
a cambio del amor.
Yo sólo quiero un mar:
yo sólo necesito un mar.
Un agua de distancia,
un agua que no escape,
un agua misericordiosa
en que lavar mi corazón
y dejarlo a su orilla
para que sea empujado por sus olas,
lamido por su lengua de sal
que cicatriza heridas.
Un mar, un mar del que ser cómplice.
Un mar al que contarle todo.
Un mar, creedme, necesito un mar,
un mar donde llorar a mares
y que nadie lo note.

John-Masefield
John Masefield.

Fiebre del mar
John Masefield

He de bajar otra vez a los mares, al mar solitario y al cielo,
y sólo pido un velero y una estrella que lo dirija;
y la fuerza del timón y el canto del viento y el temblor de la vela blanca,
y una bruma gris en el rostro del mar y una gris aurora.

He de bajar otra vez a los mares, pues el reclamo de la marea creciente
es un reclamo salvaje y un claro reclamo imposible de rechazar;
y sólo pido un día de viento con las nubes blancas en vuelo,
y la lluvia de gotas y espuma y el clamor de las gaviotas.

 He de bajar otra vez a los mares, a la vida errante,
y seguir a la gaviota y seguir a la ballena donde el viento es un cuchillo afilado;
y sólo pido una historia alegre de un sonriente compañero de ruta
y dormir en paz con un dulce sueño al acabar la larga travesía.

(Traducción de Ángel Salguero)

Lee el poema original

ramon-andres
Ramón Andrés.

Las quejas
Ramón Andrés        

Los poetas, siempre pensando
en la proa hundida, en vez de cantarla
al surgir de las olas.
No os fijéis sólo en el agua que latiguea,
ni en los cormoranes
que llegan al nido estirando el cuello
como el brazo del cartero con un pésame.
Las tormentas que azotan Saioa,
la noche en vela por el viento de Ezkurra,
no son nada que pueda apagarte,
porque ardes dentro, tú mismo
                     eres el brillo
en los cubiertos y el puchero, luz
de la ventana cada vez menos turbia.
Tanto pensar
                          que la Nada era nada
y estás tú en ella, ocupándola siempre;
otro la llenará cuando vayas a por leña 
—los haces de tu caja—, 
aunque la proa tarde en reflotar
bajo un sedal de gaviotas,
y tú estés en el puerto sin saber
                                    qué aguardas
del mar, 
si la fuerza de los vientos
o que ponga boca arriba
                el cuerpo que te entrega.

Cesare Zavattini
Cesare Zavattini.

Diez
Cesare Zavattini

Eran diez
náufragos en un islote
en medio del mar.
Pasaban los días hambrientos.
¿A quién comerse primero?
Un mes después quedaban sólo dos:
se miraban. ¡De repente apareció
un barco en el horizonte!
Se abrazaron y repetían llorando:
nos llamaremos por teléfono todos los días.

(Traducción de Juan Vicente Piqueras)

Langston-Hughes
Langston Hughes.

Mar en calma
Langston Hughes

Qué calma,
qué extraña calma
tiene hoy el agua.
No es bueno
que el agua
esté así de calmada.

(Traducción de Ángel Salguero)

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Emily Dickinson.

Salí Temprano — Llevé a mi Perro
Emily Dickinson

Salí Temprano — Llevé a mi Perro —
y visité el Mar —
Las Sirenas del Sótano
subieron para verme —

Y las Fragatas — del Piso Superior
 tendieron sus manos de cáñamo,
creyendo que Yo era un Ratón —
encallado — en la Arena —

Pero Nadie me movió — hasta que la Marea
cubrió mi sencillo zapato —
llegó hasta mi Delantal — y mi Cinturón —
y traspasó mi Corpiño — también —

Fingió que iba a devorarme —
totalmente, como el Rocío
sobre un macizo de Dientes de León —
Y Entonces — yo me asusté — también —

Y Él — Él, me siguió — de cerca —
Sentí Su Tacón de Plata
contra mi Tobillo — Luego Mis Zapatos
desbordaron de Perlas —

hasta llegar al pueblo en Tierra Firme —
Parecía no conocer a Nadie —
y con una inclinación — mirándome
Intensamente — el mar se retiró —

(A partir de una traducción de Silvina Ocampo) 

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Julia de Burgos.

El mar y tú
Julia de Burgos

La carrera del mar sobre mi puerta
es sensación azul entre mis dedos,
y tu salto impetuoso por mi espíritu
es no menos azul, me nace eterno.

Todo el color de aurora despertada
el mar y tú lo nadan a mi encuentro,
y en locura de amarme hasta el naufragio
van rompiendo los puertos y los remos.

¡Si tuviera yo un barco de gaviotas,
para sólo un instante detenerlos,
y gritarle mi voz a que se batan
en un sencillo duelo de misterio!

Que uno en el otro encuentren su voz propia,
que entrelacen sus sueños en el viento,
que se ciñan estrellas en los ojos
para que den, unidos, sus destellos.

Que sea un duelo de música en el aire
las magnolias abiertas de sus besos,
que las olas se vistan de pasiones
y la pasión se vista de veleros.

Todo el color de aurora despertada
el mar y tú lo estiren en un sueño
que se lleve mi barco de gaviotas
y me deje en el agua de dos cielos.

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