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Poemas para caminar por el invierno

Ahora que nos hemos adentrado en el invierno, queremos buscar ‘calor’ en la poesía. Esta estación, como veremos, inspira a los poetas a la reflexión y la contemplación, y sirve también como metáfora de la entereza del espíritu humano ante la adversidad. “Si el invierno ha llegado”, escribió Shelley, “la primavera no ha de tardar mucho más”.

Antonio Machado.

En este ‘Sol de invierno’, Antonio Machado dibuja en unos pocos trazos una escena cotidiana llena de hermosos detalles:

Es mediodía. Un parque.
Invierno. Blancas sendas;
simétricos montículos
y ramas esqueléticas.
Bajo el invernadero,
naranjos en maceta,
y en su tonel, pintado
de verde, la palmera.
Un viejecillo dice,
para su capa vieja:
«¡El sol, esta hermosura
de sol…!». Los niños juegan.
El agua de la fuente
resbala, corre y sueña
lamiendo, casi muda,
la verdinosa piedra.

Antonio Gamoneda.

Antonio Gamoneda se pierde también en su ‘Invierno’ y se deja llevar por una belleza natural que le invita a la reflexión:

La nieve cruje como pan caliente
y la luz es limpia como la mirada de algunos seres humanos,
y yo pienso en el pan y en las miradas
mientras camino sobre la nieve.

Hoy es domingo y me parece
que la mañana no está únicamente sobre la tierra
sino que ha entrado suavemente en mi vida.

Yo veo el río como acero oscuro
bajar entre la nieve.
Veo el espino: llamear el rojo,
agrio fruto de enero.
Y el robledal, sobre tierra quemada,
resistir en silencio.

Hoy, domingo, la tierra es semejante
a la belleza y la necesidad
de lo que yo más amo.

Jaime Gil de Biedma.

Jaime Gil de Biedma hace confluir en ‘Del año malo’ imágenes desapacibles del entorno que le rodea con su propio paisaje interior:

Diciembre es esta imagen
de la lluvia cayendo con rumor de tren,
con un olor difuso a carbonilla y campo.
Diciembre es un jardín, es una plaza
hundida en la ciudad,
al final de una noche,
y la visión en fuga de unos soportales.

Y los ojos inmensos
—tizones agrandados—
en la cara morena de una cría
temblando igual que un gorrión mojado.
En la mano sostiene unos zapatos rojos,
elegantes, flamantes como un pájaro exótico.

El cielo es negro y gris
y rosa en sus extremos,
la luz de las farolas un resto amarillento.
Bajo un golpe de lluvia, llorando, yo atravieso,
innoble como un trapo, mojado hasta los cuernos

Ángel González.

Ángel González.

Para Ángel González, mientras tanto, el invierno más frío alcanza también a su corazón. Así lo escribía en ‘Canción de amiga’:

Nadie recuerda un invierno tan frío como éste.
Las calles de la ciudad son láminas de hielo.
Las ramas de los árboles están envueltas en fundas de hielo.
Las estrellas tan altas son destellos de hielo.
Helado está también mi corazón,
pero no fue en invierno.
Mi amiga,
mi dulce amiga,
aquella que me amaba,
me dice que ha dejado de quererme.
No recuerdo un invierno tan frío como éste.

Antonio Colinas.

Antonio Colinas.

El poeta Antonio Colinas, en lo más crudo del invierno, describe en estos versos cómo reencuentra calor y compañía:

No es increíble cuanto ven mis ojos:
nieva sobre el almendro florido,
nieva sobre la nieve.
Este invierno mi ánimo
es como una primavera temprana,
es como un almendro florido
bajo la nieve.

Hay demasiado frío
esta tarde en el mundo.
Pero abro la puerta a mi perro
y con él entra en casa calor,
entra la humanidad.

Rubén Darío.

Rubén Darío.

El invierno invita al recogimiento. Así lo vive la protagonista de este poema de Rubén Darío, que descansa junto al fuego envuelta en su abrigo mientras la nieve borra las calles de París:

En invernales horas, mirad a Carolina.
Medio apelotonada descansa en el sillón,
envuelta con su abrigo de marta cibelina
y no lejos del fuego que brilla en el salón.
El fino angora blanco junto a ella se reclina,
rozando con su hocico la falda de Aleçón,
no lejos de las jarras de porcelana china
que medio oculta un biombo de seda del Japón.
Con sus sutiles filtros la invade un dulce sueño:
entro, sin hacer ruido: dejo mi abrigo gris;
voy a besar su rostro, rosado y halagüeño
como una rosa roja que fuera flor de lis.
Abre los ojos; mírame con su mirar risueño,
y en tanto cae la nieve del cielo de París.

 
Muchos años después, la poeta Almudena Guzmán recuperó este mismo poema de Rubén Darío para escribir su propia versión, llena de ironía:

Rubén era poeta
y ya se sabe cómo son los poetas,
pero yo nunca he tenido un abrigo
de marta cibelina
ni un solo biombo del Japón.

Mi gato no es de angora,
es callejero,
y para qué quiero una chimenea
si en casa hay calefacción central.

Queda la puntualización más importante:
no nevaba en París,
llovía en Roma.

Pero besarme sí que me besó.

Alfonsina Storni.

Alfonsina Storni.

Alfonsina Storni contempla en ‘Sierra’ una estampa invernal, la nieve del agosto argentino y ese sol furtivo que anuncia la primavera por venir:

Una mano invisible
acaricia calladamente
la pulpa triste
de los mundos rodantes.
Alguien, a quien no comprendo,
me macera el corazón
de dulzura.
En la nieve de agosto
se abre el sol
—sonrisa precoz de la primavera—
la flor del duraznero.
Tendida en el filo ocre
de la sierra,
una helada.

Sylvia Plath.

Sylvia Plath.

Sylvia Plath mira más allá de su ventana para ver unos ‘Árboles de invierno’ que soportan con estoicismo el paso del tiempo. La traducción al español es de Manuel Ramos Chouza:

Las húmedas tintas del amanecer se diluyen en su azul.
Con su secante de niebla los árboles
semejan un dibujo botánico –
recuerdos que surgen, anillo sobre anillo,
una sucesión de bodas.

Sin saber de abortos ni rencores,
más fieles que las mujeres,
¡se siembran con tan poco esfuerzo!
Saboreando los vientos, que no tienen raíces,
inmersos en la historia –

repletos de alas, pura espiritualidad.
Así, son Ledas.
¡Oh! madre de las hojas y la dulzura
¿quiénes son estas imágenes de la Piedad?
Las sombras de las palomas con su salmodia, que nada alivia.

Raymond Carver.

Raymond Carver.

Para terminar, un poema de Raymond Carver que retrata el desasosiego de una noche en blanco mientras afuera cae la nieve y la mente se resiste a quedar en silencio:

La mente no puede dormir, sólo yacer despierta y
absorber, escuchando cómo se reagrupa la nieve
para un último asalto.
Desea que Chejov estuviese aquí para administrar
algo: tres gotas de valeriana, un vaso
de agua de rosas… Cualquier cosa, da igual.
La mente quisiera escapar de aquí
y salir a la nieve. Quisiera correr
con una manada de hirsutos animales, todo colmillos,
bajo la luna, a través de la nieve, sin dejar
ni huellas ni rastro, nada tras de sí.
Esta noche la mente está enferma.

Esperamos que os haya gustado esta selección. Si tenéis alguna sugerencia sobre poemas que os gustaría añadir os invitamos a hacérnosla llegar a través de Facebook, Twitter o Instagram.

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