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Poesía de vinilo


ÁNGEL SALGUERO
¿Qué es lo primero que nos atrae de una canción? A menudo es la melodía, un sonido particular que nos engancha y nos empuja a seguir escuchando. Otras veces, sin embargo, es la letra. Palabras elevadas por la música a las que cada persona añade su propio significado individual, intransferible.

«La gente se preocupa porque los niños jueguen con pistolas o vean vídeos violentos, por si les absorbe una especie de cultura de la violencia», dice el protagonista de ‘Alta Fidelidad’, la adaptación al cine de la novela de Nick Hornby. «Nadie se preocupa porque los niños escuchen miles, y digo miles de canciones sobre desamores, rechazo, dolor, infelicidad, pérdida. ¿Escuchaba música pop porque era infeliz? ¿O era infeliz porque escuchaba música pop?».

 
Hay canciones cuyas letras tienen un poder especial, casi magnético. Son las que se graban en la memoria, amplifican nuestras emociones y evocan experiencias e instantes específicos. Su fuerza, en ocasiones, es equivalente a la de la mejor literatura, así que cabría preguntarse si se diferencian en algo de la ‘auténtica poesía’.

Los poemas viven en silencio, de forma autónoma, en las páginas de los libros. Las letras son sólo un elemento más de un conjunto, subordinadas a la música. La melodía siempre es lo primero en surgir, como sucedió en el caso de ‘Yesterday’ de Paul McCartney. Durante mucho tiempo, mientras acababa de componer el tema, McCartney lo cantó así: ‘Scrambled eggs / Oh my baby how I love your legs’ (Huevos revueltos / Oh nena cómo me encantan tus piernas).

La poesía cobra vida con la voz interior de cada lector pero tiene también su propio ritmo, marcado por la acentuación. Así se aprecia, por ejemplo, en la Rima XV de Bécquer, que casi parece escrita con un metrónomo:

Cendal flotante de leve bruma,
rizada cinta de blanca espuma,
rumor sonoro
de arpa de oro,
beso del aura, onda de luz:
eso eres tú.

 
Muchos años después, Kiko Veneno jugaría también con los acentos al adaptar al castellano el ‘Memphis Blues’ de Bob Dylan. Aun sin la música, de las imágenes surrealistas y el ritmo de las palabras nace un texto con entidad propia:

El hombre lluvia me dio dos remedios que aliviaran mi locura:
el primero era un remedio sureño, el segundo ginebra pura.
Como un loco hice una mezcla que me estranguló el cerebro,
ahora veo a la gente más fea y he perdido el sentido del tiempo.

Estellés en una imagen de la década de los 80.

Estellés en una imagen de la década de los 80.

El poeta, como el músico, es un observador de su realidad. Así retrataba Vicent Andrés Estellés el amor y la vida cotidiana en el poema ‘No escric èglogues’:

Carregaven els hòmens els ventruts camions.
Venien autobusos de Gandia i Paterna.
Eixien veus dels bars, l’olor d’oli fregit.
Tu venies solemne sobre les teues cames.
Oh la solemnitat de la teua carn tendra,
del teu cos adorable sobre les llargues cames!
Carrer avall, venies entre els solars, els crits,
els infants que jugaven en eixir de l’escola,
la dona arreplegava la roba del terrat,
l’home recomponia lentament un rellotge
mentre un amic parlava dels seus anys de presó
per coses de la guerra, tu venies solemne,
amb més solemnitat que el crepuscle, o amb una
dignitat que el crepuscle rebia de tu sola.

(Cargaban los hombres los ventrudos camiones. / Venían autobuses de Gandía y Paterna. / Salían voces de los bares, olor de aceite frito. / Tú venías solemne sobre tus piernas. / ¡Oh la solemnidad de tu carne tierna, / de tu cuerpo adorable sobre tus largas piernas! / Calle abajo, venías entre los solares, los gritos, / los niños que jugaban al salir de la escuela, / la mujer recogía la ropa en la azotea, / el hombre recomponía lentamente un reloj / mientras un amigo hablaba de sus años de prisión / por cosas de la guerra, tú venías solemne, / con más solemnidad que el crepúsculo, o con una / dignidad que el crepúsculo recibía solamente de ti.)

 
El compositor británico Paul Weller demostró un talento similar para la observación cuando retrató a principios de los ochenta, en este caso con cáustica ironía, el día a día de la clase obrera en el tema ‘That’s Entertainment’ (Eso es espectáculo). Una letra que, según el propio Weller, escribió en 10 minutos al regresar una noche del pub:

A police car and a screamin’ siren
Pneumatic drill and ripped-up concrete
A baby wailing, a stray dog howling
The screech of brakes and lamplight blinking

That’s entertainment
That’s entertainment

Waking up from bad dreams and smoking cigarettes
Cuddling a warm girl and smelling stale perfume
A hot summer’s day and sticky black tarmac
Feeding ducks in the park and wishing you were far away

That’s entertainment
That’s entertainment

(Un coche de policía y una sirena estruendosa / Un martillo neumático y cemento levantado / Un bebé que gime, un perro callejero que aúlla / Chirrido de frenos y una lámpara que parpadea / Eso es espectáculo / Eso es espectáculo / Despertarse de un mal sueño y fumar un cigarro / Abrazarse con una chica cariñosa y oler perfume rancio / Un día caluroso de verano y asfalto negro y pegajoso / Dar de comer a los patos en el parque y desear que estuvieras muy lejos / Eso es espectáculo / Eso es espectáculo)

 
Hubo una época en que los poemas se transmitían de forma oral. El diálogo de siglos entre la música y la poesía comenzó con los juglares, que viajaban de un sitio a otro difundiendo los textos. Ahora, tal vez los nuevos juglares sean los cantantes pop. Joan Manel Serrat popularizó en 1969 la obra de Machado en un disco que, contra el pronóstico de la propia discográfica, se convirtió en uno de sus mayores éxitos. Leonard Cohen utilizó una traducción casi literal al inglés del ‘Pequeño vals vienés’ de Federico García Lorca para crear uno de sus temas más conocidos.

 
Amancio Prada puso también música a los ‘Sonetos del amor oscuro’ del poeta granadino, entre ellos este ‘Soneto de la dulce queja’…

Tengo miedo a perder la maravilla
de tus ojos de estatua y el acento
que de noche me pone en la mejilla
la solitaria rosa de tu aliento.

Tengo pena de ser en esta orilla
tronco sin ramas; y lo que más siento
es no tener la flor, pulpa o arcilla,
para el gusano de mi sufrimiento.

Si tú eres el tesoro oculto mío,
si eres mi cruz y mi dolor mojado,
si soy el perro de tu señorío,

no me dejes perder lo que he ganado
y decora las aguas de tu río
con hojas de mi otoño enajenado.

 
…cuyo tono e imágenes recuerdan a una canción que retrató también la herida abierta del desamor, ‘Ne me quitte pas’ (No me abandones) de Jacques Brel:

Moi je t’offrirai
Des perles de pluie
Venues de pays
Où il ne pleut pas
Je creuserai la terre
Jusqu’après ma mort
Pour couvrir ton corps
D’or et de lumière
Je ferai un domaine
Où l’amour sera roi
Où l’amour sera loi
Où tu seras reine
Ne me quitte pas
Ne me quitte pas
Ne me quitte pas
Ne me quitte pas

(Yo te ofreceré / Perlas de lluvia / Llegadas de un país / Donde nunca llueve / Cavaré la tierra / Hasta después de mi muerte / Para cubrir tu cuerpo / De oro y de luz / Construiré un dominio / Donde el amor será rey / Donde el amor será ley / Donde tú serás reina / No me abandones / No me abandones / No me abandones / No me abandones)

Y no sólo la poesía se filtra en la música. Hay poetas que reconocen la influencia del pop en sus obras como la norteamericana Tracy K. Smith, que dedica a David Bowie su libro ‘Life on Mars’ (Vida en Marte), o Luis Alberto de Cuenca, que combinó la poesía formal con la escritura de letras para La Orquesta Mondragón o Loquillo.

 
Las letras de canciones y los poemas viven en mundos paralelos. Son formas de expresión distintas, a veces complementarias, pero cada una posee sus propias reglas. Por ello, como afirma el crítico Rob Woodard, «lo mejor casi siempre es no sacarlas de sus propios universos. Sin embargo, cuando surge una excepción creo que sí debería ser celebrada, pues seguramente combina lo mejor de ambos medios artísticos y como tal, es algo admirable de contemplar».

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