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Por qué la poesía resulta tan crucial ahora mismo

Reproducimos por su interés este artículo de opinión publicado originalmente por el New York Times.

TISH HARRISON WARREN

Este verano, sin haberlo planeado, me apunté a un curso sobre poesía dirigido a líderes cristianos. Doce de nosotros nos reuníamos por Zoom para recitar poemas y debatir sobre la intersección de nuestra fe, las vocaciones y la poesía.

En nuestra primera clase nos turnamos para comentar qué era lo que nos llevaba a pasar tiempo con la poesía. Yo traté de explicar con torpeza mi anhelo por los versos. Ansío una realidad trascendente: lo bueno, lo verdadero, lo hermoso, esas cosas que de alguna manera se sitúan más allá de la mera discusión. Aun así, a menudo, como escritora, pastora y simplemente como una persona que pasa tiempo online, encuentro que mi vida está dominada por el debate, la polémica y por desconocidos que discuten a voces sobre política o doctrina eclesiástica. Este año pasado en especial ha estado marcado por los insultos y la división. Me agota tanto rencor.

Rilke.

En esta frágil situación de hastío, la poesía susurra verdades que no pueden circunscribirse a la mera racionalidad o la experiencia. En un mundo en apariencia fracturado, me siento atraída por Rilke y su ‘Otoño’ y recuerdo que «hay alguien que detiene esas caídas / con infinita dulzura entre Sus manos». Cuando las Escrituras suenan a manido, James Weldon Johnson predica con ‘El hijo pródigo’ y es como escuchar esa vieja parábola por primera vez. Los domingos más agotadores me dejo caer en los poemas del ‘Sabbath’ de Wendell Berry y hallo descanso.

Y no sólo soy yo quien se interesa por esta antigua forma de arte. Parece que la poesía vuelve a estar de moda. Según una encuesta realizada en 2018 por el Fondo Nacional para las Artes en Estados Unidos, el número de adultos que lee poesía se ha multiplicado casi por dos en cinco años y es ya el más alto registrado en los últimos 15 años. La poeta Amanda Gorman se llevó la palma este año en la toma de posesión de Joe Biden como presidente, y su poemario ‘La colina que ascendemos’ fue número uno en la lista de los libros más vendidos de Amazon.

No existe un único motivo para este resurgir. Pero creo que una de las principales aportaciones de la poesía hoy en día es que los buenos poemas reivindican el poder y la gracia de las palabras.

Varias personas utilizan teléfonos móviles.

Ahora las palabras parecen omnipresentes. Todo un mundo de palabras nos acompaña en cada momento en nuestros teléfonos. Interactuamos con nuestras familias y amigos a través de la palabra escrita en correos electrónicos, mensajes y posts de Facebook. Pero esta nueva habilidad para difundir cualquier palabra que queramos, en cualquier momento, puede restarles valor.

«Como cualquier otro recurso vital», asegura Marilyn Chandler en su libro ‘Cuidando de las palabras en una cultura de mentiras’, «el lenguaje puede agotarse, contaminarse, erosionarse y adulterarse con estimulantes artificiales». Señala que el lenguaje necesita ser rescatado y restaurado, y apunta a la práctica de leer y escribir poesía como una de las maneras de conseguirlo. Los poemas, afirma, «educan y ejercitan la imaginación» para «lograr la paz» porque «el amor por la belleza está íntimamente relacionado con el amor por la paz».

Y en efecto, en nuestra era de las redes sociales, las palabras se utilizan con frecuencia como arma. La poesía, sin embargo, trata las palabras con cuidado. Se convierten poco a poco en linternas: objetos capaces de iluminar y guiar. Por supuesto, el debate tiene su importancia, al igual que las discusiones. Pero cuando parece que todo lo que hay que decir sobre la vida y la muerte, o el amor, o Dios, se reduce a las polémicas urgentes del día, la poesía me recuerda esas verdades misteriosas que no se pueden limitar sólo a un pensamiento lineal.

La poesía puede formar parte también de un debate inteligente, por supuesto. Pero incluso la poesía didáctica —la que desarrolla una argumentación— lo hace de una manera más creativa, meticulosa y atractiva de lo que suele verse en nuestro acalorado discurso público.

Otra razón por la que creo que nos atrae la poesía: los poemas nos obligan a ir más despacio. Mi profesor de poesía este verano, Abram Van Engen, catedrático en la Universidad de Washington en St. Louis, me recordaba que la poesía es el arte de «prestar atención». En una era en la que la atención está mercantilizada, cuando las corporaciones ganan dinero capturando nuestra mirada y reteniéndola el mayor tiempo posible, muchos nos sentimos abrumados por las notificaciones, por las complicaciones y el estruendo de nuestras vidas. La poesía nos invita a percibir y prestar atención al mundo que se plasma a nuestro alrededor y a nuestras vidas interiores.

En este sentido, la poesía es como una oración, una comparación que ya han hecho muchos otros. Tanto la poesía como la oración nos recuerdan que hay mucho más que decir acerca de la realidad de lo que puede expresarse con palabras aunque, en ambas, nos servimos de las palabras para tratar de vislumbrar lo que existe más allá de las palabras. Y las dos también dejan espacio para sombrar nuestros anhelos, lamentos y amores más profundos. Quizá por esta razón la poesía de los Salmos se convirtió en el primer libro de oraciones de la Iglesia.

Estoy intentando leer más poesía en mi vida diaria. Leer poemas nuevos puede resultar intimidante, pero pienso que la única forma de equivocarse con la poesía es evitarla. Ayuda el hecho de que la poesía con frecuencia sea breve y rápida de leer, de modo que la encajo en los rincones de mi día: unos pocos minutos en la cama por la noche o en la tregua de un sábado por la tarde.

El pasado año escolar, con mis hijos en casa debido a las precauciones por el Covid, solíamos amontonar libros de poesía en la mesa una vez a la semana (Shel Silverstein, Shakespeare, Nokki Grimes, Emily Dickinson), comer galletas y leer poesía en alto. Ahora intento tener siempre a mano algún libro de versos.

En uno de mis poemas preferidos, Gerard Manley escribe sobre una belleza que «trasciende el cambio». En este mundo, en el que el paisaje político, tecnológico y social cambia a velocidad de vértigo, muchos aún añoramos en silencio una belleza inmutable. La poesía representa así una especie de reclamo colectivo que nos lleva más allá de lo que incluso nuestras mejores palabras pueden expresar.

Tish Harrison Warren es sacerdote en la Iglesia Anglicana de Norteamérica

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