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Quince maneras de mirar a los pájaros

El pájaro es uno de los símbolos más persistentes y versátiles en la tradición poética. Puede representar la voz del poeta, el alma, la libertad (o falta de ella), el amor, el tiempo o incluso la muerte. Y como decía el experto José Manuel Blecua, «el pájaro enseña al poeta su mejor y rara lección: cantar y encantar porque sí, sin triquiñuelas y sin falsificaciones». En esta selección, inspirados por el ejercicio de Wallace Stevens con el que la iniciamos, ofrecemos múltiples maneras en que los poetas han observado a estos animales a lo largo de los siglos.

Ilustración principal de Dayana Piñeros.

Wallace Stevens.

Trece maneras de mirar a un mirlo
Wallace Stevens

I

Entre veinte montañas nevadas,
lo único que se movía
era el ojo del mirlo.

II

Tenía tres visiones distintas,
como un árbol
en el que hay tres mirlos.

III

El mirlo giraba con los vientos otoñales.
Era solo una parte de la pantomima.

IV

Un hombre y una mujer
son uno.
Un hombre y una mujer y un mirlo
son uno.

V

No sé lo que prefiero,
si la belleza de las inflexiones
o la belleza de las insinuaciones,
si el mirlo cuando silba
o justo después.

VI

Témpanos cubrían la alta ventana
de bárbaro cristal.
La sombra del mirlo
la cruzó, de uno a otro lado.
El ambiente
trazó en la sombra
una causa indescifrable.

VII

Oh, delgados hombres de Haddam,
¿por qué imagináis pájaros dorados?
¿No veis cómo camina el mirlo
en torno a los pies
de las mujeres que os rodean?

VIII

Sé de nobles matices
y ritmos lúcidos e ineludibles;
pero sé, también,
que el mirlo está implicado
en lo que sé.

IX

Cuando el mirlo voló hasta perderse de vista
señaló el límite
de uno de muchos círculos.

X

Al divisar mirlos
volando bajo una luz verde,
hasta las alcahuetas de la eufonía
gritarían con estruendo.

XI

Viajaba por Connecticut
en una carroza de cristal.
Una vez le asaltó el miedo
al confundir
la sombra de su carruaje
con mirlos.

XII

El río se mueve,
El mirlo debe estar volando.

XIII

Fue de noche toda la tarde.
Nevaba
e iba a nevar.
El mirlo se posó
en las ramas del cedro.

(Traducción de Ángel Salguero)

Lee el poema original.

Romance del prisionero
Anónimo

Que por mayo era, por mayo,
cuando hace la calor,
cuando los trigos encañan
y están los campos en flor,
cuando canta la calandria
y responde el ruiseñor,
cuando los enamorados
van a servir al amor,
sino yo, triste, cuitado,
que vivo en esta prisión,
que ni sé cuándo es día
ni cuándo las noches son,
sino por una avecilla
que me cantaba al albor.
Matómela un ballestero;
¡dele Dios mal galardón!

La balada de la garza y el mirlo
Joan Roís de Corella

Verdes los pies, negros los ojos y las cejas negras,
blanco el plumaje, he visto una garza,
sola, sin par, alejada del resto,
que de mirarla quedan alegres mis pupilas;
y junto a ella se encontraba un mirlo,
de gesto, de plumas y de porte tales,
que no hay poeta en este mundo, por ilustre,
que alabar pueda con sus versos a tal perla.
Y con dulce voz, hábilmente entonada,
canto y tenor, cantaban esta balada:

«El mal que sufro no puedo aliviar,
si no me miráis
con ojos tales, que bien pueda decir
que ya no os place
que yo por vos deba morir.

Si por vos muero, creeréis entonces
en el amor que os tengo,
pues no puede ser que no lloréis
la triste muerte
de aquél a quien ahora despreciáis;

que del mal que sufro no puedo aliviarme
si no volvéis
vuestros ojos que quieren decirme
que ya no os place
que yo por vos deba morir».

(Traducción de Juan Carlos Cabrera Pons)

Lee el poema original.

William Wordsworth.

Oda: Insinuaciones de inmortalidad desde recuerdos de la temprana infancia
William Wordsworth

Cantad pues, oh pájaros, ¡cantad una canción jubilosa!
¡Dejad brincar a los jóvenes corderos
como si siguieran el ritmo del tambor!
¡Nosotros nos uniremos con el pensamiento a vuestra multitud,
vosotros que tocáis la gaita y vosotros que jugáis,
vosotros que a través de vuestros corazones a diario
sentís el regocijo de mayo!
Aunque el resplandor que una vez fue tan luminoso
sea ahora retirado para siempre de mi vista,
aunque nada pueda devolver la hora
del esplendor en la hierba, de la gloria entre las flores;
no lloraremos, sino que encontraremos
fuerza en lo que queda atrás;
en la comprensión original
que al haber sido una vez debe permanecer para siempre;
en los lenitivos pensamientos que se levantan
del sufrimiento humano;
en la fe que mira a través de la muerte,
en los años que traen la mente filosófica.

(Traducción de Gonzalo Torné)

Lee el poema original.

Emily Dickinson.

El ruido más triste, el ruido más dulce
Emily Dickinson

El ruido más triste, el ruido más dulce,
el ruido más alocado que hay —
lo producen en primavera los pájaros                                                                                
en el cierre delicioso de la noche.

En el paso entre Marzo y Abril —
esa mágica frontera
ante la cual duda el verano,
casi paradisíaco en su cercanía.

Nos hace pensar en todos los muertos
que una vez nos acompañaron aquí,
a los que la brujería de la separación
hace más cruelmente queridos.

Nos hace pensar en aquello que tuvimos
y que ahora lloramos.
Casi desearíamos que esas gargantas de sirena
se marcharan y dejasen de cantar.

El oído puede atravesar el corazón humano
tan rápido como una flecha.
Ojalá el oído no tuviese un corazón
tan peligrosamente cerca.

(Traducción de Ángel Salguero)

Lee el poema original.

Enrique González Martínez.

Contra el cisne
Enrique González Martínez

Tuércele el cuello al cisne de engañoso plumaje
que da su nota blanca al azul de la fuente;
él pasea su gracia no más, pero no siente
el alma de las cosas ni la voz del paisaje.

Huye de toda forma y de todo lenguaje
que no vayan acordes con el ritmo latente
de la vida profunda… y adora intensamente
la vida, y que la vida comprenda tu homenaje.

Mira al sapiente búho cómo tiende las alas
desde el Olimpo, deja el regazo de Palas
y posa en aquel árbol el vuelo taciturno…

El no tiene la gracia del cisne, mas su inquieta
pupila, que se clava en la sombra, interpreta
el misterioso libro del silencio nocturno.

Ernestina de Champourcín.

Si pudiera explicarles…
Ernestina de Champourcín

¿Si pudiera explicarles para qué tanta alegría?
El pájaro no explica
Y la rosa tampoco.

Pedro Salinas.

¿El pájaro? ¿Los pájaros?
Pedro Salinas

¿El pájaro? ¿Los pájaros?
¿Hay sólo un solo pájaro en el mundo
que vuela con mil alas, y que canta
con incontables trinos, siempre solo?
¿Son tierra y cielo espejos? ¿Es el aire
espejeo del aire, y el gran pájaro
único multiplica
su soledad en apariencias miles?
(¿Y por eso
le llamamos los pájaros?)
¿O quizá no hay un pájaro?
¿Y son ellos,
fatal plural inmenso, como el mar,
bandada innúmera, oleaje de alas,
donde la vista busca y quiere el alma
distinguir la verdad del solo pájaro,
de su esencia sin fin, del uno hermoso?

Ida Vitale.
Ida Vitale.

Sin el nombre del pájaro
Ida Vitale

Qué desolado ese piar en medio
de esta lluvia nocturna que anticipa el relámpago
y el rodar poderoso del trueno que lo sigue.
No tiene nido o ha perdido el rumbo.
Qué soledad, como de ser sin alma
o con más alma de la conveniente.
Alguien un día estará solo, oyendo
esta misma tristeza y este canto,
disperso entonces lo hoy entrelazado.

Sanora Babb.

Pájaros en la tormenta
Sanora Babb

Los pájaros me estaban esperando;
me esperaban a las nueve y a las cuatro.
Ahora eran las cuatro y media y no me habían visto en todo el día.
Tenían sus propios relojes.
La fuerte lluvia caía al bies, batiendo, desbordándose;
se precipitaba con estruendo por la calle en cuesta y sobre el bordillo.
Un relámpago quebró el cielo de nubes oscuras
y el trueno estremeció la ciudad.
En los intervalos de calma oía a los pájaros.
La gente se apresuraba a volver a casa en la tormenta
y sus coches levantaban grandes láminas de agua.
Me fui al lugar elevado donde daba de comer a los pájaros.
Cuando me vieron se lanzaron a parlotear y a cantar,
volaron fuera del cobijo de los árboles
y se posaron en el suelo, tiñéndolo de sus colores.
Les di semillas para varios días.
La lluvia me golpeaba y me hacía daño,
caía como una sacudida enérgica.
Liberó su fuerza contra los pájaros.
La aceptaron, comieron y parlotearon.
Unos pocos se tambalearon.
Uno de ellos voló a un tejado de tejas rojas
y cantó todo un remolino melódico de notas
antes de regresar a un árbol ondeante, sacudido por el viento.

(Traducción de Ángel Salguero)

Jacques Prévert.

Para hacer el retrato de un pájaro
Jacques Prévert

A Elsa Henríquez

Pintar primero una jaula
con una puerta abierta
pintar luego
algo lindo
algo simple
algo bello
algo útil
para el pájaro
poner luego la tela contra un árbol
en un jardín
en una arboleda
o en un bosque
esconderse detrás del árbol
sin decir nada
sin moverse…
A veces el pájaro llega rápido
pero también le puede llevar largos años
tomar la decisión
No desalentarse
esperar
esperar si hace falta muchos años
la rapidez o la lentitud que le tome al pájaro llegar
no tiene ninguna relación
con el éxito del cuadro
Cuando el pájaro llegue
si llega
guardar el más profundo silencio
esperar a que el pájaro entre en la jaula
y cuando entre
cerrar suavemente la puerta con un pincel
después
borrar uno a uno todos los barrotes
teniendo cuidado de no tocar las plumas del pájaro
Hacer luego el retrato del árbol
eligiendo la más bella de las ramas
para el pájaro
pintar también el follaje verde y la frescura del viento
el polvo del sol
y el ruido de los insectos sobre la hierba en el calor del verano
y después esperar que el pájaro se decida a cantar
Si el pájaro no canta
es mal signo
signo de que el cuadro es malo
pero si canta es buen signo
signo de que puede firmar
Entonces arranque suavemente
una de las plumas del pájaro
y escriba su nombre en un rincón del cuadro.

(Traducción de Valeria Melchiorre)

Lee el poema original.

Claudio Rodríguez.

Gorrión
Claudio Rodríguez

No olvida. No se aleja
este granuja astuto
de nuestra vida. Siempre
de prestado, sin rumbo,
como cualquiera, aquí anda,
se lava aquí, tozudo,
entre nuestros zapatos.
¿Qué busca en nuestro oscuro
vivir? ¿Qué amor encuentra
en nuestro pan tan duro?
Ya dio al aire a los muertos
este gorrión que pudo
volar pero aquí sigue,
aquí abajo, seguro,
metiendo en su pechuga
todo el polvo del mundo.

Audre Lorde.

Un viaje en el Ferry de Staten Island
Audre Lorde

Querido Jonno*,
hay palomas que anidan
en el Ferry de Staten Island
y crían a sus pequeños
entre las cubiertas móviles
y nunca tocan
tierra.

Cada viaje es una travesía.

Aprecia esta ciudad
que heredaste sin pedirla
inclúyela en tus ensoñaciones
quedan aún             secretos

en las calles
que ni siquiera yo he descubierto
quién sabe si los viejos
que lustran zapatos en el Ferry de Staten Island
cargan con su mundo             en esa caja
que acarrean al hombro
si comparten su almuerzo
con los pájaros que vuelan
de aquí a allá
en una travesía sin fin
si alguna vez encuentran el camino
de vuelta a casa.

(Traducción de Ángel Salguero)

Lee el poema original.

*Jonno era el apodo familiar de Johathan Rollins, uno de los hijos de Audre Lorde.

Marianne Moore.
Marianne Moore.

Cabeza de chorlito
Marianne Moore

Con inocentes ojos abiertos de pingüino,
       tres grandes sinsontes inexpertos bajo
el sauce
       esperan en fila,
ala con ala, delicadamente solemnes,
hasta que ven 
       a su madre ya no más grande
       que ellos trayendo
algo que alimentará 
parcialmente a uno solo.

Hacia el agudo chillido intermitente
       de muelles de carro rotos que 
emiten las tres formas similares
       con plumaje apagado
y moteado se acerca ella; y cuando 
del pico
       de uno cae el escarabajo. 
       aún vivo, 
ella lo recoge y se lo
vuelve a poner.

De pie a la sombra hasta que han vestido
       su manto pálido y denso 
como un sauce,
       extienden la cola 
y las alas, mostrando uno a uno
la modesta 
       franja blanca que recorre 
       la cola y atraviesa 
el vientre del ala, y el 
acordeón 

vuelve a cerrarse. ¿Qué deliciosa nota,
     con rápidos e inesperados sones
de flauta que brotaban de la garganta
       de la astuta

ave adulta regresan a uno a través
del remoto 
       aire inerte 
       y soleado
antes de que las crías llegaran? Qué áspera
se ha vuelto la voz del ave.

Un gato blanco y negro que los observa, 
       se arrastra despacio hacia el pulcro
trío sobre el tronco del árbol.
       No habituados a él
los tres le hacen sitio: un incómodo
problema nuevo.
       Una pata en el aire que perdió
       su agarre, se alza
y encuentra la rama donde
planeaba posarse. La

madre se lanza en picado movida por lo que hiela
       la sangre y, premiada en su esfuerzo
por la esperanza —pues nada llena
       las bocas que pían
hambrientas—, libra un combate mortal
y mata a medias,
       con el pico de bayoneta y
       crueles alas, al 
gato intelectual
que r e p t a b a cauteloso.

(A partir de una traducción de Olivia de Miguel)

Paul Auster.

Radios (fragmento)
Paul Auster

Entre el gorrión y el pájaro sin nombre:
su presa.
La luz escapa por el intervalo.

(Traducción de Jordi Doce)

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