«Su poema. Gracias»:
Otras formas de poesía
ALBERTO SANCHO
Parece mentira que un verso —porque lo es— como «Todos esos momentos se perderán en el tiempo… como lágrimas en la lluvia» saliera de un replicante. Tal vez todo se debe a lo que muchos consideran una inspiración de Hauer en Rimbaud; en 1873 escribió Le bateau ivre, que decía: «¡Pero, de verdad, yo lloré demasiado! Las Albas son desoladoras. Toda luna es atroz y todo sol amargo: El acre amor me ha hinchado de torpezas embriagadoras», unos versos que se han considerado la base del monólogo con el que acaba Blade Runner.
Más allá de replicantes, la inteligencia artificial se ha intentado acercar a la creación artística en numerosas ocasiones, en concreto a la creación más o menos automática de relatos, poemas o canciones. En julio de 2015, en una universidad de Hannover, se intentaron implementar algoritmos capaces de crear relatos cortos, canciones o poemas. Todo ello a modo de competición con un humano con la intención de ‘alcanzar una nueva dimensión de la inteligencia artificial y creativa’. El resultado: la mayoría de personas no supieron distinguir entre el soneto creado por la máquina y uno de Shakespeare. «Esto no significa que sea mejor, pero fue lo que la gente prefirió».
Todo esto puede recordarnos a El gran gramatizador automático, uno de los cuentos de Roald Dahl en el que su protagonista cree que las normas lingüísticas se rigen por las matemáticas y crea una enorme máquina capaz de escribir novelas, fulminando la creatividad humana de un plumazo –aunque no sin fallos técnicos—:
«Alargó el brazo y tiró de una palanca que había en el panel. La habitación se llenó inmediatamente de un zumbido ensordecedor y de un chisporroteo eléctrico, mientras unas cuartillas iban saliendo de una ranura situada a la derecha del panel de control. Cogieron las cuartillas y empezaron a leerlas y comenzaba así: ‘Aifkjmbsaoegweztppln voq udskigt. El señor Dohlen empezó a chillar’».
A Skryf le fue algo mejor que al señor Dohlen. Claro, su cometido era bastante menos pretencioso… El artista Gijs van Bon (1975) sólo pretendía que su robot escribiera versos de grandes poetas en el suelo. Seguramente es más poético que el propio robot pensar que los versos, escritos con arena, desapareciesen como lágrimas en la lluvia.
Mr. Matias es otro de nuestros amigos imaginarios. Usando sugerencias de palabras generadas por un algoritmo, este escritor en ciernes creado en la Universidad de Stanford fue capaz de componer poemas con el estilo de William Gibson o Shakespeare. Los creadores afirmaban no ver nada negativo en el hecho de que una máquina se dedique a escribir poesía, pero no creemos que les fuera demasiado bien cuando su conclusión fue —obviamente— que «un poeta es más que alguien que hace poesía, y eso no puede tenerlo un algoritmo».
Esto es más innovador: «With algorithms subtle and discrete / I seek iambic writings to retweet» (algo así como «Con algoritmos sutiles y discretos / busco escritos yámbicos que retuitear». El término ‘yámbico’ podría ser aquí un sinónimo de ‘verso’; véase ‘verso yámbico’). Él es @Pentametron y se adentra en el proceloso mar de Twitter para conseguir composiciones como esta:
« Why everybody calling me tonight?
Things always happens for a reason right?
I have a cold and I’m exhausted why» (Tuit 1, 2 y 3)
(¿Por qué me llama todo el mundo esta noche?
Las cosas siempre suceden por algo, ¿no?
Estoy resfriado y cansado, ¿por qué?)
¿Volvemos a las influencias? Aunque tiene más de 20.400 seguidores, sólo sigue a dos usuarios de Twitter: @sonnets (sonetos de Shakespeare) y a @Wwm_Shakespeare.
Nosotros seguimos prefiriendo que la poesía tenga algo de alma, por eso #YoBorges nos despierta un poco más de interés. Bajo el lema “Juega. Prueba. Combina. Tú eres Borges hoy”, 415.000.000.000 combinaciones (no cuentes los ceros: son muchas) con sus versos.
Pero es que, si hablamos de rarezas y formas alternativas de poesía, no podemos evitar quedarnos con dos —lo admitimos: poco tienen que ver con autómatas o robots humanoides—.
Joan Brossa no entendió nunca de géneros, quizás por eso creó el suyo propio. Sus poemas visuales, no por simples, dejaban de ser certeros:
Sencillez y creatividad tan impecables que cuesta creer que han sido creadas por un humano pero que ninguna máquina podría crear. Lo mismo ocurre con el que podemos considerar un discípulo directo.

La obra de Chema Madoz (Madrid, 1958) nos da rabia. Asumamos que nos da rabia no haber pensado antes que él en alguna de sus fotos. Nunca ha querido definirse; ¿fotógrafo? ¿poeta? ¿escultor?. Todo eso y mucho más, pero esa capacidad de síntesis sólo la tienen los poetas.
Para acabar, nos desprendemos de toda máquina para recordar a otros poetas visuales con la palabra como protagonista. Imposible no tener en cuenta los caligramas de Guillaume Apollinaire (en la imagen), Joan Brossa o a Joan Salvat-Papasseit, que no tienen suficiente con las letras y las entremezclan con las ilustraciones para reforzar el mensaje.
Otros autores han jugado con la forma de leer —de manera un poco menos compleja que las instrucciones de Cortázar para enfrentarse a Rayuela—. En el caso de Francesc Vicent Garcia (finales del XVI), Teresa podría leerse de la manera tradicional (que también contenía acrósticos) o en forma de laberinto, como podemos ver en la imagen:
Sólo una cosa más, para quienes siguen escribiendo versos en la barra del bar pero buscan algo diferente. Esos autómatas y máquinas gigantescas nos evocan, casi de manera inconsciente, la estética steampunk. Casi seguro que los versos que salen tomándose un café en el Enigma no hablan de cañones por banda ni de cómo clavas en mi pupila tu pupila azul. Habrá que probar, ¿no?










