Single Blog Title

This is a single blog caption

Tras un año de pandemia, poemas que recuerdan el valor del contacto físico

Se ha cumplido un año desde que la vida, tal como la conocíamos, diera un giro radical, casi de un día para otro. En este tiempo la pandemia nos ha robado muchas cosas, entre ellas la proximidad, el contacto y los abrazos… Doce meses después, cuando aún parece lejana la vuelta a la ‘normalidad’, nos queda la poesía para recordar el valor de esos abrazos que tanto nos duele no dar.

Mark Doty

Mark Doty

Por ejemplo, en este poema del autor norteamericano Mark Doty, el abrazo es el símbolo de un lazo vital que no se rompe, ni siquiera, tras la muerte:

No estabas bien pero tampoco muy enfermo todavía;
sólo algo cansado, con tu belleza
teñida por el dolor o la anticipación, que dotaban
a tu rostro de una profunda y reflexiva gracia.

No dudé ni por un momento de que estabas muerto.
Sabía que era un hecho, incluso en el sueño.
Habías salido —¿a trabajar, tal vez?—
y tuviste un día bueno, intenso casi.

Parecía que nos mudábamos de una vieja casa
en la que habíamos vivido, cajas por todas partes, cosas
desordenadas: ese era el argumento de mi sueño
pero, aun dormido, la sorpresa de tu rostro

me hizo perder el hilo, el hecho físico de tu rostro:
a centímetros del mío, recién afeitado, cariñoso, atento.
¿Por qué es tan difícil recordar tu auténtico
aspecto sin una fotografía, sin esfuerzo?

Así que cuando vi tu rostro vulnerable, leal,
tu mirada inconfundible que desprendía toda la calidez
y la claridad de una taza de té caliente nos abrazamos
durante el tiempo que el sueño nos permitió.

Bendito seas. Regresaste para que pudiera verte
otra vez, con claridad, para que pudiera apoyarme en ti
sin pensar que esta felicidad fuera a aliviar nada,
sin pensar que estabas vivo de nuevo.

Thom Gunn

Thom Gunn

Para el británico Thom Gunn, por otra parte, un abrazo inesperado le devuelve a través del tiempo al momento en que la pasión era aún un terreno inexplorado:

Era tu cumpleaños, nos pasamos media noche
bebiendo y comiendo con nuestro viejo amigo
que al final nos guio
a una cama que alcancé de una etílica zancada.
Enseguida me puse cómodo
y amodorrado por el vino dormité de costado.

Dormité, dormí. Mi sueño se quebró por un abrazo,
de repente, desde detrás,
en el que se fundieron enteros nuestros cuerpos:
tu empeine en mi talón,
mis omóplatos contra tu pecho.
No era sexo, pero sentía
toda la fuerza de tu cuerpo unido,
o sujeto, al mío,
y entrelazándome a ti
como si aun tuviéramos veintidós años,
cuando nuestra gran pasión aún
no resultaba familiar.
Mi rápido sueño había borrado
todo el tiempo y espacio entremedias.
Sólo conocía
la constancia de tu abrazo seguro, firme y desnudo.

Anis Mojgani

Anis Mojgani

En este poema del autor norteamericano Anis Mojgani, un momento en apariencia cotidiano se transforma en algo mágico y trascendental:

Te metes en la ducha y preguntas:
¿Me haces compañía?
Me siento en la tapa del retrete
y mientras te lavas y riegas
al mismo tiempo los helechos la planta araña
los potos que se extienden por el azulejo
maravillándote en voz alta de lo mucho que disfrutas
regándolas mientras te duchas
te leo de un libro que tuve una vez
y que justo esta mañana he vuelto a comprar
porque hoy no quería escribir ningún poema
pero sí que quería leerlos hoy
para que lo que toca la luz las praderas que florecen salvajes en mí
para que esa luz ocurra leyendo a otra persona
los poemas que una vez me mostraron las formas
en que mi corazón podría agrandarse
poemas del mar y de la tierra y de la llamada que surge de
todo cuanto brota y nace del amor y el amor
y te leo lo que brota
digo en voz alta lo que nace
contigo al otro lado
de la cortina de la ducha — con tu cuerpo detrás
como un pastel de Degas
con la luz de la ventana sosteniendo tus hombros y yo
lanzando al aire temblorosas las palabras del chileno
leo y leo en alto y en alto tú
apartas el velo
y con gotas de agua
en tu boca
te inclinas por delante de la enredadera que recorre la pared
fuera de la ducha para tocar
con tu mano mi rostro
el pulgar sobre la mejilla
la palma envolviendo la mandíbula
tocando mi piel como una seda con que vestirte
levantando mi barbilla y bajando la tuya
para besarme
tus labios húmedos contra los míos
y dejas respirando a mi corazón
tras su propia jungla de hojas húmedas
la lengua más suave contra mis dientes
el agua de ti en mi boca

Un joven Pablo Neruda.

No sabemos si sería este el poema de Pablo Neruda al que hace referencia Anis Mojgani, pero aquí el poeta chileno utiliza las manos de su amada y las metáforas sobre el tacto para crear un relato circular y sensual sobre la relación entre ambos:

Cuando tus manos salen,
y amor, hacia las mías,
¿qué me traen volando?
¿Por qué se detuvieron en mi boca,
de pronto,
por qué las reconozco
como si entonces antes,
las hubiera tocado,
como si antes de ser
hubieran recorrido
mi frente, mi cintura?

Su suavidad venía
volando sobre el tiempo,
sobre el mar, sobre el humo,
sobre la primavera,
y cuando tú pusiste
tus manos en mi pecho,
reconocí esas alas
de paloma dorada,
reconocí esa greda
y ese color de trigo.

Los años de mi vida
yo caminé buscándolas.
Subí las escaleras,
crucé los arrecifes,
me llevaron los trenes,
las aguas me trajeron,
y en la piel de las uvas
me pareció tocarte.
La madera de pronto
me trajo tu contacto,
la almendra me anunciaba
tu suavidad secreta,
hasta que se cerraron
tus manos en mi pecho
y allí como dos alas
terminaron su viaje.

Anne Sexton

Anne Sexton

Anne Sexton, otra de las autoras que —al igual que Sylvia Plath o Robert Lowell— se adscribieron a la poesía confesional, convierte su mano en una metáfora de su deseo de contacto físico. La traducción es de José Luis Reina Palazón, publicada por Linteo en su edición de la obra completa de Sexton:

Durante meses mi mano ha estado encerrada
en una caja de lata. Allí no había otra cosa que verjas del metro.
Tal vez está magullada, pensé,
y por eso la han encerrado.
Pero cuando miré dentro yacía allí tranquila.
Por ella se podría indicar la hora, pensé,
como un reloj, por sus cinco nudillos
y las finas venas subterráneas.
Yacía allí como una mujer inconsciente
alimentada por tubos de los que nada sabía.

La mano estaba agotada,
una pequeña paloma torcaz
que había elegido el retiro.
Le di la vuelta y la palma estaba vieja,
sus líneas trazadas como finos bordados,
cosidos hacia los dedos.
Estaba gorda y blanda y en algunas partes ciega.
Vulnerable sin más.

Y todo esto es metáfora.
Una mano normal — sólo que en soledad
de acariciar algo
que la acaricie a su vez.
La perra no hace eso.
Su rabo se agita en la ciénaga tras una rana.
Yo no soy mejor que una lata de comida para perros.
Ella es dueña de su hambre.
Mis hermanas no harán eso.
Ellas viven en la escuela, excepto para botones
y lágrimas que se derraman como limonada.
Mi padre no hará eso.
Está incluido en la casa y también de noche
vive en una máquina hecha por mi madre
y muy entusiasmado con su trabajo, su trabajo.

El problema está
en que dejé helarse a mis gestos.
El problema no estaba
en la cocina ni en los tulipanes,
sino sólo en mi cabeza, mi cabeza.

Después todo se hizo historia.
Tu mano encontró la mía.
La vida se disparó en mis dedos como un coágulo de sangre.
Oh, carpintero mío,
los dedos están reconstruidos.
Bailan con los tuyos.
Bailan en el ático y en Viena.
Mi mano está viva sobre toda América.
Ni siquiera la muerte la detiene,
la muerte que derrama su sangre.
Nada la detendrá, pues esto es el reino,
que el reino venga.

Federico García Lorca

Para acabar, en esta ‘Zarzamora con el tronco gris’ de sus ‘Canciones Andaluzas’, Federico García Lorca imagina otro tipo de relación y crea una metáfora sobre el amor y el deseo:

Zarzamora con el tronco gris,
dame un racimo para mí.

Sangre y espinas. Acércate.
Si tú me quieres, yo te querré.

Deja tu fruto de verde y sombra
sobre mi lengua, zarzamora.

Qué largo abrazo te daría
en la penumbra de mis espinas.

Zarzamora ¿dónde vas?
A buscar amores que tú no me das.

Visitas: 1.290