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Versos para recibir el verano

    Ver el cielo del verano es poesía, aunque nunca se encuentre en un libro. Los verdaderos poemas siempre se escapan. EMILY DICKINSON
  • Además: Poemas para un verano singular
     
    El verano siempre ha sido un tiempo de libertad y de espacios abiertos, el momento de desprenderse del peso de la rutina y disfrutar, siquiera por unos días, de una existencia distinta. «Con el sol y el gran estallido de hojas brotando en los árboles», escribe Scott Fitzgerald en El Gran Gatsby, «igual que crecen las cosas a cámara rápida en las películas, volví a tener aquella convicción familiar de que la vida comenzaba de nuevo con el verano».

    Francisco Brines.

    Francisco Brines.


    Es una época que se identifica con las infinitas posibilidades de la juventud, cuando el tiempo es la única certeza… Hasta que años después uno se pregunta dónde han quedado esos instantes, grabados en la memoria pero tan lejanos. Así lo expresa Francisco Brines en Los veranos:

    ¡Fueron largos y ardientes los veranos!
    Estábamos desnudos junto al mar,
    y el mar aún más desnudo. Con los ojos,
    y en unos cuerpos ágiles, hacíamos
    la más dichosa posesión del mundo.

    Nos sonaban las voces encendidas de luna,
    y era la vida cálida y violenta,
    ingratos con el sueño transcurríamos.
    El ritmo tan oscuro de las olas
    nos abrasaba eternos, y éramos solo tiempo.
    Se borraban los astros en el amanecer
    y, con la luz que fría regresaba,
    furioso y delicado se iniciaba el amor.

    Hoy parece un engaño que fuésemos felices
    al modo inmerecido de los dioses.
    ¡Qué extraña y breve fue la juventud!

    Vicent Andrés Estellés.

    Vicent Andrés Estellés.


    El mar, la luz y el ambiente despiertan en Vicent Andrés Estellés una añoranza por esa infancia que se ha escapado «a pies ligeros»:

    Passà l’estiu, els estendards cremants,
    dies de llum i coronats de fulles,
    passà l’estiu, els tancats de baladres,
    els cap-al-tards.

    Sols reste jo, i contemple la platja
    i veig la mar, ritual i solemne,
    humitejant, en joc altern, la sorra,
    retrocedint.

    Passà l’estiu amb els melons encesos
    amb un llum dins, fulgor d’una infantesa,
    tot ha passat, com passen certes coses,
    amb peus lleugers.

    [Pasó el verano, los estandartes ardientes, / días de luz y coronados de hojas, / pasó el verano, los cercados de adelfas, / los atardeceres. // Sólo quedo yo, y contemplo la playa / y veo la mar, ritual y solemne, / humedeciendo, en juego alterno, la arena, retrocediendo. // Pasó el verano con los melones encendidos / con una luz dentro, / fulgor de una niñez, / todo ha pasado, como pasan ciertas cosas, / con pies ligeros.]

    William Shakespeare.

    William Shakespeare.


    Para Shakespeare, el verano es sinónimo de belleza, aun efímera, y lo describe de esta manera en uno de sus sonetos más famosos, que reproducimos en la traducción de Agustín García Calvo:

    ¿A un día de verano habré de compararte?
    Tú eres más dulce y temperado, un ramalazo
    de viento los capullos de mayo desparte,
    y el préstamo de estío vence a corto plazo;

    tal vez de sobra el ojo de los cielos arde,
    tal vez su tez de oro borrones empañan,
    y toda gracia gracia pierde pronto o tarde,
    que ya accidente o cambio natural la dañan.

    Mas tu verano eterno ni jamás se agosta
    o pierde prenda de esa gracia en que floreces,
    ni Muerte ha de ufanarse que a su negra costa
    vagues, que cara al tiempo en línea eterna creces.

    En tanto aliente un hombre o ver el ojo pida,
    vivo estará este verso, y te dará a ti vida.

    Un joven Federico García Lorca.

    Un joven Federico García Lorca.


    Esta es una estación también de cercanía y sensualidad. «Huelen tus besos», escribe Federico García Lorca en este Madrigal, «como huele el trigo reseco del verano»:

    Junta tu roja boca con la mía,
    ¡oh Estrella la gitana!
    Bajo el oro solar del mediodía
    morderá la manzana.

    En el verde olivar de la colina
    hay una torre mora,
    del color de tu carne campesina
    que sabe a miel y aurora.

    Me ofreces en tu cuerpo requemado
    el divino alimento
    que da flores al cauce sosegado
    y luceros al viento.

    ¿Cómo a mí te entregaste, luz morena?
    ¿Por qué me diste llenos
    de amor tu sexo de azucena
    y el rumor de tus senos?

    ¿No fue por mi figura entristecida?
    (¡Oh mis torpes andares!)
    ¿Te dio lástima acaso de mi vida,
    marchita de cantares?

    ¿Cómo no has preferido a mis lamentos
    los muslos sudorosos
    de un San Cristóbal campesino, lentos
    en el amor y hermosos?

    Danaide del placer eres conmigo.
    Femenino Silvano.
    Huelen tus besos como huele el trigo
    reseco del verano.

    Entúrbiame los ojos con tu canto.
    Deja tu cabellera
    extendida y solemne como un manto
    de sombra en la pradera.

    Píntame con tu boca ensangrentada
    un cielo del amor,
    en un fondo de carne la morada
    estrella de dolor.

    Mi pegaso andaluz está cautivo
    de tus ojos abiertos;
    volará desolado y pensativo
    cuando los vea muertos.

    Y aunque no me quisieras te querría
    por tu mirar sombrío,
    como quiere la alondra al nuevo día,
    sólo por el rocío.

    Junta tu roja boca con la mía,
    ¡oh Estrella la gitana!
    Déjame bajo el claro mediodía
    consumir la manzana.

    Luis García Montero.

    Luis García Montero.


    Con un tono cercano a Lorca, Luis García Montero, otro poeta granadino, funde la naturaleza, el «color confuso de las flores salvajes» y la memoria recobrada del amor en su Recuerdo de una tarde de verano:

    Aquel temblor del muslo
    y el diminuto encaje
    rozado por la yema de los dedos,
    son el mejor recuerdo de unos días
    conocidos sin prisa, sin hacerse notar,
    igual que amigos tímidos.

    Fue la tarde anterior a la tormenta,
    con truenos en el cielo.
    Tú apareciste en el jardín, secreta,
    vestida de otro tiempo,
    con una extravagante manera de quererme,
    jugando a ser el viento de un armario,
    la luz en seda negra
    y medias de cristal,
    tan abrazadas
    a tus muslos con fuerza,
    con esa oscura fuerza que tuvieron
    sus dueños en la vida.

    Bajo el color confuso de las flores salvajes,
    inesperadamente me ofrecías
    tu memoria de labios entreabiertos,
    unas ropas difíciles, y el rayo
    apenas vislumbrado de la carne,
    como fuego lunático,
    como llama de almendro donde puse
    la mano sin dudarlo.
    Por el jardín, el ruido de los últimos pájaros,
    de las primeras gotas en los árboles.

    Aquel temblor del muslo
    y el diminuto encaje, de vello traspasado,
    su resistencia elástica
    vencida con el paso de los años,
    vuelven a ser verdad, oleaje en el tacto,
    arena humedecida entre las manos,
    cuando otra vez, aquí, de pensamiento,
    me abandono en la dura solución de tus ingles
    y dejo de escribir
    para llamarte.

    Emily Dickinson.

    Emily Dickinson.


    La tormenta de verano que nombra García Montero es también la inspiración de Emily Dickinson para, desde su manera tan particular de ver el mundo, dotar de personalidad al sol, a los pájaros y a las gotas de lluvia:

    Una Gota Cayó sobre el Manzano —
    Otra — sobre el Tejado —
    Media Docena besaron el Alero —
    E hicieron cosquillas a las Tejas —

    Unas pocas salieron en ayuda del Arroyo
    Que iba en ayuda del Mar —
    Yo Conjeturé si fueran Perlas —
    Qué Collar podrían formar —

    El Polvo se repuso, en Caminos Levantados —
    Los Pájaros cantaron más jocosos —
    La Luz del Sol se quitó el Sombrero —
    Los Arbustos — lentejuelas arrojaron —

    Las Brisas trajeron abatidos Laúdes —
    Y los bañaron en el Júbilo —
    El Oriente mostró una sola Bandera,
    Y entregó la Fiesta —

    Mario Benedetti.

    Mario Benedetti.


    Para los que renuncian a viajar, la ciudad ofrece un rostro distinto durante el mes de agosto. Como escribe Mario Benedetti, el verano es una «verde tregua» en la que «la historia se detiene»:

    Madrid quedó vacía
    sólo estamos los otros
    y por eso
    se siente la presencia de las plazas
    los jardines y fuentes
    los parques y glorietas

    como siempre en verano
    Madrid se ha convertido
    en una calma unánime
    pero agradece nuestra permanencia
    a contrapelo de los más

    es un agosto de eclosión privada
    sin mercaderes ni paraguas
    sin comitivas ni mítines
    en ningún otro mes del larguísimo año
    existe enlace tan sutil
    entre la poderosa
    metrópoli
    y nosotros pecadores afortunadamente
    los árboles han vuelto a ser
    protagonistas del aire gratuito
    como antes
    cuando los ecologistas
    no eran todavía imprescindibles

    también los pájaros disfrutan
    ala batiente de una urbe
    que inesperadamente se transforma
    en vivible y volable

    los madrileños han huido
    a la montaña y a Marbella
    a Ciudadela y Benidorm
    a Formentor y Tenerife

    y nos entregan sin malicia
    a los otros que ahora
    por fin somos nosotros
    un Madrid sorprendente
    casi vacante despejado
    limpio de hollín y disponible
    en él andamos como dueños
    tercermundistas del arrobo
    en solidarias pulcras avenidas
    sudando con unción la gota gorda

    el verano no es tiempo de fragor
    sino de verde tregua

    empalagados del rencor insomne
    estamos como nunca
    dispuestos a la paz

    en el rato estival
    la historia se detiene
    y todos descubrimos una vida postiza
    pero cuando el asueto se termine
    volverán a sonar
    las bocinas los gritos las sirenas los mueras y los vivas
    bombas y zambombazos
    y las dulces metódicas campanas
    durante tres fecundas estaciones
    nadie se acordará
    de pájaros y árboles

    Antonio Machado.

    Antonio Machado.


    La calma de una noche de verano inspira también a Antonio Machado a reflexionar sobre su soledad…

    Es una hermosa noche de verano.
    Tienen las altas casas
    abiertos los balcones
    del viejo pueblo a la anchurosa plaza.

    En el amplio rectángulo desierto,
    bancos de piedra, evónimos y acacias
    simétricos dibujan
    sus negras sombras en la arena blanca.

    En el cénit, la luna, y en la torre,
    la esfera del reloj iluminada.
    Yo en este viejo pueblo paseando
    solo, como un fantasma.

    Rilke.

    Rilke.


    …mientras Rilke comienza mirando a su alrededor en una tarde que amenaza lluvia, y acaba mirando dentro de sí mismo:

    De pronto, de todo el verde del parque
    se ha retirado un algo, no se sabe qué:
    se le siente acercarse más a las ventanas
    y estar callado. Tan sólo, fervoroso y fuerte,

    suena desde el ramaje el pájaro chorlito;
    se piensa en un San Jerónimo:
    tanto se elevan la soledad y el ardor
    de esta única voz a quien el aguacero

    escuchará. Las paredes de la sala
    se nos han alejado, con sus cuadros,
    como si no debieran oír lo que decimos.

    Refleja el desteñido empapelado
    la luz incierta de las tardes
    en que, de niño, se tenía miedo.

    Antonio Gamoneda.

    Antonio Gamoneda.


    Antonio Gamoneda, por su parte, expresa su certeza de que el espíritu «y la razón que hay en nosotros» pervivirán aunque sucumba al paso de la estación el «cielo inmóvil» del verano:

    Cuando me extiendo junto al mar,
    existe el agua y su palpitación
    y un cielo azul cuya profundidad
    es demasiado grande para mí.

    Sentir el mar, su lentitud viviente,
    es la magnificencia y el olvido,
    pero sentir la vida de los camaradas
    en ser el camarada de uno mismo.

    El cielo inmóvil tiene su razón, lo sé,
    pero la razón que hay en nosotros
    existirá aún cuando este cielo
    haya sido borrado por el viento y el frío.

    Y es verdad que ese frío llegará, más pronto de lo que desearíamos. Pero, como escribe John Steinbeck, «¿de qué serviría la calidez del verano sin el frío del invierno para darle dulzura?».

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