Diez poemas de Emily Dickinson: «Mi carta al mundo»
«Esta es mi carta al mundo, / que nunca me escribió».
Emily Dickinson (1830-1886) creó con su poesía un mundo de enorme belleza donde, explica el experto Cándido Pérez Gallego, «la idea de salvación y condenación la persigue como una obsesiva imagen trágica». Su estilo «modernísimo» es uno de los aspectos que la hacen única, según la poeta y traductora Ana Mañeru, pero —añade— «es difícil de traducir y de leer y hay una tendencia a suavizarla» normalizando, por ejemplo, su manera de puntuar, «muy distinta de lo habitual». Dickinson también «escribe con mayúscula todas las palabras significativas para ella, como Muerte, Vida o Amor».
Y en efecto, más allá de la leyenda que rodea a su vida, son precisamente las palabras el legado más importante de esta gran poeta.
¡Yo no soy Nadie! ¿Quién eres tú?
¿Tampoco — eres nadie — tú?
¿Es que entonces ya somos dos?
¡No lo digas! Ya sabes — correría la voz.
¡Qué terrible — el ser — Alguien!
¡Qué notorio — como si una rana —
dijese su propio nombre — todo el mes de julio —
ante una admirativa Charca!
(1861)

Buenos Días — Medianoche —
Regreso a Casa —
El Día — se cansó de Mí —
¿Cómo podría hacerlo yo — de Él?
Era dulce estar bajo el sol —
Yo quería quedarme —
pero la Mañana — no me quería — ya —
así que — ¡Buenas Noches — Día!
¿Puedo mirar — verdad —
Cuando el Este se vuelve Rojo?
Entonces — las Colinas — adquieren un aspecto —
que vuelve extraño — al Corazón —
Tú — no eres tan hermosa — Medianoche —
Prefiero — el Día —
Pero — acoge por favor a esta Muchacha —
¡Él me dio la espalda!
(1862)
Un licor he probado que no ha sido —
en Jarras de Perla destilado —
¡Ni las todas las Cubas del Rin
producirían semejante Alcohol!
Ebria de Aire —
Embriagada de Rocío —
Me tambaleo — en los días de Estío interminables —
Por posadas de Azul Fundido —
Cuando el —Patrón— a la borracha abeja
del umbral de la Flor expulse —
Cuando las Mariposas — a sus —tragos— renuncien —
¡Yo beberé aún más!
Hasta que los Serafines agiten sus nevados Sombreros —
y los Santos — corran a las ventanas —
a contemplar a la pequeña Borracha
acodada en el — Sol —
(1860)

La —Esperanza— es ese ser con plumas —
que anida en el alma —
y canta una melodía sin letra —
y no se detiene — jamás —
Y suena — más dulce — en la Galerna —
Y muy dura habrá de ser la tormenta —
para abatir a la Avecilla —
que a tantos dio calor —
La he oído en las más gélidas tierras —
y en los Mares más ignotos —
pero nunca, en su Indigencia,
siquiera un mendrugo — me pidió.
(1861)
Yo había muerto por la Belleza —
pero apenas fui depositada en la Tumba
cuando otro, muerto por la Verdad, vino a yacer
en una Habitación contigua —
Preguntó suavemente por qué había yo caído.
—Por la Belleza—, respondí —
—Y yo — por la Verdad — Ambas son lo Mismo —
Somos Hermanos—, dijo él —
Y así, como Compañeros que se encuentran de Noche —
hablamos entre las Habitaciones —
hasta que el Musgo alcanzó nuestros labios —
y cubrió — nuestros nombres —
(1862)

El Cerebro — es más amplio que el Cielo —
pues — si los colocas frente a frente —
el primero contendrá el segundo
con facilidad — y a Ti — además —
El Cerebro es más profundo que el Mar
pues — si los sostienes — Azul contra Azul —
el primero absorberá al segundo —
como hacen — las Esponjas — con los Cubos —
El Cerebro tiene el peso justo de Dios —
pues — si los Calibras — Gramo a Gramo —
diferirán — si es que lo hacen —
como la Sílaba del Sonido —
(1862)
¡Abeja! ¡Te espero!
Decía yo Ayer
a Alguien que conoces
que estabas a punto de venir —
Las Ranas llegaron a Casa la Semana Pasada —
se han instalado y vuelven al trabajo —
Han regresado casi todos los Pájaros —
y los Tréboles están tibios y frondosos —
Recibirás mi carta hacia
el diecisiete. Contesta,
o mejor, ven conmigo —
Tuya, Mosca —
(1865)

El ruido más triste, el ruido más dulce,
el ruido más alocado que hay —
lo producen en primavera los pájaros
en el cierre delicioso de la noche.
En el paso entre Marzo y Abril —
esa mágica frontera
ante la cual duda el verano,
casi paradisíaco en su cercanía.
Nos hace pensar en todos los muertos
que una vez nos acompañaron aquí,
a los que la brujería de la separación
hace más cruelmente queridos.
Nos hace pensar en aquello que tuvimos
y que ahora lloramos.
Casi desearíamos que esas gargantas de sirena
se marcharan y dejasen de cantar.
El oído puede atravesar el corazón humano
tan rápido como una flecha.
Ojalá el oído no tuviese un corazón
tan peligrosamente cerca.
(?)
¿Existirá de veras un —Mañana—?
¿Hay tal cosa como un —día—?
¿Podría verlo desde las montañas
si fuera tan alta como ellas?
¿Tiene pies como el Nenúfar?
¿Tiene plumas como un Pájaro?
¿Lo traen de famosos países
de los que nunca he oído hablar?
¡Oh, que algún Erudito, que algún Navegante
o algún Sabio de los cielos
diga por favor a esta peregrina
dónde se encuentra el lugar llamado —Mañana—!
(1859)
¿Corre por tu corazón un Arroyo,
donde ondean las flores tímidamente,
y bajan, ruborosos, los pájaros a beber,
y tiemblan tanto las sombras—?
¿Y nadie sabe, de tan calmo que fluye,
que haya allí ningún arroyo,
aunque las pequeñas sequías de tu vida
se alivien día a día allí—?
Cuida de ese arroyo en Marzo,
cuando los ríos se desbordan,
y se ciernen presurosas las nieves desde las colinas,
y los puentes no resisten.
Y más tarde, hacia Agosto —
cuando yacen los prados abrasados,
vigila, ¡no sea que este arroyo de vida
se seque en un ardiente mediodía!
(1859)
Traducción de Ángel Salguero.



