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Ocho poemas sobre viajes (reales e imaginados)

A veces es momento de parar el reloj y cambiar de escenario. Hay días en que se siente la necesidad de recorrer caminos nuevos, pasear por calles en las que resuenan palabras en idiomas desconocido y encontrarnos y reencontrarnos en la distancia, sobre las nubes o más allá del océano. Es lo que se refleja en esta breve selección de poemas en la que autores como Antonio Machado, Francisca Aguirre, Gloria Fuertes, Robert Frost o Louise Glück conviven con poetas casi inéditos en español como Frank O’Hara, Jennifer Grotz o Rita Dove.

Antonio Machado.

Y comenzamos, casi de forma obligada, con el maestro Antonio Machado y ese poema que invita a crear nuestro propio camino.

Caminante, son tus huellas
el camino, y nada más;
caminante, no hay camino,
se hace camino al andar.
Al andar se hace camino,
y al volver la vista atrás
se ve la senda que nunca
se ha de volver a pisar.
Caminante, no hay camino,
sino estelas en la mar.

Robert-Frost-Poetica-2.0

Robert Frost.

El poeta norteamericano Robert Frost expresa aquí una idea emparentada con la de Machado, en un poema que invita a reflexionar —quién sabe si con cierta ironía— sobre las elecciones vitales.

El camino no recorrido

Dos caminos se bifurcaban en un bosque amarillo,
y triste al no poder viajar por ambos
y ser un solo viajero, largo rato me detuve
a examinar uno hasta donde me alcanzó la vista
en el punto en que se curvaba entre la maleza.

Tomé luego el otro, igual de hermoso,
quizá la mejor opción,
pues abundaba la hierba y no aparentaba desgaste;
aunque en verdad el tránsito allí
los había desgastado de igual modo,

y aquella mañana ambos yacían cubiertos
de hojas que ninguna pisada había mancillado.
¡Oh, me guardé el primero para otro día!
Aunque sabiendo cómo un camino lleva a otro
dudé si habría de volver.

Contaré esto con un suspiro
en algún lugar dentro de muchos años:
Dos caminos se bifurcaban en un bosque, y yo…
yo tomé el menos transitado,
y ello ha marcado la diferencia.

(Traducción de Ángel Salguero)

jennifer-grotz.-Poetica-2.0

Jennifer Grotz.

La autora y traductora norteamericana Jennifer Grotz explica en este poema cómo viajar a una ciudad remota puede ser la mejor forma de reencontrarse a uno mismo y de verse reflejado en los demás (y en los escaparates).

Autorretrato en la calle de una ciudad extranjera sin nombre

El letrero en el escaparate de la tienda donde
alcanzas a verte está en polaco.

Un hombre pasa raudo detrás de ti, casi gritando
a su móvil. Luego, una mujer

con un andar más distraído y un ramo recién comprado
que sujeta al revés. Todo ello en una calle repleta de carteristas

y con el olor omnipresente de algo horneándose.
Es una delicia ser anónima en una calle extranjera.

Quién imaginaba que se pudiera vivir así, teniendo idiomas
en lugar de relaciones, también con dificultad,

averiguando qué significa ser una mujer
al mirar las caras de los hombres que te cruzas.

Fui a ciudades lejanas, casi ni importaba
cuáles, tan motivada estaba para ser reverente.

Todas tenían el hermoso puente
que cruzaba un río gris y miope,

uno que masajea los ojos, enfoca
los pájaros que caen en picado para rozar el agua.

Las típicas cosas que antes no anhelaba
porque no sabía que podría tenerlas.

Pasé tanto tiempo en soledad que cuando de verdad me sentí sola
fue un vértigo.

Yo en la distancia es como entendía el mundo.
Mi ignorancia me había salvado, mis vicios me alimentaban,

y entonces cumplí los cuarenta. A mí que me encanta mirar y mirar
y no era capaz de ver qué hacían los otros.

Ahora pienso sobre divisas, equivalentes lingüísticos, lo
desiguales que son, mientras
mi reflejo se nubla en los escaparates.

Deseando estar lo más lejos posible, exactamente tanto como
contigo aún,
entrando sin rubor a un Starbucks (wifi gratis) para escribir esto.

(Traducción de Ángel Salguero)

Rita-Dove-Poetica-2.0

Rita Dove.

Todos hemos pasado en algún momento por la puerta de embarque de un aeropuerto, ese lugar de animación suspendida en el que se vive casi como una realidad alternativa. Este poema de la norteamericana Rita Dove lo describe a la perfección.

Vacaciones

Me encanta la hora antes del despegue,
esa franja sin tiempo ni otro hogar
que los asientos de vinilo gris enlazados como
un desplegable de muñecas de papel. Pronto
nos citarán a la puerta, muy pronto
comenzará el torpe trámite de números de fila
y tickets perforados. Pero de momento
puedo mirar a estas dispares familias nucleares
con sus arrumacos y sus discusiones
o a la soltera con tacones que trata de
ignorar el llanto de un niño y la agotada madre
del niño que espera que la llamen con antelación
mientras el atleta, con una mano monstruosa
dormida sobre su mochila, escucha,
encaramado como una foca adiestrada para zambullirse.
Incluso el solitario ejecutivo
que se ha aventurado hasta este punto del verano
con su itinerario grabado a fuego y el maletín
golpeándole las rodillas, incluso él
ha trabajado por el placer de llevar
poco más que un retal de sí mismo
hasta este hall. Él cenará fuera, ella dormirá hasta tarde,
dejarán que el sol les queme con felicidad toda la mañana:
un poco de esperanza, un poco de capricho
antes de que el altavoz vocifere
y saltemos para convertirnos en el
Vuelo 828, embarcando ahora en la Puerta 17.

(Traducción de Ángel Salguero)

El poeta Frank O’Hara.

Y hablando de volar, este poema del poeta neoyorquino Frank O’Hara aborda el vuelo, el viaje, la altura y la distancia como una progresiva liberación, una forma de alejarse del lastre de la gravedad y del “amor humano”.

Durmiendo en el aire

Tal vez sea por evitar un gran pesar
—como cuando el héroe en una tragedia de la Restauración
grita: “¡Dormir! ¡Ojalá un largo sueño para olvidar!”—
que uno vuela, elevándose sobre la ciudad sin costa,
virando hacia arriba desde la acera como una paloma
cuando suena un claxon o se cierra de golpe una puerta, la puerta
de los sueños. La vida perpetuada en amores multicolor
y hermosas mentiras en idiomas diferentes.

El miedo se precipita también, como el cemento, y estás
sobre el Atlántico. ¿Dónde está España? ¿Dónde está
quién? La Guerra Civil se luchó para liberar a los esclavos,
¿no es así? Una repentina corriente de aire te recuerda la gravedad
y tu posición respecto al amor humano. Pero
aquí es donde habitan los dioses, inquisitivos, perplejos.
Una vez que estás indefenso, eres libre, ¿te lo puedes
creer? ¿No despertar nunca con la triste fatiga de un rostro?
¡Viajar siempre sobre una impersonal inmensidad,
estar fuera, siempre, ni dentro ni a favor!

Los ojos se revuelven en el sueño como movidos por el viento
y los párpados se entreabren batiendo levemente como un ala.
¡El mundo es como un iceberg, hay tanto que es invisible!
y fue y es, y aun así la forma puede estar durmiendo
también. Esos rasgos cincelados en el hielo de alguien
amado que murió, eres un escultor que sueña con el espacio
y la velocidad, tu mano sola podría haber hecho esto.
Curiosidad, la apasionada mano del deseo. ¿Muerto,
o durmiendo? ¿Hay suficiente velocidad? Y, cayendo en picado,
renuncias a todo lo que hiciste tuyo,
el reino de tu yo se aleja en el mar, pues debes despertar
y respirar tu tibieza en esta amada imagen
ya esté muerta o simplemente en trance de desaparecer.
mientras desaparece el espacio y tu singularidad.

(Traducción de Ángel Salguero)

Francisca Aguirre y Félix Grande en una imagen de 1970.

La poeta Francisca Aguirre solía hablar del momento en que conoció la obra del autor griego Constantino Cavafis como una revelación. Tanto fue así que al parecer destruyó sus cuadernos y comenzó a escribir de nuevo desde cero. El resultado fue un viaje espiritual a Ítaca, con poemas como este:

¿Y quién alguna vez no estuvo en Ítaca?
¿Quién no conoce su áspero panorama,
el anillo de mar que la comprime,
la austera intimidad que nos impone,
el silencio de suma que nos traza?
Ítaca nos resume como un libro,
nos acompaña hacia nosotros mismos,
nos descubre el sonido de la espera.
Porque la espera suena:
mantiene el eco de voces que se han ido.
Ítaca nos denuncia el latido de la vida,
nos hace cómplices de la distancia,
ciegos vigías de una senda
que se va haciendo sin nosotros,
que no podremos olvidar porque
no existe olvido para la ignorancia.
Es doloroso despertar un día
y contemplar el mar que nos abraza,
que nos unge de sal y nos bautiza como nuevos hijos.
Recordamos los días del vino compartido,
las palabras, no el eco;
las manos, no el diluido gesto.
Veo el mar que me cerca,
el vago azul por el que te has perdido,
compruebo el horizonte con avidez extenuada,
dejo a los ojos un momento
cumplir su hermoso oficio;
luego, vuelvo la espalda
y encamino mis pasos hacia Ítaca.

Louise Glück en una imagen de 1978.

La Premio Nobel Louise Glück retrata en este poema la languidez del verano en una casa de vacaciones y un viaje interior en el que la creatividad lleva tal vez a la soledad.

Verano

Recuerda los días de nuestra felicidad primera,
lo fuertes que éramos, tan aturdidos por la pasión,
echados todo el día, y después toda la noche en la estrecha cama,
durmiendo allí, comiendo allí también: era verano,
parecía que todo hubiera madurado a la vez.
Y hacía tanto calor que yacíamos completamente destapados.
A veces se levantaba viento; un sauce rozaba la ventana.
Pero en cierto modo estábamos perdidos, ¿no lo notabas?
La cama era como una balsa; sentía que íbamos a la deriva,
lejos de nuestras naturalezas, hacia un lugar donde nada descubriríamos.
Primero el sol, luego la luna, a fragmentos,
brillaron a través del sauce.
Cosas que cualquiera podría ver.
Después se cerraron los círculos. Poco a poco las noches se hicieron más frías;
las hojas colgantes del sauce
amarillearon y cayeron. Y en cada uno de nosotros nació
un profundo aislamiento, aunque nunca hablamos de ello,
de la ausencia de arrepentimiento.
De nuevo éramos artistas, esposo mío.
Podíamos continuar el viaje.

(Traducción de Ángel Salguero)

Gloria Fuertes.

Gloria Fuertes.

Acabamos con Gloria Fuertes y otro tipo de viaje “sin llegada” que resume la esencia de nuestra vida.

Viaje sin llegada

La Tierra como león enjaulado
da vueltas alrededor del Sol
con su cadena de hombres.
Desde que hemos nacido viajamos
a ciento doce mil kilómetros por hora.
La Tierra no se para
y sigue dando vueltas,
por eso hay tanto viento,
por eso siempre hay olas,
por eso envejecemos tan deprisa,
por eso estamos locos,
porque toda la vida haciendo un viaje sin llegada
cansa mucho los nervios.

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