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Diez poemas sobre el verano: la estación de las posibilidades

«¡Qué terrible tiempo de calor sufrimos! Me mantiene en un perpetuo estado de ordinariez», se quejaba la escritora Jane Austen en una carta escrita en septiembre de 1796. Habrá quien deteste el calor tanto como la autora de ‘Orgullo y prejuicio’, pero el verano siempre es una estación especial: la que nos otorga días de libertad y luz infinita y espacio para reencontrarnos más allá de la rutina… Y se acaba demasiado pronto. Todo ello se refleja en esta selección de poemas de autores como César Vallejo, María Negroni, Gustavo Adolfo Bécquer y los Premios Nobel Toman Tranströmer y Louise Glück, entre otros, que hemos preparado para recibir de nuevo este efímero respiro azul antes de que lo invada el otoño amarillo.

Imagen de la escritora María Negroni

María Negroni.

En su libro ‘Archivo Dickinson’, la poeta argentina María Negroni evoca el espíritu de Emily Dickinson con poemas como este, titulado ‘Verano’, en el que contempla cómo esta estación despierta la naturaleza con un toque de ‘impertinencia’ tan hermoso como fugaz:

Roto el después, el antes, el tal vez mañana, el mundo
se encabrita, y las cigarras, los cascarudos, los bichitos
de luz, debajo de las ramas, se dan cita en el estío galopante,
con pasmosa impertinencia.
No se puede pedir más.
La finitud cabalga como puede.

Imagen del escritor Liam Rector.

Liam Rector

El autor norteamericano Liam Rector anticipa la llegada del verano en ‘Pronto la ciudad’, un poema en el que las palabras dibujan el ambiente como en un lienzo de Edward Hopper, retratando colores, ambientes y sensaciones:

Pronto el verano
ahora que el delicioso purgatorio
de la primavera ya acabó,

pronto la sofocante
humedad
en la ciudad

En las escaleras de incendios
con una camiseta sin mangas
fumando un puro

en sintonía con el temblor
del monótono tráfico
comercial amarillo

que se mueve por la ciudad
donde en realidad nadie
compra coches,

ya sean americanos
o de otra parte,
donde nosotros,

como predijo Rilke,
donde nosotros
despertaremos, leeremos, escribiremos

largas cartas
y por las avenidas
vagaremos sin descanso

de aquí para allá
a pie a través de
la humedad,

donde pronto me ducharé, me vestiré,
sacaré al perro para que mee
y dejaré esto en el buzón.

(Traducción de Ángel Salguero)

Imagen del escritor Tomas Tranströmer.

Tomas Tranströmer.

Ganador del Premio Nobel de Literatura en 2011, el poeta sueco Tomas Tranströmer elige en ‘Llanura estival’ una metáfora singular para describir el inicio del verano:

Hemos visto tanto.
La realidad nos ha consumido tanto,
pero al fin, llega el verano:

un gran aeródromo —el controlador descarga
montón tras montón de gente
congelada del espacio.

La hierba y las flores: aquí aterrizamos.
La hierba tiene un responsable verde.
Me pongo a sus órdenes.

Imagen de Gustavo Adolfo Bécquer.

Gustavo Adolfo Bécquer.

El verano es también la estación de lo inesperado: El destino puede aguardar a la vuelta una esquina o pasar frente a nosotros sin que nos dé tiempo a reconocerlo. Así lo relata en una de sus Rimas Gustavo Adolfo Bécquer:

Pasaba arrolladora en su hermosura
y el paso le dejé;
ni aun a mirarla me volví, y, no obstante,
algo a mi oído murmuró: «ésa es».

¿Quién unió la tarde a la mañana?
Lo ignoro; sólo sé
que en una breve noche de verano
se unieron los crepúsculos, y… «fue».

Imagen del escritor Raymond Carver.

Raymond Carver.

Pero quizá, como expresa en ‘El mejor momento del día’ el escritor Raymond Carver, uno de los placeres del verano pueda ser dedicarse a la contemplación durante las «frescas noches» sin aspirar a nada más que un instante de tranquila felicidad:

Frescas noches de verano.
Ventanas abiertas.
Lámparas encendidas.
Fruta en el cuenco.
Y tu cabeza en mi hombro.
Son los momentos más felices del día.

Después de la primera hora de la mañana,
claro. Y del momento
antes de comer.
Y la tarde, y
el principio del atardecer.
Pero me encantan

estas noches de verano.
Más incluso, creo,
que aquellos otros momentos.
El trabajo acabado por ese día.
Y nadie que pueda molestarnos ahora.
O nunca.

(Traducción de Ángel Salguero)

Louise Glück en una imagen de 1978.

Louise Glück en una imagen de 1978.

¿Puede representarse la condición humana en un huerto de tomates? Es lo que consigue en ‘Vísperas’ la Premio Nobel Louise Glück, un poema escrito con los ojos mirando al cielo que mezcla terror, ironía, desesperación y aceptación:

En tu prolongada ausencia, me permites
el uso de la tierra, esperando
algún retorno en la inversión. Debo informar
que he fracasado en mi misión, principalmente
en lo que se refiere a las tomateras.
Creo que no se me debería animar a cultivar
tomates. O, de hacerlo, deberías guardarte
las fuertes lluvias, las noches frías
tan frecuentes aquí, cuando otras regiones tienen
doce semanas de verano. Todo esto
te pertenece: por otra parte,
yo planté las semillas, contemplé los primeros brotes
como alas que desgarraban la tierra, y fue mi corazón
lo que rompió la plaga, la mancha oscura que tan veloz
se multiplicaba por las hileras. Dudo que
tú tengas un corazón, tal como nosotros entendemos
ese término. Tú que no distingues
entre los muertos y los vivos, que eres, por tanto,
inmune a los presagios, no tienes idea
del terror que soportamos, la hoja moteada,
las hojas rojas del arce que caen
incluso en agosto, con la oscuridad temprana: Yo soy la responsable
de estas cepas.

(Traducción de Ángel Salguero)

Imagen del escritor Luis Antonio de Villena.

Luis Antonio de Villena.

El paisaje estival se funde con la anatomía de la persona amada en ‘Magia en verano’, este hermoso poema del poeta y ensayista Luis Antonio de Villena:

Me recreo ante tu cuerpo como ante un paisaje
imprevisto. Me sorprende verte en la desnudez juvenil,
y ansío recorrerlo, como una anhelada geografía.
Me ves pensando en la umbría vegetal de algunas
grutas, o en el agua del muslo donde brillan las venas.
Me perderé en un bosque que cruzo con mis manos,
y pediré una larga estepa donde los labios hablen.
Me ves sorprendido, anonadado, pensando en habitarte.
Y tú, mientras, te abandonas al cálido primor del aire.
Te dejas en la luz, que te navega; y si miro tus ojos
vuelvo al jardín oscuro donde es verano el verde.
Te miro otra vez y casi no te creo posible. Fulges,
encantas, guarda tu cuerpo el hechizo insabido de la tierra.
Y despacio sonríes al irme yo acercando, atónito,
hacia ti mientras el sol nos cubre con su luz, nos desdibuja,
y nos va metiendo en la calma inmensa y rubia de la tarde.

jennifer-grotz.-Poetica-2.0

Jennifer Grotz.

Todo acaba, también el verano. Los días se alargan «hasta casi un sueño» pero al final, como describe en el poema titulado ‘Final del verano’ la autora Jennifer Grotz, es una estación que en realidad «trata de finales»:

Antes de que aparezcan siquiera las polillas
para orbitar a su alrededor, se encienden las farolas:
Una larga fila de ellas brilla inútilmente

en torno al anillo de jardín que rodea el centro de la ciudad,
donde tus pasos marcan el ocaso del día.
A tus pies una abeja se arrastra en breves círculos, un juguete sin cuerda.

El verano se especializa en el tiempo, lo ralentiza hasta casi un sueño.
Y el ruidoso día pasa tan en silencio que escuchas
al harapiento hombre que visita cada contenedor de basura

susurrar incrédulo: ¡Es que la gente lo tira todo!
El verano se prolonga, pero trata de finales. Trata de cómo las cosas
se enrojecen y maduran y explotan y caen. Es cuando

los operarios municipales talan árboles, destrozándolos
rama a rama, desperdigando las migajas
de ramitas y hojas por todo el mantel de la calle.

¡Unas gafas de sol!, exclama quedamente el hombre
mientras a su lado florece una gran rosa gris de palomas
apiñadas en torno a un pedazo de pan en el suelo.

(Traducción de Ángel Salguero)

Imagen del poeta César Vallejo.

César Vallejo.

La luz del verano a veces también puede llegar tarde. «Ya no encontrarás en mi alma a nadie», dice en ‘Verano’ el gran poeta peruano César Vallejo:

Verano, ya me voy. Y me dan pena
las manitas sumisas de tus tardes.
Llegas devotamente; llegas viejo;
y ya no encontrarás en mi alma a nadie.

¡Verano! Y pasarás por mis balcones
con gran rosario de amatistas y oros,
como un obispo triste que llegara
de lejos a buscar y bendecir
los rotos aros de unos muertos novios.

Verano, ya me voy. Allá, en setiembre
tengo una rosa que te encargo mucho;
la regarás de agua bendita todos
los días de pecado y de sepulcro.

Si a fuerza de llorar el mausoleo,
con luz de fe su mármol aletea,
levanta en alto tu responso, y pide
a Dios que siga para siempre muerta.
Todo ha de ser ya tarde;
y tú no encontrarás en mi alma a nadie.

¡Ya no llores, Verano! En aquel surco
muere una rosa que renace mucho…

Imagen de la poeta Blanca Varela.

Blanca Varela.

Para terminar, la también peruana Blanca Varela encuentra en la «calle de fuego» la sombra de un fantasma. El verano, escribe en ‘En lo más negro del verano’, «trae lo perdido»:

El agua de tu rostro
en un rincón del jardín,
el más oscuro del verano,
canta como la luna.

Fantasma.
Terrible a mediodía.
A la altura de los lirios
la muerte sonríe.
Sobre una pequeñísima charca,
ojo de dios,
un insecto flota bocarriba.
La miel silba en su vientre
abierto al dedo del estío.

Todo canta a la altura de tu rostro
suspendido como una luz eterna
entre la noche y la noche.

Canta el pantano,
arden los árboles,
no hay distancia,
no hay tiempo.

El verano trae lo perdido,
el mundo es esta calle de fuego
donde todas las rosas caen y vuelven a nacer,
donde los cuerpos se consumen
enlazados para siempre
en lo más negro del verano.

En un rincón del jardín
bajo una piedra canta el verano.
En lo más negro,
en lo más ciego y blanco,
donde todas las rosas caen,
allí flota tu rostro,
fantasma,
terrible a mediodía.

Esperamos que os haya gustado esta selección de poemas sobre el verano. Si vosotros tenéis algún otro poema favorito sobre esta estación podéis compartirlo con nosotros en nuestras redes sociales. Estamos en Facebook, X (antes Twitter), Instagram, YouTube, LinkedIn y TikTok.

Tenéis más poemas de verano en nuestro blog:

    Versos para recibir el verano
    Poemas para un verano singular
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